Capítulo 1: Cumpleaños mágico

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Abigail Griffiths era una chica normal y corriente, con una vida ordinaria como la de cualquier adolescente. No había nada fuera de lo normal en su día a día, ni nada que la hiciera especial o diferente. Simplemente era una más de la marea. Pero aquel día era especial, cumplía diecisiete años y en septiembre empezaría su último curso en el instituto, solamente un año para la universidad, grandes decisiones le aguardaban, universidad, su futuro. Pero no todo era felicidad sino que ese año perdía algo muy importante.

A su mejor amigo desde la infancia. A Christopher.

Se mudaba su familia a la capital, a la gran ciudad y Abigail se quedaba atrás. Sola. Sin su compañero y gran apoyo desde que era capaz de recordar.

Era algo que la deprimía bastante, prácticamente llevaba hundida desde que se había enterado meses atrás, era su único amigo, quien mejor la comprendía y aunque fueran a institutos distintos y ella no tuviera más amigos, él le hacía sentir que no estaba sola en el mundo desde que su padre se había casado.

Pero se marchaba y todo iba a cambiar.

Hacía horas que se había levantado, una pequeña parte de ella estaba ansiosa por ser el día que era aunque no esperaba nada. Estaban en pleno verano y estaba siendo especialmente caluroso así que abrió la ventana en un intento de refrescar la habitación antes de que el sol estuviera más fuerte. Se recogió el pelo en un moño algo deshecho para intentar quitarse los mechones del cuello sudado y se vistió. Escogió unas mallas finas cortas y un vestido ancho y ligero casi sin mangas de color claro.

Mientras se ponía el collar, sus ojos se posaron en la foto enmarcada de su madre. Su único recuerdo de ella ya que había muerto dando a luz.

Wanda, de pelo rubio brillante y sedoso, ojos grises como la tormenta, era completamente opuesta a ella. Abigail apenas se parecía a su madre ya que tenía el pelo castaño ondulado como el otoño con reflejos dorados y los ojos oscuros. Su madre tenía la piel tan blanca como la nieve, en cambio, la suya estaba salpicada de pecas como el cielo estrellado, incluso más que su padre. Abigail se parecía mucho más a su padre, Henry, que a Wanda y muchas veces pasaba horas observando aquella vieja fotografía intentando apreciar alguna similitud.

Henry siempre decía que tenían la misma sonrisa.

Hacía varios años que su padre se había vuelto a casar con otra mujer, tan distinta de Wanda como lo era el día de la noche, en un vano intento por criar a Abigail con una figura materna, o al menos eso era lo que le gustaba pensar por las noches a la joven ya que nunca había comprendido como Henry se había podido enamorar de Susannah, una mujer que le procesaba un gran odio. Y era mutuo.

Desde entonces, cada año era una tortura peor que la anterior y ansiaba el día en el que se pudiera marchar de aquella casa, aunque implicase alejarse de su padre.

Su único consuelo era su abuela, la madre de Henry, Caroline, quien siempre tenía un rato para su querida y única nieta. La casa de Caroline se había convertido durante años en su pequeño refugio desde que Susannah entró en sus vidas.

Ese día, su cumpleaños, se sentía inquieta, especial, distinta. Una montaña de emociones la embargaban y era como una noria, cuando alcanzaba la cumbre, era emoción y alegría y luego cuando bajaba, decepción, amargura y tristeza.

Pero lo que más le incomodaba y distraía era el picor de la espalda que llevaba toda la noche martirizándola.

Apenas se acordaba ya de todas las veces que había llevado sus manos a la espalda a aquellas zonas que tanto le picaban. De forma inconsciente, volvió a llevar una mano a los omoplatos donde sintió la piel dura al contacto.

Destino de hada. Edición extendidaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora