Isaac

Observé por última vez, aquel hermoso paisaje que me brindaba el desierto de el Cairo desde mi ventana.
Tomé las últimas prendas que quedaban en el interior del armario; los coloqué dentro de la maleta, lo miré por un instante, y lo cerré. Me senté sobre la cama ya tendida, posicionando mis codos en los mulos y entrelazando mis manos.
Ya todo terminó, se acabó mi tiempo aquí, venció mi estadía y es triste, muy triste. Abatimiento, angustia era esa sensación que recorría por mi cuerpo hasta llegar mi boca, dejando un asquerosos sabor a bilis, un gusto que será difícil de quitar por el tiempo. Aquí ya era mi hogar, mi lugar esta aquí y mi corazón siempre lo supo, por algo había estudiado esto; lástima que un año se haya hecho tan corto.

Recuerdo mi primer día aquí, en el Cairo; sentir ese sofocante calor al cual ya me había acostumbrado -pero aún mantiene mi odio-; su cultura ya es una parte de mi y tuve el placer de conocer gente maravillosa... miento, solo conocí a una persona increíble y que se quedará por siempre en mi interior. Ahora me pregunto, ¿Monett me extrañará? Tenemos un gran lazo entre nosotros y admito que me encantaría que demostrara más sus sentimientos, ser más abierta; siento que no la conocí del todo para tener estas malditas mariposas revoloteando en mi estómago al tan solo escuchar su nombre.

Ya era la hora. Entregué la habitación del hotel minutos antes de que la manilla del reloj marcara las doce del día; bajé las maletas y pagué las últimas cuentas pendientes, todos los gastos de mi ausencia en estos meses. Se preguntarán por qué; antes de venirme de viaje reservé este hotel por un año, por suerte tenía un conocido que me hiciera ese favor; pensando que iba a estar toda mi practica en el Cairo.

Me senté en los sillones de cuero que componían el salón principal; observé a las afueras de los grandes ventanales y descubrí que una enorme piscina cubría la gran parte del patio trasero. «No recordaba que hubiera una piscina». Hojeé algunas revistas que estaban sobre la mesa de caoba, lástima que no entendiera ni una sola palabra del texto, sólo bastó con echarle un vistazo a las ilustraciones. Comencé a cabecear, tenía un poco de sueño acumulado, así se me pasaría el tiempo más rápido. Se preguntarán otra cosa, el por qué no paso tiempo con Monett... No la quiero ver, no quiero verla, aunque sea unos de mis últimos deseos, pero soy sensible y tengo una repulsión a las despedidas, siempre termino mal, con el corazón destrozado y con mis ojos ardientes en lágrimas. Acomodé un cojín bordado y apoyé mi cabeza en el, cerré los ojos y me dejé llevar.

«La cámara tomaba unas fotos fabulosas de la tumba KV53; sus rocas adornaban la entrada, entrada por la cual salí disparado con ella en mis brazos y arrancando de esa enorme tragedia que logré impedir. Hombres se encontraban analizando la entrada, buscando alguna forma de retirar aquellas rocas sin dañar sus contornos, y mucho menos el interior. Me agaché al ver esa marca rojiza que había quedado como registro de la tragedia que tuvo Monett; agradezco que no recuerde nada de lo sucedido, o sino me haría más preguntas de las que no podría contestar.

Guardé mi cámara y proseguí a sacar mi libreta de notas para detallar toda observación que mis ojos logran capturar. Una mano toca mi hombro, giré y ahí estaba el director. Tenía razón la primera vez que lo vi, no era alto; me llegaba a la altura de mis hombros, era corpulento, de huesos anchos, y su terno lo hacía parecer un arándano, se veía apretado, incómodo con la tenida que tenía puesta y se estaba asando con este calor, lo noté al ver como de su rostro caía una gota desde su sien.

-Hacía tiempo que no lo veía, joven Rumsfeld. -Dijo apacible.

-Buenas tardes, señor. -«Timidez, abandona mi cuerpo. Isaac no es momento de ponerte nervioso, piensa antes de responder -me dije-. Tiene muchas preguntas.»

El Misterio de Smenjkara (FDLA #1) [EDITANDO] ©¡Lee esta historia GRATIS!