El pequeño de la casa (primeros capítulos)

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1.- NOSTALGIAS DE UNA HORA TONTA J

 

Reconozco que lo más correcto sería presentarme antes de iniciar esta historia. Bueno, no es exactamente la mía, más bien la de otras personas a las que quiero y admiro y cuyas venturas y desventuras contemplan mis abultados ojillos saltones. Por cierto, soy estrábico, o sea, bizco; no me lo toméis a mal.

            Sin embargo no me es posible cumplir con esta rutinaria formalidad (me refiero a la del nombre) puesto que no dispongo de él. De momento. No es una barbaridad, es lo más corriente teniendo en cuenta que soy un cachorro chihuahua de dos meses de edad. Si alguna vez has sido un bebé-perro como yo, te parecerá muy normal encontrarte sin nombre: eso sí, se te acumulan denominaciones de origen del tipo “chihuahua pelo largo, procedencia, Sevilla” o monerías como “cosita”, “ricura” o “chiquitín” que conforme vas teniendo una edad te chirría y te toca las bolinas, pero que cuando eres cachorro te hacen sentir importante, deseado y molan mogollón.

            ¿No es esa al fin y al cabo la aspiración de todo ser vivo? Que nos quieran. Y cuanto más, mejor.

            Nos separaron de mamá en cuanto soltamos la teta. A mi hermano y a mí. Pobre mamá, allí quedó, con las ubres del tamaño de una pera de agua, inconmensurables para su kilo y medio de peso. Recuerdo vagamente su olor y la dulzura de su lengua cuando nos la pasaba por el lomo, tranquilizándonos, asegurándonos que estábamos a salvo. Mentira cochina. ¿A salvo de qué? Nos habían tomado miserablemente el pelo a toda la familia, incluida ella, porque me juego las orejas a que nadie le advirtió que nos separarían y que la pobre se quedaría compuesta y sin novio (porque de nuestro padre desconocido nada se sabe, ni siquiera se quedó lo suficiente para darnos el apellido). Me temo que vino, se cepilló a mamá y se lo volvieron a llevar en un trasportín antes de que entablasen lazos de amistad más rotundos y duraderos.

Mi hermano era un petardo que se pasaba las noches en vela gimoteando y preguntándose por nuestro incierto destino, todo hay que decirlo. De algún modo fue un alivio perderlo de vista, aun cuando su acelerada venta en la tienda de mascotas a donde nos llevaron, supusiera la ruptura definitiva de mis escasos vínculos familiares con todo lo conocido. Dicho de otro modo, con la marcha de mi hermano mariquita a su nueva familia, yo me quedaba solito en el mundo. Lo vendieron antes, no porque yo fuese feo (exceptúo mi problemilla con los globos oculares), sino porque era ridículamente pequeño y el papi humano de nuestra mamá, o sea nuestro abuelo, decidió dejarme mamando unos cuantos días más. Mas el hecho de que el llorón fuese aceptado tan pronto y con tanto entusiasmo y la demanda de cachorros no cesara, empujó al pesetero de mi abuelo a entregarme a la tienda cuando apenas medía veinte centímetros.

El pequeño de la casa (primeros capítulos)Where stories live. Discover now