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No me sorprendí por haber llegado al hospedaje en solitario, sana y salva, a pesar de que no había marchado por las calles con la precaución que exponerse a tales horas amerita puesto que, en realidad, no es como si me hubiera preocupado demasiado...

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No me sorprendí por haber llegado al hospedaje en solitario, sana y salva, a pesar de que no había marchado por las calles con la precaución que exponerse a tales horas amerita puesto que, en realidad, no es como si me hubiera preocupado demasiado por lo que sucedía a mí alrededor. Tampoco me asombré por no haberme extraviado y haber dado justamente con el camino que me llevaría hacia las cabañas. Lo verdaderamente increíble fue darme cuenta de que en todo el camino hacia las cabañas, siendo acompañada por nada más ni nada menos que la gélida brisa nocturna, no derramase ni una sola lágrima y es que, sentí, de alguna forma, como si se hubieran atorado en alguna parte de mí, en medio del shock, la ira, la decepción y esa pizca de tristeza que insistía en asirse a mí.

Luego de un rato tratando de asimilar que realmente vi a Alan besuqueándose con alguien a quien consideraba mi amiga, me digné a enviarle un mensaje a Zaray avisándole que me había ido antes a nuestro lugar de hospedaje, argumentando mi anticipación en un inexistente malestar y pidiéndole que le diera aviso de ello a Theo también. Tuve que mentir, no quería amargarles la noche angustiándolos con mi imprevista desaparición.

No tenía deseos de verle la cara a Sophie ni mucho menos a Alan, sin embargo, una vez en el interior de la habitación en la que pernoctaba, la somnolencia que me embaucó en un trato para olvidar dentro de un sueño todo lo acontecido fue satisfecha en horas que concebí más como minutos, lo cual significaba que, aunque poco y nada de ganas tuviera de enfrentarlos, me vería forzada a hacerlo de todas formas. Además, no tenía sentido intentar posponer lo que algún día de todas maneras pasaría.

Salí de la cama evitando generar ruido o tocar a Zaray que dormía profundamente en la misma colcha que yo. Probablemente regresó tarde por lo que de seguro seguirá sumida en sueños por mucho tiempo más. Me cambio con sigilo y, posteriormente, salgo del cuarto y avanzo por el interior de la cabaña con los párpados aún apesadumbrados, intentando ser cautelosa pues no quería que algún mal movimiento despertara a alguien.

Verifiqué en cada cuarto y no encontré rastros de Alan o Sophie allí por lo que deduje que pasaron el pequeño resto de noche en la cabaña contigua.

Podía desayunar tranquila.

Casi todas las puertas de las habitaciones se encontraban sin seguro, por eso es que tuve la mala fortuna de hallar a Carlos, uno de los amigos de Alan, en una de ellas en un estado deplorable, desparramado en una de las camas con el torso descubierto y la mitad inferior de su cuerpo siendo cubierto a duras penas por sábanas ligeras. Cuando pensé que había visto lo peor, me percaté de que en el piso, al pie de la cama en la que Carlos dormía, había vómito y muchos papelillos y colillas de Dios sabe qué.

Sentí lástima por el pobre chico, pero más por los jóvenes que descansaban en el camarote que estaba al otro extremo de la habitación, Raimundo, el novio de Zaray, quien dormitaba en la parte inferior y Theo en la superior, los cuales de seguro tuvieron que soportar el hedor nauseabundo que inevitablemente se ha encerrado en el cuarto y que no pretendía dejar escapar así que, una vez rectifiqué la ausencia de Alan, en segundos había cerrado la puerta.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora