Capítulo III

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Bien, así que ella tenía que evaluar sus opciones. Tally se sentó en un pequeño banco en el centro del parque para mirar fijamente el apacible azul del estanque, en cuyas orillas se encontraba. El banco de madera era duro, pero no incómodo. La leve brisa que fluía por las ramas de los árboles encima de ella era calmante, incluso aunque hiciera poco por refrescar los fuegos que rabiaban por su cuerpo.

Estaba fuera de control. O al menos, tan fuera de control como sentía que podía llegar a estar. Sólo era consciente de que había salido corriendo de aquella oficina, y de Hongki y Jaejin, como una pequeña virgen asustada. Era cualquier cosa excepto virgen. Y sólo porque ellos no eran conscientes de ello, era bastante honesta consigo misma para admitir la verdad.

Estaba asustada.

No había previsto esto cuando fue trasladada a Conover. Sentía lujuria por Hongki, sabía que quería una oportunidad de experimentar su toque, de follarle hasta encontrar al menos un poco de alivio en los deseos que la atormentaban. Cuando Jaejin se unió a la ecuación, el regocijo había sido mayor. Dos hombres a su entera disposición. Increíblemente viriles, capaces de satisfacer cada uno de sus carnales deseos. Pero no había esperado también la dominación. Ni había esperado tal aumento en sus deseos. Sus necesidades la estaban casi consumiendo ahora. Necesidades que no había buscado.

Vio una pequeña bandada de patos andar en línea a través de la hierba de la orilla hasta el agua fresca. Sus graznidos perezosos y payasadas juguetonas en el agua llevaron una sonrisa a su cara. Una vez, hace mucho tiempo, ella los habría seguido. Se habría metido en el agua y habría desafiado a quien le negase el placer de hacerlo.

Ahora, ella ocultaba sus placeres, los mantenía en la oscuridad y sólo los sacaba en las circunstancias más estrictas. Podía decirles a Hongki y a Jaejin que no iba a permitirles decidir dónde y cuándo aquellos deseos iban a surgir. O cómo iba a actuar al respecto.

— ¿Todavía haciendo pucheros? —La voz oscura de Jaejin la hizo saltar sobresaltada, girando la cabeza mientras él avanzaba hacia el abrigado banco y se sentaba frente a ella. Sus piernas ocupaban la mayor parte del espacio; su gran cuerpo parecía ocupar toda la capacidad del asiento.

—Nunca hago pucheros —le informó con una pequeña sonrisa paciente. Deseó sentirse tan paciente como se obligaba a aparentar—. Simplemente disfrutaba de la paz.

Una paz que estaba segura de que se había esfumado. Lee Jaejin parecía el típico chico malo. Con su pelo negro demasiado, sus ojos intensos y su cuerpo duro, él era ideal para el placer carnal de cada mujer. Él era la oscuridad y Hongki la luz, tan diferente físicamente de su hermano como se podía ser. Pero ella tenía la sensación de que por dentro, donde contaba, ellos eran malditamente iguales.

Él la miró atentamente, apoyándose contra el banco, estirando sus brazos hacia atrás mientras la diversión asomaba en las comisuras de su boca.

—Yo te tenía por la Mujer Dragón —finalmente dijo tranquilamente—. Esperaba que sacaras tus garras, no que huyeras como asustada de nosotros.

Ella arqueó una ceja burlona, a pesar del hecho de que él había descrito exactamente lo que había hecho.

—Jaejin, de verdad —dijo, sacudiendo su cabeza—. Algunas cosas merecen sacar las uñas. Otras realmente no merecen la pena. Quizá tú y Hongki estéis en la última categoría.

—¿Quizá? —El gesto diabólicamente atractivo de sus labios hizo desear probarlos.

Ella aspiró profundamente, absteniéndose de poner sus ojos en blanco, aunque resistir el impulso fuera una prueba para su paciencia. No importaba lo sexy que era, la enfurecía como el infierno.

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