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Capítulo 1, 2 y 3

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Por seguridad, en wattpad exponemos el borrador y no la maqueta original con sus repasos y anotaciones pertinentes, que tanto trabajo lleva a un escritor a la hora de que quede bien una publicación impresa o digital.)

Portada Wattpad. (original.)

Todos los derechos reservados- Registro de la Propiedad Intelectual de Oviedo, Asturias. ©27/10/2014

Querido lector si quieres la novela  publicada, firmada y dedicada a tu nombre: contacta en raycuenca@hotmail.com o en Chiado Editorial. Papel 9,50  euros y Ebook 3,00 eu.

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Capítulo I

La Carta de Asmara

21:24 de la noche. Venecia.

Dejo constancia de lo que posiblemente no pueda contarte en persona. Sé que estarás pensando que no hago otra cosa que meterme en problemas. Te imagino alargando los morritos en plan «ya te lo advertí y no pienso ayudarte la próxima vez» pero sabes que la curiosidad es algo nato en nuestra familia. Quiero ver con mis propios ojos lo que tú afirmas creer e incluso lo que el tío Louis dice que existe. Yo lo dudo, son cuentos para asustarme. Hay demasiados misterios en nuestra familia, demasiado silencio incómodo que no hace más que avivar las llamas del conocimiento por lo prohibido, ya es hora de descubrir la verdad.
Es peligroso que vaya a enfrentarme a un ser con las capacidades de un algo demoníaco que ignoro... Seré una estúpida, pero ya no puedo más. Me urge saber lo que te hizo ese hombre para tenerte atormentada al anochecer, siempre en guardia, siempre esquiva. Voy a conocer a Da Morte quieras o no.
No puedo seguir viéndote sufrir día tras día, culpándote de algo de lo que no tienes culpa. Lo siento Lys, te confieso que ayer dejé Oviedo y la agradable compañía de mi amigo Diego -con el cual estaba pasando mis merecidas vacaciones- para dirigirme a Venecia y desenmascarar a tu fantasma personal, a ese príncipe de las tinieblas. A ese diablo que atormenta la noche.


04:15 de la madrugada de la misma noche.


Parezco muy calmada pero no lo estoy, te lo aseguro. Comenzaré a creerte ahora y para siempre. Han sido unas horas terribles, llenas de todo lo inimaginable. Los hados me han protegido esta noche, podría haber sido mucho peor, pero he salido con vida. Tiemblo, mi maquillaje está corrido y poco o nada me importa retocármelo. Mis lágrimas no cesan y surgen de lo más profundo de mí asustado ser, no puede ser real, no puede serlo. Pero lo es y lo he visto, mi corazón late acelerado. Tengo miedo, nunca he estado tan al borde de un ataque de ansiedad como lo estoy ahora.
Quiero que sepas que sé lo que se propone Da Morte, a cuantas mujeres y hombres ha matado con el apellido Lux-Wynn. ¡Nos está buscando, Lys, nos busca! A los primogénitos de las raíces del viejo apellido Lux, para poder completar el ritual, pero no es capaz de encontrarnos. No sé qué es ese ser, pero no es humano, puede que sí, pero es desalmado. Por eso me alegro por el momento de que no estés a su merced y que te encuentres a salvo de caer en sus pútridas manos de... no me atrevo a escribir lo que es, pero una cosa es cierta, te quiere a ti. Sus ojos muertos así lo confiesan, no te ha olvidado y no podrá hacerlo hasta que te consiga. Voy a explicarte lo ocurrido:
Yo había llegado en las fechas de los carnavales venecianos, los más famosos de centro Europa como sabrás. Las calles estaban engalanadas y favorecidas por adornos típicos, como guirnaldas, candelillas y el buen ambiente festivo reinaba por las zonas más turísticas, acompañando la cristalina aura misteriosa de la pálida luna sobre un cielo estrellado.
Me alojé en un hotel llamado Strega Nera porque sabía que sorteaban unas entradas para el baile que celebraba el Conde italiano en su palacio. En un principio mi idea era colarme en esa fiesta, pero el destino me había otorgado el privilegio de ofrecerme una entrada sin tener que moverme demasiado para conseguirla. ¿No es magnífico? Si tú no hubieses perdido la fe, ahora no estarías limpiando los huesos de unos bichos que vivieron hace millones de años, te imagino llena de polvo y tierra con un cepillo de dientes en la mano, cepillándole el morro a un Purusaurus mohoso.
Estaba tranquila en mi habitación trescientos siete, mirando el disfraz que iba a ponerme aquella noche y te aseguro que era lo más bello que había llevado en la vida. Era un vestido suntuoso, de palabra de honor color cian, de larga falda con once volantes bien encajados con puntilla. Cosido a mano durante siete largos meses, con precisos encajes que formaban dibujos desiguales, que hacían un juego de líneas ovales, rectas y caracoladas, y añado que me había costado la mitad de su precio original tras regatear a fondo con la modista de la tienda. Había pensado en ponerme deportivas para correr mejor si la ocasión lo acontecía, pero pensé que quedaría bastante mal y poco glamuroso y al final me compré unos zapatos con tacón. La máscara quizás fue lo que más me gustó del conjunto ya que era de un matiz apagado, si la mirabas de perfil era picuda y de frente semicuadrada, la representación de los ojos daba una apariencia malévola y sensual que podría atraer más de una mirada indiscreta.
¿No te he dicho como había ganado la entrada? Ya estaba preparada sobre la almohada de la cama, si bien, creía que era algo que se sortearía, no que vendría de regalo con la reserva.
Como ya tenía la entrada para el baile, no me demoré más y me preparé para asistir, -hace unos años atrás conocí en Venecia a un chico llamado Santino Re Magi, es un buen amigo, si tienes algún problema acude a él, porque te conozco y en cuanto te llegue mi carta no perderás el tiempo y vendrás a buscarme. Trabaja en una cafetería llamada la Palomina.- Esa noche quedé con Santino para vernos y charlar un rato, creo que por dentro sabía muy bien lo que podría encontrarme en ese palacio... algo con lo que no soy capaz de luchar y necesitaba unos minutos de tranquilidad y diversión. Recuerdo haberle mostrado con mofa mi entrada y Santino se había llevado las manos a la cabeza, ¿te he dicho que es terriblemente atractivo? Sus ojos azules y su castaño cabello a la altura de los hombros lo convierten en un chico rebelde sin causa.
-Ahora ya no estoy tan segura de desear asistir a la fiesta, tenía muchas ganas por ciertas razones de peso, pero no sé si haría bien. -Le había dicho, notaba un nudo en la boca del estómago.
-¡No me digas que no vas a ir! -exclamó divertido-. Los Da Morte sólo conceden la entrada a su palacio una vez cada trece años y en carnaval, yo me muero por asistir, pero nunca he ganado una entrada ni voy a tener tanta suerte.
-Oye Santino, yo no voy para pasarlo bien, voy porque necesito buscar a un hombre... -le expliqué sin decirle en ningún momento más de lo que tenía que saber.
Me acuerdo que íbamos cogidos de la mano, dando un tranquilo paseo.
-Asmara, vida mía, carnavales hay cada año, pero oportunidades como la de esta noche para asistir al palacio, una entre trece años repartida entre docenas de personas. Mi profesor de arte y diseño me dijo una vez que entrar en ese palacio era igual que retroceder en el tiempo. La fachada de Venecia es hermosa, cobija y decora un pasado histórico oscuro. Sin embargo hay algo oculto en ella que atrae verdaderamente las miradas, impelidas por el misticismo de un mal oculto -me contaba que eso era lo que le decía su profesor-. Y ya sabes lo que a mí me gusta la arquitectura, ese sitio por dentro debe ser una gran obra antigua, que suerte tienes -chasqueó los dedos-. Si yo tuviese esa entrada que estás arrugando entre las manos, ni me lo pensaría, de verdad, tienes que entrar por lo menos para saciar mi propia sed de conocimiento, haz fotos y muéstrame como es por dentro.
A mí la arquitectura no me llamaba la atención, pero a Santino le apasionaba y tuvo que dejar sus estudios en la universidad para ponerse a trabajar y sacar a su madre adelante, el cáncer la estaba apagando poco a poco y eso a los bancos les daba igual, las facturas se tenían que seguir pagando y él había elegido sacrificar su carrera antes que desatender a Tazia. Esa mujer es un cielo.
Santino me miró con fijeza y se mordisqueó el labio inferior, como deseando indagar más en lo que yo le había comentado. Con un encogimiento de hombros me abrazó por la espalda para hacerme sentar sobre él y así disfrutar de los fuegos artificiales.
-Oye As, ¿has dicho qué buscas a un hombre? ¿Yo no soy lo suficiente guapo para ti?
-Claro que eres guapo, el más guapo que haya conocido nunca, Santino. -Le di un fugaz beso en los labios que logró sonrojarnos a ambos.
¿Por qué nunca me había enrollado con él? Oportunidades habíamos tenido, pero jamás surgía esa ocasión que nos hacía arder, puede que nuestra amistad fuese más importante que nuestros deseos o simplemente porque él era demasiado tierno y a mí me gustaban los hombres más toscos.
-Venga voy a ir, que todo sea para saciar mi curiosidad por cierto hombre al que busco y luego te contaré como es el palacio por dentro, voy a llevar mi cámara. -Brindé en el vacío por ser la prima más Quijote que tendrás nunca.
Ambos nos habíamos quedado mirando los fuegos artificiales que resplandecían en el oscuro manto nocturno, sentados en unos escalones húmedos a la espera de un milagro, luego decidimos que ya era hora de acércanos hasta el palacio y nos pusimos en marcha. Fue una larga caminata y al llegar dirigí mi mirada a la antigua mansión datada del siglo XIV, lo bueno de Santino es que era un perfecto guía turístico. El palacio era siniestramente terrorífico, estaba a orillas de un canal silenciado por el recuerdo de la peste negra.
-Mira Asmara -mi amigo me acercó al murallón exterior del recinto para que observase algo que señalaba-, ¿ves esas marcas en la fachada? -rascó con la uña por encima de unos símbolos cincelados en la piedra-. Cuenta la leyenda que cuando la pandemia se extendió por la ciudad, el único lugar donde podías curarte de la peste negra era aquí. Una de las mujeres de la familia Da Morte trataba a los enfermos y les arrancaba el mal, pero esas gentes no volvían a ser normales, se ocultaban de la luz. El Papa Clemente V creyó que la familia había pactado con el diablo para no ser expuestos a esa horrible infección y declaró que Edda era una bruja, así que ordenó apresar a los Da Morte y marcar el palacio como el santuario de Satanás.
-Me dejas con la boca abierta, ¿eso es cierto?
-No creo, pero ya sabes qué tipo de mentalidad tenían en aquel entonces, seguramente la mujer que te he mencionado sólo era una curandera que ofrecía sus remedios caseros como hacen nuestras abuelas, pero que antiguamente se veía mal o yo que sé -se carcajeó-, pero es cierto que fueron apresados todos, menos dos.
Desvié la mirada hacia la fachada del palacio, alejado del murallón y las verjas principales. Se alzaba solemne rodeado de un patio interior más allá de la gran verja oxidada.
Santino se despidió y yo entré abriendo la verja y enseñando mi entrada a dos grandes tipos que hacían guardia de espaldas a la puerta principal. Me pareció raro que uno de ellos me acompañase hasta el hall, y me obligase a ponerme la máscara antes de entrar en la sala de baile, luego me dijo con voz profunda que debía de llevar la pulsera que me entregaba, era de plata. Seguidamente abriéndome las puertas dobles de la sala, me hizo pasar a un guardarropa, pero no dejé nada. Llevaba la grabadora atada en la pierna con cinta aislante y en la otra pierna una cámara de fotos. ¿Qué es más evidente que una prueba visual? El hombre me miró como si supiese de mis intenciones, caminó con paso hosco hacia un pasillo por el cual aceleré el paso y él abrió otra puerta. Me introduje en un mundo engalanado de belleza y majestuosidad donde la música llenaba de gozo mi excitable corazón. El palacio ya no me parecía tan austero después de todo, así que dejé atrás mi identidad y anduve por la sala de la fiesta como una mujer nueva, moviéndose al son de los acordes y pasando entre la gente que charlaba de pie frente a la mesa de los aperitivos. Había mucha gente bailando en el centro de la sala, los cortinajes de fino hilo cubrían los ventanales, para evitar que los de fuera pudiesen observar el conclave tan secreto del interior.
Caminaba absorta por el alto nivel social que consumía mi sed de conocimiento, ¿hubiese cometido un error al perderme la fiesta? Ya lo creo que sí. Recuerdo que varios hombres me habían invitado a bailar según avanzaba hacia la barra libre, no podía decirles que no, si bien se tomaban libertades muy desinhibidas a la hora de cogerme de la cintura y hacerme girar con ellos en un lento vals, que acababa cuando huía como una meretriz comedida, brindándoles mi encantadora risa risueña.
Había unas siete mesas que estaban ocupadas de gente jugando al mus, o hablando de moda, política y dinero. Lo único que tenía en común con esa gente era que llevábamos un brazalete de plata, un disfraz y una máscara.
-Perdona que te moleste. ¿Sabes por qué llevamos los brazaletes? -le pregunté a una frondosa mujer, embutida en un vestido rojo chillón.
Me pareció que le había preguntado a un chorizo, más que a una dama de la corte más fingida.
-Claro que sí preciosa, los que llevamos los brazales somos los invitados de los hoteles que sorteaban las invitaciones para la fiesta. ¿En qué hotel te alojas? -me preguntó.
-En el Strega Nera.
La mujer sonrió y pidió a un camarero servirme un poco de vino para acompañar la amena conversación
-Estupendo querida, es uno de los tres hoteles que repartían las entradas -se mordió el dedo con sensualidad-. ¡Has tenido mucha suerte! Eres tan joven y guapa con ese cabello castaño oscuro y esos ojos pardos que se aprecian tras la máscara, que seguro que el Conde te escoge para bailar!
-Me han dicho anteriormente que era una suerte estar aquí... ¿Por qué? -le pregunté y ella se mostró afable.
-La suerte es por él, es un hombre de belleza divina, un príncipe que busca princesa, yo ya soy mayor para él, pero ojalá se fije en ti, por eso te decía que es una suerte que mantengas tu juventud tan madura, es algo que se escapa y que con el tiempo no sirve para nada -mostró tristeza, pero se recompuso con un trago de vino-. Tú tienes una oportunidad, así que aprovéchala bien chiquilla, la eternidad no es merecedora de cualquiera. -Confieso que me confundió su extraña forma de hablar, como si llevase años en una larga lista de espera por obtener un enmascarado favor aterrador que pocos desearían por propia voluntad.
Marcaba la hora un reloj de péndulo colgado sobre una repisa de mármol y faltaban unos minutos para la media noche. Las campanadas sonaron y los músicos y los comensales dejaron lo que estaban haciendo, para prestar atención hacia las pulcras escaleras donde aguardaba un mayordomo, el hombre anunció a su señor, el Conde descendió lento, sin prisa. Su cabellera pelirroja la llevaba recogida en un lazo sumamente delicado de seda china y su traje consistía en un pantalón azabache, una camisa blanca de largas mangas chorreras, con dos preciosos gemelos de oro. Un pañuelo mustio anudado al cuello y un chaleco negro que lo distinguía como un hombre de negocios, próspero en las finanzas «y en realidad descubriría que el hábito no hacía al monje, la crueldad no entendía de trajes caros ni sonrisas bonitas.» Llevaba una máscara asombrosa que desapercibía su mirada siniestra.
-Damas y caballeros, les presento al dueño del palacio y el hombre que ha organizado esta pequeña fiesta que rememora viejas costumbres de la familia -presentó el mayordomo-. Con todos ustedes, el Conde Donovan Da Morte.
Siguió bajando como un espejismo que me mareaba. Me pareció tan irreal que tuve miedo de estar en su presencia. Aquella forma de moverse era despreocupada y al mismo tiempo te hacía creer que no necesitaba pisar el suelo, porque era una divinidad celestial que flotaba con cada zancada que daba. Todos observábamos al Conde hasta que dejó atrás las blancas escaleras y caminó rodeando a la gente, de un lado a otro, como buscando a alguien. Sus botas resonaban con ecos sobre el suelo de madera. Me costó un poco creerme que ese hombre te quitase el sueño, prima. Podría quitártelo por su fuerza autócrata, su porte o su sonrisa torcida de labios delineados, pero no porque fuese un diablo.
Me quedé absolutamente prendada de él. Y ni siquiera era consciente de que me había tomado de la mano y ya estábamos bailando juntos. Sobrecogida no reaccioné como creía que lo haría en caso de verlo, me limité a sonreír como una boba con aquella reverencia de noble engreído que me ofreció. Me perdí en aquellos grandes ojos, brillantes como estrellas en sus últimas horas de vida. Eran negros, con largas pestañas y un hálito fantasmal escapaba de su fuerza masculina, conseguía doblegar mi voluntad.
Desperté de una hipnosis pasajera para sonreírle cohibida, sus fuertes manos acariciaban mi delicada cintura de avispa con caricias sutiles de una mariposa posada en una rama, me guiaba siendo dueño de mi cuerpo en un vals más complejo y antiguo que me hubiese hecho tropezar en brazos de otra persona, pero no de él. Sin esfuerzo, al son de la música, girábamos alrededor de un murmullo de celos y vanidades ciegas por una promesa eterna que alimentaba mi inopia.
Claramente la balanza se había declinado esa noche a mi favor, la entrada del hotel, el estar en brazos de ese poderoso ser que manaba una fuerza asombrosa que amansaba a las fieras, el perder la cabeza por y para él y no recordar nada, salvo desear un beso apasionado de lenguas lascivas entregadas al pecado y la humedad del calor de mis muslos. De los gemidos cómplices entre sábanas de satén hiladas por dos amantes que se moverían a un ritmo frenético entre ataduras y mordazas. Lo siento Lys, me avergüenza escribirte esto. Te imagino gritando perturbada como un ogro por lo que te cuento, ¿cierto? ¡Lo sé! Yo no soy tú, la experta en... es igual.
Había dejado que Donovan Da Morte me guiase en una antigua danza, parecíamos la pareja perfecta con pasos bregados sin esfuerzo, siguiendo los violines, los bajos, las campanillas. Nos movíamos de un lado a otro como si lo hubiésemos hecho hace siglos. La gente a nuestro alrededor se animaba a bailar en torno a nosotros, parecía el cuento de una princesa, yo me sentía muy especial en sus brazos. Sé que estaba feliz y que no iba a estropearlo con preguntas inapropiadas, lo siento Lys, al final no eres la flor de las flores, algo interesante me tenía que pasar a mí. Creo que dejaste escapar a un hombre que te hubiese hecho muy feliz. Sin olvidar el buen partido, pero tú sabrás mejor que nadie lo que te hizo, para que te alejases huyendo al confín del mundo.
-¿Cuál es tú nombre? -me susurró al oído, tan cercano como estremecedor.
-No quiero estropear este momento.
-No estropearás nada, seguro que tienes un nombre precioso.
-Me llamo Asmara.
-Me gusta. -Expuso haciéndome girar. Noté su fría mano rozar mi cintura una y otra vez y cuando di la vuelta completa me apretó contra su esbelto cuerpo.
-¿De dónde eres? Hablas muy bien el italiano, pero sé que no eres italiana. -Sonrió dejando mostrar levemente unos incisivos extremadamente alargados.
-De aquí y de allá -una angustia incesante me dominaba según pasaba mi tiempo junto a él-, nunca estoy por mucho tiempo en un mismo lugar. Soy una nómada en busca de tierras que me enseñen sus maravillas, una mochilera como dirían muchos. -Donovan me miraba con fijeza.
-Eres muy joven para ser de aquí y de allá -con sus labios rozó la punta de mi nariz-. Tienes acento galés, querida.
Procuré alejarme para que no notase que mi corazón latía desbocado, pero supe enseguida que él sabía que yo no estaba cómoda ni siquiera conforme con mis propios sentimientos.
-¿Te gusta este lugar, Asmara? Podría ofrecerte muchas, muchas cosas que las chicas jóvenes deseáis con afán. -Negué su propuesta, no quería nada de él, sin embargo embrujada por su voz rodeé sus hombros y busqué su cuello para besarlo, él ladeó el rostro y se dejó hacer, complacido por mi debilidad que me convertía esclava de su poder noctívago.
-S-supongo que podrías darme... -mi mente se quedó en blanco y tuve que cerrar fuertemente los ojos para alejarme de su juego convertido en dominación. Esa clase de poder que tanto tú como nuestro tío me habéis explicado tantas veces sin que os prestase atención.
-¿Supones? Bella chiquilla, el momento, el instante, lo que representa tu alrededor es lo que debes de vivir -posó sus dedos bajo mi mentón y me hizo mirarle a los ojos-. La vida pasa fugaz, pero yo puedo ofrecerte una maldición que te haría perdurar eternamente joven, una dulce y frenética pesadilla-añadió-. Eres tan manipulable cuando uso mi encanto... que serias perfecta para el ritual del abrazo. -Sonrió ocultando la mancha de un fatídico pacto con el diablo.
La verdad es que no sabía de qué me hablaba, me sentía inducida en un estado aletargado, pero por partes. No era consciente de que mi voluntad le pertenecía desde que me había escogido de entre todos los invitados.
-Conde, estoy desorientada, ¿le importaría que dejásemos de bailar?
Conseguí formular las palabras y abrir los ojos lentamente a la realidad. Se rompió la dominación entre mortal y depredador y fui libre del imán que tiraba de mí hacia él.
-Lo siento, ¿ahora mejor? -sonrió mezquino mostrando dientes normales-. ¿Sabes, Asmara? Realmente no soy Conde, perdí... emm, mis antepasados perdieron todas las tierras. El título sólo es un colgante más de los muchos que tengo y del cual no puedo desprenderme -su preocupación por mi desorientación afloró porque estuvo a punto de quitarme la máscara para examinarme las pupilas-. El título es un reclamo de nivel social que uso en estos días para no inquietar a todos estos esnobs.
-Es interesante, ¿acaso dejarían de venir si fuese usted un hombre corriente pero con dinero? -argumenté con una enorme sonrisa que él no pudo apreciar.
Estuvimos un rato más hablando, entre unas cosas y otras me abrazó contra su pecho y me entregó algo frío que acarició la palma de mi mano. Cuando miré hacia abajo observé con atención una botellita de cristal, con un líquido azul.
-Te lo regalo, quiero que te lo bebas muy despacio, no es nada malo créeme, pero es un licor que pocos son dignos de ingerir y muy fuerte. -Me invitó a beber, yo me quedé mirando el frasco como si aquello fuese éxtasis.
-¿Qué es exactamente?
-Es un licor muy antiguo que destilaban los médicos en antaño, cuando buscaban soluciones para curar a los afectados por la peste negra, es mucho más efectivo que el café, pero no adictivo, me ha parecido correcto regalártelo. Cada trece años doy un frasco a la mujer que más me llama la atención y esa eres tú, hermosa Asmara.
Me cerró la mano entornó al frasco de líquido azul y me hizo beber despacio, el líquido dulzón tenía también un toque amargo. Me lo bebí aunque en realidad sólo lo hacía porque él me guiaba la mano.
Da Morte se alejó una vez el frasco quedó vacío.
Todas las demás mujeres de la sala no tardaron en rodearlo para ser atendidas por sus delicadas palabras. No desatendió a ninguna, reía, bromeaba e incluso besaba a muchas en los labios y no eran precisamente besos de cortesía, se había levantado la máscara hasta la nariz. Ese hombre era la viva imagen de la lujuria. Alguna se atrevía a acariciar el miembro del noble y él las agarraba de la mano y las hacía apretar con más fuerza, imponiendo su autoridad entre todas sin pudor a ser tocado de aquella manera que logró sacarme los colores.
Agotada mentalmente, salí a tomar el aire a los jardines traseros. Caminaba por inercia estirando los brazos, desperezándome hasta internarme en un laberinto y no supe salir. Di vueltas y más vueltas, había perdido el tiempo ahí dentro y asaltada por el pánico decidí acuclillarme y pensar con claridad, tenía muchísimo calor y me quité la máscara para abanicarme con ella. ¿Qué me estaba ocurriendo? No me encontraba bien.
Minutos más tarde y por casualidad encontré un pequeño pozo de agua, donde las enredaderas habían hecho su reino enrollándose en los soportes de hierro y en el techo de madera. Creo que estaba en el mismo centro del laberinto, y encaminé mis pasos hacia dos bancos de piedra bajo el soportal de un templete decorado con crisantemos, menta y camelias.
La zona estaba iluminada por candelabros típicos de los siglos antiguos, llameaba el fuego en aceite. Me quedé sentada sin hacer nada. No conseguía despejarme, estaba espesa, enferma tal vez. Lo único que refrescaba mi cuerpo era el frasco de cristal que usé para enfriar mi cuello y las sienes. Me quedé adormilada, abrazada a mí misma, sin pensar, sin sentir, sin comprender qué fuerza mayor me sometía desde que había estado en brazos de Da Morte.
De soslayo, como una llamada de los hados, oí las campanas de la ciudad anunciar las tres de la madrugada. Me apresuré a salir del laberinto y volver a la fiesta. Corrí de un lado para otro, hasta dar con las escaleras que subían a la sala de baile. Me paré un segundo a escuchar... pero nada, no se oía nada. ¿Había terminado la fiesta? Entré y mi temor se hizo cierto. No había ni un alma. Las mesas vacías, el escenario con los instrumentos guardados, globos solitarios tirados por el suelo, serpentinas cubriéndolo todo, copas a medio beber, platos sucios. Mis pasos anduvieron lentos, seguía mareada. Resbalé y por poco me fui de bruces al suelo, al mirar hacia abajo algo pringoso se adhería a la suela de los bonitos zapatos que me había comprado. Era un reguero de lo que supe que era sangre y se extendía por las líneas de las baldosas de madera del suelo.
Sin perder la calma me levanté las faldas del vestido y saqué la pequeña cámara de fotos, aquel momento había quedado grabado. Alcancé la puerta y corrí por los pasillos. Notaba que el pulso enloquecía por la carrera, palpitando en mis sienes, no era posible que fuese la única que quedase dentro del palacio. Imposible. Necesitaba saber dónde estaban los demás para no entrar en un estado de paranoia por la situación, porque mi mente hilaba demasiadas historias que tío Louis y tú me habíais contado.
Había más sangre según avanzaba por el pasillo y al mirar la pared allí vi marcas de una mano, alguien se había apoyado y desfallecido en el acto.
Cuando encontré la salida no pude abrirme paso, estaba cerrada con llave y por más que empujé y golpeé con la mano no pude abrirla. Sin detenerme pensé en saltar por una ventana, había escuchado un espeluznante grito atroz no muy lejos de donde estaba y sonaba como la mujer que había estado hablando conmigo: ¡No, por favor, me prometieron la eternidad, quiero vivir, alejaos de mí! ¡N-no!
Me detuve en seco frente a un despacho y entré sin más, de un empujón descontrolado que casi me hizo golpearme la frente con el canto de un mueble cercano a la siniestra. La mesa del escritorio me ofreció la visión directa de un portátil y papeles amontonados sobre otros documentos. Bajé la guardia por unos segundos, caminé hacia allí atraída por un mapa global. Salían unas x de bolígrafo rojo que tachaban países como Escocia, Inglaterra, España, Italia y Alaska. No sé qué era y por qué estaba tachado, es como si fuese una búsqueda... pero, ¿sobre algo en concreto? También habían unos círculos de bolígrafo azul que parecía señalar lugares de Perú, Venecia, Turín, Marmolada y Dolomitas, pero Perú era la más marcada, allí estás tú.
Dejé estar aquello que no entendía y me acerqué a la mesa ojeando los documentos. Es por eso que te escribo la carta. ¡En todos esos papeles sale tu nombre! Una y otra vez. Son trabajos de Donovan, estoy segura, veo su firma, veo....
"La esencia brota con la marca, sin ella, la esencia no es más que muerte eterna sin gloria ni afán. Quiero despertar de la pesadilla y la necesito ya."
¿Qué querría decir? Puede que no sea más que locuras de un asesino. No es más que un peligroso loco, los locos existen, los seres sobrenaturales no.
Seguí leyendo, en otras hojas salían nombres de mujeres y hombres, todos se apellidaban Lux, de diferentes nacionalidades pero tenían algo en común con nosotras, el apellido paterno.
Pensé que sería más fácil comprender las cosas si me sentaba e iniciaba sesión con el ordenador. Al mover el ratón con la mano, la pantalla en negro del portátil cambió y salió el menú principal, en la barra de herramientas aguardaban tres carpetas abiertas deseosas de que yo les echase un ojo. Cliqué en una carpeta llamada «Árbol de La Sed» y apareció el árbol genealógico de nuestra familia. La anotación en un borde de la hoja del documento ponía «El tiempo corre y ella es arena.»
No daba crédito a lo que mis ojos leían. Mí curiosidad acrecentaba la tensión del momento. ¿Tendría algo que ver el ácido del frasco azul? Abrí otra carpeta llamada "La lista" eso fue lo que me asustó. Elevé la mirada hacia la puerta del despacho, cerciorándome de que estaba sola y volví la vista a la pantalla. Donovan afirmaba haber matado a muchos miembros de diferentes ramas de nuestra familia, pero que al parecer no eran las personas de sangre pura que andaba buscando después de haberte conocido. Los llamaba ramajes. La lista era larga, bajaba y baja el cursor, pero las páginas parecían no tener fin. Me recorrió un frío por toda la columna que logró hacerme emitir un jadeo ahogado. Todos ellos fueron asesinados cuando sus sangres no habían cuajado, ¿espera, estaba leyendo bien? Así era. Cielos, ¿con qué clase de hombre te habías juntado?
Fui directa a la galería de imágenes. Únicamente puedo decirte que me temblaron hasta las rodillas por lo que esa galería me enseñó. ¡No quise ver más! ¡No, no quiero recordar esas fotografías de torturas y sadismo! Intenté cerrar esa sección al tun tun, sin mirar, con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados, pero lo único que conseguí fue abrir otra cosa, acumulando ventanas en la barra de herramientas.
-Vamos Asmara, sé valiente, seguramente sea un sueño. -Quise convencerme de algo que comprendía como era el haberme quedado dormida en el hotel, sí, seguro que era eso. Estaba dormida.
Finalmente decidí mirar la pantalla que resplandecía con una leve luz, pues el cargador no estaba conectado a la fuente de energía.
-¿Un diario? -me dije y suspiré más aliviada, menos mal, no eran imágenes de...
Con aquel diario seguramente hubiese perdido mucho tiempo al leerlo, por lo que lo más sensato que hice fue robarlo y ya lo imprimiría al salir del palacio. Cogí mi cámara de fotos y abrí la tapa, saqué la pequeña memoria de 256MB, busqué la ranura del USB y me descargué todo. Absolutamente todo. El tío Louis estaría contento de recibir el material y yo de sentirme útil jugando a ser una guardia de La Sed, como os he escuchado mencionar en vuestras charlas en los establos.
Bien, era hora de salir de allí, había leído mucho más de lo que me hubiese gustado añadir en esta carta. Tras dejar todo como me lo había encontrado, más o menos porque no recordaba el orden de los papeles amontados sobre la mesa, me dirigí hacia la puerta y salí sin molestarme en asegurar que no hubiese nadie. Avancé caminando y el hall me recibió tan manchado de sangre como de pulseras de invitados olvidadas en el suelo.
-Oh, sí, sí. -Desinflada por la alegría de ver una ventana abierta salí por ella sin importarme la altura ni la casualidad.
Cuando conseguí saltar hacia el jardín que estaba lleno de lodo por las últimas lluvias, me sentí liberada. Lo único que me importaba era llegar al hotel y beber hasta desfallecer, tomarme una pastilla para el dolor de cabeza y olvidar lo que aquellas imágenes del ordenador me habían mostrado. Di un paso por delante del otro y maldije al meter mis preciosos zapatos nuevos en un charco de barro. Debería de andarme con cuidado porque las últimas lluvias habían inundado gran parte de la ciudad, para no perder la costumbre. Parecía que las casas a orillas de los canales no se libraban de los barrizales si tenían jardines o pequeños huertos particulares, como era el caso del palacio.
Me demoraba por un estúpido charco, lo sé, por eso tomé una bocanada de aire y corrí hacia la valla. Estaba a centímetros de abrir la verja cuando la misma oscuridad se me arrojó encima mordiéndome la mejilla y caí al suelo golpeándome el rostro con un escalón desnivelado. Al darme la vuelta, él apareció ante mí y no se mostró amable, me elevó enganchándome del brazo con una celeridad tan angustiosa que me mareó, no contento con dañarme me lanzó por los suelos de un fuerte guantazo. Donovan Da Morte se carcajeó complacido.
Ahí estaba él, cruzado de brazos y disfrutando de mi visión desconcertante, no me gustaba estar postrada a sus pies.
-Claro -susurró como si se hubiese percatado de algo-. ¿Quién sino? ¿Eres Asmara Lux, verdad? -me preguntó, pero parecía más bien afirmarlo con movimientos austeros de cabeza. Yo hice ademán de levantarme, pero me lo negó al usar su pie para empujarme hacia el suelo.
-Supongo que intentabas saber quién era yo. Louis debe de hablar mucho de mí y has encontrado algo con lo que no quieres enfrentarte, ¿cierto? -gesticuló amenamente con la mano-. Lo veo lógico, no tienes el espíritu de tu prima Lys. ¿Te ha dicho ella que soy el malo de sus males? -su voz sonaba amenazante, penetraba en los oídos como docenas de cuchillos en la carne.
-¿Quién eres realmente? -le pregunté yo.
-¿Ahora quieres hablar?
-Yo te diré quién eres. ¡Un asesino que ha matado a todas esas personas! -chillé sin acobardarme, aunque en realidad tenía miedo-. ¿Se te pone dura acabando con sus vidas? ¡Pienso llamar a la policía y darle toda la información que tengo!
-Si ellos pudiesen detenerme otro gallo cantaría, cariño. No tengas tanta prisa, Asmara. Te confundes, no quiero hacerte daño... bueno -se encogió de hombros-, quizás un poco para un fin mayor, y lo de asesino no puedo negarlo, pero no me considero tal cosa.
-Mientes. ¿Dónde tienes a los invitados? ¡He escuchado gritos, he visto sangre, eres un asesino y los has matado a todos!
-Se han ido a un lugar mejor, pero no grites más, no me gusta llamar la atención y estás en mi hogar, así que modula el timbre de tu voz, jovencita. Levanta del suelo y ven...
Me tendió la mano pero me negué a ir con él. Mi única forma de salir de allí era alzando la voz, con suerte alguien me escucharía y vendría en mi ayuda. Maldita sea, ¿todo esto era producto de una pesadilla? Me pellizqué los mofletes pero no logré despertarme. No, no. No era real, era una pesadilla, estaba segura. ¡Segura, Lys!
Cinco mujeres y tres hombres vestidos con túnicas rojas y encapuchados, salieron del palacio y uno de ellos se humedeció los labios para seguidamente preguntar:
-¿Vas a quedártela?
-¿No tienes suficiente con nosotras? -dijo una de las mujeres.
Unos de los hombres se adelantó enfadado.
-¡Acaba con ella, es simple ganado! -gruñó como un animal. Da Morte levantó la mano silenciando los labios manchados de algo rojizo del engreído ser y sonrió elocuente.
-Mis queridos hermanos, os presento a Asmara Lux, pura sangre de la familia de La Sed. Pero no es la prima que busco -resopló como si aquello fuese un gran problema que lo atormentaba-. Asmara, ¿dónde está Lys? Te dejaré ir si me lo dices.
-¿Sois de una secta, es eso? -inquirí agitada por la respiración.
-Somos el gremio de la casa Da Morte. -Respondió uno de los hombres que parecía llevar gafas de sol.
Ese mismo hombre parecía ser la mano derecha de Da Morte, porque ordenó con un simple movimiento de su dedo índice que los otros fuesen a por mí. Intenté soltarme pero me fue imposible, arañaban mi brazo con cada movimiento brusco según forcejeaba con ellos. Eran fuertes, terriblemente más fuertes que cualquier hombre que he conocido, encima lograron sacarme cardenales frescos que tiznaban mis brazos. Imagina hasta qué punto lo eran. Me arrojaron de bruces a los pies de Da Morte y me volvieron a levantar como a un saco de patatas.
Donovan se quitó la máscara y la lanzó sobre los escalones que subían a la entrada principal. Observé su ilustrado perfil. La forma de su nariz tenía un ángulo aguileño bastante llamativo, sus pómulos marcados enmarcaban eso que tu llamabas «degenerativa consunción ligera» y tenía una boca grande, de labios sonrosados que si me hubiese visto en otra situación... hubiese escrito que tenía un buen beso apasionado. El inferior más carnoso que el superior y los caninos agrestes y largos surgían llamando mi atención de vez en cuando, puede que fuese producto del cansancio, del sueño o de que no lograba verle bien. Pero él evitaba mostrarlos más de lo debido.
Da Morte aprovechó que estaba bien sujeta para rebuscar lo que yo deseaba ocultar, la tarjeta de memoria.
-¿Te ha gustado el ácido azul? -preguntó sin voltearse una vez logró su objetivo.
-¿Qué clase de droga es? Me hace tener alucinaciones, veo cosas... dime que no son reales y que son productos de lo que me has hecho beber.
-Ya te lo dije antes, no coloca -se carcajeó-, debo confesarte que todavía está en fase de prueba.
-¿Fase de prueba? Pero... ¡Me has dicho que lo inventaron los médicos que buscaban curas contra la peste para mantenerse despiertos!
No respondió.
-¿Dónde puedo encontrar a tu prima -volvió a preguntar, pero para que lo sepas Lys, yo no le dije nada, te lo prometo.
-¿Sabes? Es una pena que no me lo quieras decir, la echo mucho de menos -su fingido tono tenía un sentimiento real-. Hace como ocho años que no se nada de ella, justo desapareció en el momento que más la necesitaba. Me han llegado pajaritos diciéndome que se encuentra en Perú, pero cada semana me dicen que está en otro lugar diferente.
-¡Qué tienes contra mi familia! Te aseguro que somos gente humilde que no se mete en líos con nadie. -Le dije con la esperanza de que me dejase ir.
Donovan discrepó con un encogimiento de hombros.
-Humilde no es concurrente con La Sed. -Respondió con un deje de indiferencia.

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