"Las Hijas de Selene" Capítulo 1

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Capítulo 1

Encuentros rutinarios envueltos de temores se transforman en relaciones complejas.

Como siempre los platos se habían quedado en la mesa. Como era costumbrey cuando Lia tenía fiesta, después de cenar acababan en la cama... Invariablemente en la cama; y no en ningún otro lugar.

Aquel jueves no iba ser distinto a los encuentros anteriores. Lia no quería que fuera de otra manera, le gustaba esa rutina; y los cambios en el sexo le daban miedo. Sentía un extraño terror a parecer lo que ella no era; y a la vez creía que eso, todo lo que no practicaba, no era hacer el amor. Para ella, el sexo era un acto donde solo se satisfacía el cuerpo. Resumiendo, lo que no practicaba, lo consideraba sucio.

Todo es un misterio, de Francisco Céspedes, sonaba en la habitación. Era una de las canciones preferidas de Lia para hacer el amor. Sentía que la transportaba al corazón de Mario. Las notas musicales acariciaban sus sentidos. La música era testigo de sus encuentros.

Lia se dejaba hacer. Esperaba con calma a que Mario tomara la iniciativa y, como siempre, una vez que habían acabado de cenar,empezaba el ritual que los llevaba al amor y al éxtasis, aunque la mayoría de las veces no sentían eso; pero lo escondían como un secreto inconfesable para que el otro no se diera cuenta. Mario se colocó detrás de ella y, abrazándola, y comenzó a besar su delicado cuello. Retiró la melena negra hacía el otro lado, y mientras la atraía más hacia él y pegaba su cuerpo con el de ella, ascendió con un reguero de suaves besos hasta llegar al lóbulo de su oreja. Sus besos cesaron para susurrarle al oído que la quería.

—Te quiero cielo, mi pedacito de cielo.

Tras esas palabras, Lia suspiró como si hubieran sido los bálsamos que ella continuamente necesitaba. Se giró entre sus brazos y levantó un poco la cabeza para mirar esos ojos marrones color miel que tanto le gustaban.

—Te quiero y te amo —susurró posando sus labios en los de él.

Lia abrazó a Mario y sus bocas se unieron en su suave beso. Sus labios se buscaban para saborearse. Las manos de ella se anclaron en la espalda de él. Mario, en cambio, acariciaba con parsimonia sus hombros, subía y bajaba, por delante y por detrás. Introdujo su lengua en la boca de Lia buscando la suya. La ansiedad se había instalado en él, los juegos de su lengua, se lo hicieron saber a ella. Lia suspiró.

Estaba preparada, su respiración se lo había dicho. Se separó unos centímetros y comenzó a desabotonarlentamente los botones delanteros del vestido de Lia. Cada vez que conseguía uno, y un trozo de su bello cuerpo quedaba descubierto, él depositaba un suave beso en esa zona. Le despojó del vestido. Con mimo, como le gustaba a Lia, le desabrochó el sujetador blanco. Sus hermosos pechos quedaron al aire. Mario tuvo el instinto de besarlos, lamerlos, chuparlos... pero sabía que ella no le dejaría, decía que se sentía sucia haciendo eso. Se limitó a imaginar todo lo que le haría, si ella se lo permitiera, mientras él se desnudaba.

Lia se había tumbado en la cama boca arriba, esperando a que él se acercara. Lo observaba, su cuerpo era perfecto, le encantaba, pero lo que más adoraba era la dulzura que él tenía con ella, a pesar que, de vez en cuando, Mario le insistiera en chupar y lamer zonas de su cuerpo que para ella eran sagradas. Él se recostó a su lado. Volvió a besarla, ya estaba excitado. Sus besos eran pasionales, rápidos y a veces devoradores. Posó sus dedos en el vientre de Lia y descendió haciendo círculos hasta el borde de sus bragas blancas. Sin brusquedad, pero con el calor recorriendo su cuerpo y sus dedos, introdujo su mano bajo su prenda íntima. Tocó su vello púbico. Minutos después, le sacó las bragas. Acarició sus ingles lentamente, de arriba abajo. Se detuvo y fue directo a su clítoris, apartó los labios para tener mejor acceso y poder así excitarla. Con la destreza de la experiencia, tocó se botón que le daría permiso, más tarde, para penetrarla. Con un solo dedo lo movió, primero despacio, y poco a poco aumentó el ritmo. Ella suspiraba. Su respiración se aceleraba con cada toque de Mario. Notaba como a través de sus caricias, el clítoris de Lia empezabaa hincharse; eso lo enloqueció. Deseaba penetrarla, hacerla suya y disfrutar. Solo tenía que esperar a que ella le diera permiso, solo cuando sentía que el orgasmo estaba llegando, entonces, le permitía hacerla suya.

Un grito ahogado entre jadeos, le indicó que ese era el momento. El orgasmo de Lia comenzaba a inundar su cuerpo. El miembro de Mario estaba preparado, él no necesitaba mucha estimulación para tenerlo erecto. Abrió las piernas de Lia, ella no cesaba de jadear, quería más y él se lo iba a dar, lo ansiaba, la deseaba y, sin más, la penetró. Lia se retorcía de placer, jadeando y gritando.

Mario la agarró de las caderas para penetrarla mejor. Comenzó a moverse despacio sintiendo su calor y a la vez su estrechez. Le volvía loco sentir como su vagina apretaba su miembro. La excitación iba en aumento. Aceleró el movimiento. Empujaba cada vez más rápido y más fuerte. La respiración se entrecortaba y sus jadeos junto con los de Lia, envolvían la habitación.

Mario sabía controlarse y le gustaba alargar ese excitante momento. Bajó el ritmo y paró. Aun con el miembro dentro de Lia, colocó las piernas en sus hombros, las acariciaba y volvía moverse; primero despacio para, como siempre, ir subiendo el ritmo. Él aguantaba, disfrutaba y ella, en apariencia, también. Se sintió satisfecho y saciado por esa noche y, con un grito, llegó al orgasmo. Salió despacio, y se tumbó a su lado. Acarició el rostro de Lia y la besó en los labios suavemente.

—Te quiero —le susurró mientras la acariciaba.

Ella lo miraba con amor, pero un con una chispa de duda en sus ojos. Llevaban ya un año juntos y ella comenzaba a dudar de su verdadero amor. Tenía miedo de que sus negativas a experimentar otros juegos en la cama hicieran que la chispa del amor se esfumara.

Lo observaba con deleite. Estaba totalmente enamorada de él. Le fascinaban sus mechones negros que, al llevar el pelo un poco largo, se ondulaban. Tenía un aire seductor que hacía que muchas miradas femeninas le siguieran. Era más alto que ella, le sacaba una cabeza. Su piel en verano se bronceaba con facilidad, era una delicia para la vista; como lo era, contemplar su cuerpo. Su complexión atlética y sus marcados músculos invitaban a soñar. Su cara angulosa encajaba a la perfección con su pelo, con su boca grande y con sus vivos ojos color miel. El resultado era un aspecto sexy, que contrastaba con la dulzura que solo derrochaba con Lia. Nadie, ni en su familia, conocía esa tierna faceta.

Se acariciaban y, entre tanto, el sueño se los llevó.

Una pesadilla despertó a Lia. Un mal sueño con forma de mujer que le robaba el amor de su Mario. Se giró, él dormía plácidamente. Lo contempló y una retahíla de pensamientos pulularon por su mente como lo hacen las polillas alrededor de la luz: «¡Ohhhh... Dios, qué guapo es! ¿Yo me merezco a un hombre así? ¿Por qué alguiencomo él está conmigo si no consigo satisfacerle en la cama? Dios mío, ¿qué hago? ¡Tantas mujeres lo desean...!».

Se levantó y tras beber un vaso de leche fría, volvió a la cama.

Cada persona tiene una rueda invisible que se mueve a medida que nosotros tomamos determinadas decisiones. Nuestras acciones marcan el ritmo de la rueda de nuestra vida. La de Lia comenzaba a disminuir su movimiento, los miedos y las inseguridades contenían su ritmo. La de Mario rodaba, para él todo andaba bien; aunque en el terreno sexual tuviera un suspenso.

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