Prólogo

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Era una noche tormentosa, cuyo cielo estaba plagado de nubes oscuras amenazantes, descargando toda su ira lluviosa sobre los pobres inocentes que no se habían refugiado todavía en sus hogares. La única luz que había era únicamente cuando se escuchaba el estruendo de los truenos y segundos después aparecían los rayos, solamente en esos breves instantes se podía distinguir a un grupo de cuervos que desafiaban a las fuerzas de la naturaleza, volando con un destino que conocían los pájaros negros. Avanzaron a pesar de la poca clemencia del viento, zarandeándoles, de la lluvia empapando sus alas. Sus ojos ambarinos estaban fijos en un pequeño pueblo al que se dirigían, sin desviarse ni un instante.

El líder de los cuervos giró bruscamente en el momento oportuno y se dirigieron todos juntos hacia el bosque, en los límites del pueblo. Sus alas se movieron con mayor fuerza, en un último esfuerzo sabiendo que faltaba poco.

En cuanto se acercaron a la tierra, se movieron adoptando la perfecta posición para lo que estaban a punto de hacer. La magia empezó a flotar en el ambiente, las plantas se agitaron para luego acto seguido paralizarse todo como si se hubiese parado el tiempo durante unos segundos, en los cuales, los cuervos desaparecieron, formando una densa niebla negra para luego cambiar de forma, tomando su aspecto original de humanos. Pero no humanos exactamente.

Eran otra cosa bien distinta que en aquellos parajes no encajaba en absoluto.

Los cuervos transformados eran en realidad un grupo formado por brujos y hadas, de hecho, por lamias.

Las lamias eran una de las muchas razas dentro de las hadas que se caracterizaban tanto por su aspecto físico como por su magia especial y distinta. Carecían de cejas ya que en su lugar, tenían una hilera de diamantes separados un poco entre sí. Circulaban rumores sobre que esos diamantes les conferían una visión mucho más aguda del mundo. Así mismo, poseían tatuajes que se pintaban en la frente y resto del cuerpo y sus ojos eran de un color azulado casi blanco. Sus alas solían ser de un color negro con puntillas en los bordes.

El tiempo volvió a su curso y la lluvia empapó en cuestión de segundos sus capas negras como la noche. Se ajustaron las capuchas, intentando protegerse, escondiendo su aspecto y ropas extrañas que no tenían nada que ver con aquellas tierras. Murmuraron unas palabras en un idioma desconocido y la magia flotó en el aire, impidiendo que la lluvia siguiera mojándoles y ocultándoles de las miradas indiscretas mientras se dirigían hacia una de las casas.

Esos brujos y lamias pertenecían a Cenystel, la cuna de la magia, un planeta a gran distancia de la Tierra, en otro sistema solar llamado Gethrinen, y por eso debían ocultarse de los mortales, los humanos.

Avanzaron como una sombra invisible entre las casas hasta llegar a su destino, una pequeña casa de ladrillos rojos con uno de los jardines más cuidados y vivos del vecindario, con una única ventana iluminada entre todas las viviendas a oscuras.

Había llegado la hora, su espía así había informado y debían darse prisa. Su presencia no pasaría desapercibida mucho tiempo.

Una parte importante del plan de la Reina consistía en coger el paquete e irse. Daba igual el número de bajas mientras que el paquete llegara a salvo a su destino final. Fallar no era una opción.

Una de las lamias rastreadoras alzó la cabeza y arrugó la nariz al husmear.

—Huele a hadas —dijo despectivamente la lamia al reconocer el distinguible aroma.

Aunque hubiera distintas razas de hadas y vivieran en armonía, existía una gran brecha entre las lamias y el resto de hadas. Ambas partes se despreciaban y desde la Era Oscura, estaban en guerra los brujos contra las hadas. Las lamias se habían aliado con los brujos, enemistándose de forma permanente contra el resto de las hadas. Antes tenían una relación tensa, no solamente por su magia, pero en esos momentos, las lamias eran unas parias incluso en la comunidad de las hadas.

Destino de hada. Edición extendidaRead this story for FREE!