CAPITULO 4

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—¡Quédate jodidamente lejos de mis archivos! —Tally tiró el archivo Gallagher sobre el escritorio de Hongki, directamente frente a su cara.

Él giró la silla para enfrentarla, alzando la vista hacia ella con aire meditabundo. Su cabello rubio, casi blanco, cayó sobre su frente, sus ojos brillaban de lujuria.

—Ni siquiera te atrevas a pensar en ello —le advirtió ella, incapaz de contener la cólera áspera que pulsaba en su voz—. Si me tocas, te prometo que lo lamentarás.

Él se inclinó hacia atrás en su silla, mirándola estrechando los ojos.

—Esto es una oficina —le dijo ella con frío desdén—. Un lugar de trabajo. No es un palacio de orgías, ni tampoco tu central personal para follar. No me molestarás aquí durante los días de trabajo.

—Soy dueño del maldito lugar —gruñó él—. Si quiero joder en él, entonces lo haré, en los días de trabajo, Tally.

—No conmigo —ella apretó los dientes, cerrando los puños ante la necesidad de acción—. No soy ninguna putilla de oficina sin cerebro que va a echarse sobre tu escritorio para tu placer. Soy una profesional, Hongki, y espero ser tratada como tal.

Él se levantó despacio. Debería haberse sentido intimidada, pero en cambio se sentía enfurecida.

—Nunca actúo de otra manera mientras llevo mis negocios —le recordó él, con voz suave pero sin disfrazar su cólera.

—Mientras estemos en esta oficina

—Tally —él no levantó la voz, pero el filo afilado hizo que ella alzara las cejas con creciente cólera—. Esta es mi oficina. Tú eres mi mujer. Mientras no estemos trabajando, si quiero joderte hasta el desfallecimiento, entonces es mi opción y mi prerrogativa.

—Ah, ¿es así ahora? —Ella cruzó sus brazos con cuidado bajo sus pechos—. Y exactamente, ¿quién decidió que yo era tu mujer?

Él sonrió lentamente.

—Nuestra mujer —dijo, con voz oscura y confiada mientras se inclinaba más cerca—. No lo dudes, Tally. Sé de quién vienes. Sé lo caliente que has ardido en sus brazos, y sé jodidamente bien que arderás de igual manera en los míos. El dolor de mis pelotas bien merece la pena por la experiencia. Así que nunca dudes de que has sido reclamada.

El tono duro de su voz envió temblores de excitación a su espina dorsal a pesar de la ardiente tormenta de furia que recorría sus venas. Pero fueron sus palabras las que la impresionaron. ¿Él había sentido eso? ¿Ellos podían sentir lo qué el otro sentía? Podía usar esa información más tarde; por ahora, todavía tenía que tratar con la actitud de Hongki.

Era bastante más alto que ella. Su cabeza apenas alcanzaba su pecho, obligándola a echarla hacia atrás mientras permitía que un desdén satisfecho llenara su expresión.

—¿Realmente piensas que puedes controlarme con el sexo, Hongki? —Le preguntó, con voz fría, cargada de aborrecimiento—. ¿Realmente parezco ser tan imbécil que lo único que tienes que hacer es joderme para manejarme? Tendrás que pensar en otra cosa —acentuó sus palabras clavándole un dedo en el musculoso pecho—. Nadie me maneja. Ningún hombre me controla. Ni ahora ni nunca.

Él bajó la vista hacia su dedo. Lentamente. Un segundo más tarde su mirada se fijó en la suya otra vez.

—Yo te controlaré, Tally —le dijo, con un tono de voz susurrante y lleno de dominación sexual, de una excitación que ella nunca habia imaginado antes—. Te controlaremos, y te lo prometo, rogarás por ello.

Sus labios se curvaron hasta casi dejar escapar un gruñido. En toda su vida, ella no podía recordar haber estado tan furiosa, tan ansiosa de poner de rodillas a un hombre como lo estaba ahora. Y podría hacerlo. Podría tenerlo. Si tan sólo pudiera decir las palabras adecuadas. Pero su repertorio de frases cortantes no le venía ahora a la memoria.

—Y tú aprenderás lo rápidamente que tu propia arrogancia te pateará el culo —le informó con frialdad antes de poner distancia y acercarse a la puerta—. Quédate jodidamente lejos de mis archivos, o si no, archívalos tú mismo. Tú eliges. No te avisaré otra vez.

—Tally.

Ella paró en la puerta, volviéndose despacio, luchando contra las ganas de ir y darle lo que necesitaba, lo que ambos querían.

—No luchas contra mí, nena, o contra Jaejin. Luchas contigo misma. Y creo que eres lo bastante inteligente como para darte cuenta.

—Te equivocas —le dijo ella suavemente—. Por cierto, justo ahora acabo de dejar a jaejin en el parque con mi rótula impresa en sus pelotas. Sigue jodiéndome, y te pondré las tuyas en la garganta. Y ahora me vuelvo a trabajar —le informó, fingiendo no haberse dado cuenta de la reciente admisión de él. La venganza se sirve mejor fría, rió silenciosamente para sí.

Salió del cuarto antes de que él pudiera responder, antes de que ella pudiera vislumbrar cualquier conocimiento o emoción en su expresión. Tenía un trabajo que hacer. Un trabajo del que disfrutaba, y tenía que recordarlo. Incluso si Hongki y Jaejin rechazaban a cooperar. Y tenía que planear una venganza. Una exigente y satisfactoria venganza antes de que su furia terminara en derramamiento de sangre.

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