Misión: Peligrosa

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Little Jim

Relato publicado en el libro: Jim, héroe galáctico (2009)

—Su misión, si es que la acepta, será...

—¡Ah!, ¿pero es que puedo no aceptarla? —pregunté yo.

—Usted mismo, tenga en cuenta, eso sí, que de no aceptarla se arriesga a un más que probable justificado despido —aclaró el Gul Goauld.

—Bueno, bueno, no se ponga así, que yo sólo preguntaba.

—Pues déjeme proseguir.

—Adelante.

 —Adelante

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—Gracias. Como iba diciendo, su misión, si es que la acepta —dijo haciendo una especie de pausa dramática y prosiguió— será ir al planeta Earl IV, realizar un intercambio y traer hasta aquí el objeto intercambiado.

—A ver si lo he entendido bien, ¿tengo que ir a un planeta con nombre de señor americano 4, y allí cambiar una cosa por otra y esa cosa traerla aquí?

—Esa sería la idea.

—¿Y qué cosa tengo que traer?

—Pues la cosa que obtenga del fruto del intercambio.

—¿Por qué?

—Porque se lo ordenamos nosotros, bueno yo personalmente, si lo prefiere.

—No, eso ya lo había entendido a la primera, quiero decir que por qué cosa tengo que intercambiar la otra cosa que me darán, el fruto ese.

—Vaya, como usted lo dice, parece aquello de la parte contratante de la primera parte de la cosa de la cosa y realmente es mucho más sencillo.

—A ver, ya veo que lo que tengo que traer no me lo va decir, pero ¿y lo otro?

—Bueno, lo otro es dinero, exactamente unas barrillas de oro pensado latino, digo prensado latino, así que si prefiere llamarlo compra...

—Ah, haber empezado por ahí. Tengo que ir a la frutería de un planeta a comprar un fruto y traerlo.

—Más o menos, lo cual no deja de ser un intercambio: intercambia dinero por una cosa que nos interesa. No creo que sea tan difícil y más para usted que proviene de un planeta donde se practica el obsoleto y arcaico sistema capitalista.

—Eso sí, a ver pues "enséñame la pasta".

—No sé muy bien a qué se refiere, pero como no pienso perder más tiempo intentado que me lo aclare, le voy a dar el dinero, el oro prensado latino, y ya se podrá ir.

—Lo que yo decía.

Entonces, el señor Gul Goauld se levantó y volvió con un maletín y unas esposas, y no me refiero a unas señoras esposas, a unas señoras de esas que están casadas, digo.

—¿Pero qué hace? —le pregunté.

—A ver, voy a darle el maletín con las barrillas de oro.

—¿Y esas esposas? ¿Pero es que me piensa esposar a ese maletín?

—Vaya, cuando le interesa veo que las caza al vuelo.

—Ah, no. No pienso dejarme esposar, y menos a un maletín cargado de oro, qué se ha pensado usted. No ve que entonces, si me quieren quitar el maletín, me cortarán la mano, o el brazo, o la muñeca o alguna otra parte de mi querida anatomía (y no de Grey).

—A ver, si quieren quitarle el maletín con el oro, no cree usted que les sería más fácil cortar esta fina cadenilla que une estos dos arillos que forman las esposillas (que cualquiera lo haría así para no oírle quejarse) o incluso pueden abrir el maletín sacar el oro y llevárselo, ¿es que se piensa usted que se va a encontrar con alguien sólo interesado en este simple maletín, alguien como algún ladrón-cleptómano coleccionista compulsivo de maletines?

—Hombre, visto así... Pero, ¿entonces para qué leches son las esposillas esas?

—Es para su seguridad. Para que no pierda el maletín y nos tengamos que enfadar con usted y entonces sí, tenerle que torturar, cortándole alguna de sus queridas y amadas partes de su anatomía o cosas peores.

—Ah, si es por mi bien... Ya puede poner esas esposas tan ricamente.

—Tengo que comentarle otro detalle. Otro de los motivos por los que pensamos en usted para esta misión, aparte de su sencillez, es que una vez en el planeta Earl IV tendrá que desplazarse en una artilugio terrestre llamado avión o aeroplano.

—Hombre, si es un avión no será muy terrestre.

—Bueno, sí, quiero decir que va por la atmósfera del planeta, aunque no pegado a la superficie terrestre, usted ya me entiende... Uno de esos chismes que debe conocer por sus orígenes geminianos, pues eran bastante utilizados en el planeta Tierra en los siglos XX y XXI, según calendario de allá, obviamente. Vamos, que algo de terrestres tendrán, entendiéndose terrestre como gentilicio, obviamente.

—Obviamente, obviamente.

—Pues eso, que tendrá que ir en avión desde el espacio-puerto del planeta hasta el punto de encuentro.

—Vaya, ¿y por qué no vamos directos al punto ese de encuentro? —pregunté yo.

—Es para despistar y, bueno, porque las autoridades del planeta exigen que así sea, que primero se pase por el espacio-puerto, supongo que para centralizar y llevar un cierto control.

—Será, será.

—En cualquier caso, no queremos enemistarnos con las autoridades de dicho planeta, así que le dejaremos en el espacio-puerto y de allá partirá en avión hasta el lugar del intercambio.

—Clarinete.

—¿Ein?

—No, quería decir claro, claro.

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