Lo mejor será que no esté cerca de ti o podría lastimarte. Me cuesta controlar mis impulsos en este estado. En respuesta a tu pregunta, sí, estoy lejos. Lo suficiente como para mantenerte a salvo.

—¿Por qué cambiaste de forma? No lo entiendo, pensé que no volverías a hacerlo.

Porque el sentimiento que lo provocó ha resurgido. Traté de controlarlo, de veras. Con todo mi ser.

—¿Sentimiento? ¿Cuál?

El odio.

—Te creo incapaz de odiar.

Y, sin embargo, lo hago. El odio forma parte de mí. Lo vi todo frente a mí, Jo, como si el tiempo hubiera vuelto atrás. Vi a mi amada, tú, siendo apuñalada y muriendo frente a mis ojos. No podía permitirlo. No de nuevo. Lamento haberte asustado. No volveré a hacerlo nunca.

Se hizo un gran silencio en la habitación. Jo estaba llorando. Sentía que un enorme vacío crecía en su interior. Sentía que lo estaba perdiendo.

—¡Por favor no te vayas! —musitó—. ¡No me dejes sola!

Tranquila Jo. No iré a ninguna parte. Simplemente mantendré una distancia prudente, como lo hacía antes de conocerte. No me atrevería a dejarte desprotegida.

—¿Si no te has ido por qué me siento vacía? ¿Por qué siento que me han arrancado un pedazo?

Porque Dante ha desaparecido.

—No comprendo. ¿Entonces, quién eres tú?

Malkier.

—¿Mal... kier?

Lo siento, Jo. No volverás a verme; no mientras esté así y pueda causarte miedo; no, mientras el Dante permanezca imposibilitado de mantener el control de este cuerpo. Es verdad, solíamos ser uno; pero ahora es el mal quien tiene el dominio. Malkier es la oscuridad en el corazón de Dante. El Mal.

—No...

Evan ya está aquí. Adiós.

—Hola, Jo, ¿estás lista para irnos? —Su primo entró al departamento, con su habitual desfachatez, y se tiró en el sofá a ver la tele mientras esperaba.

—Ya voy —contestó ella, tratando de cambiar la cara. No quería que él la viera en ese estado tan desastroso. Quizás, cambiar de ambiente le vendría bien. Estaba segura de que Evan le levantaría el ánimo. Siempre era así.

Recogió su bolso, se arregló un poco y estuvo lista para marcharse.

Ni prestó atención a las cosas que él le dijo durante el viaje. Tenía la mente en otra parte. Estaba totalmente ida. Miraba por la ventanilla pero no veía nada.

—¡Jo! —Evan le sacudió el hombro y ella volvió a la tierra de los mortales—. Ya llegamos a la casa de tu madre. ¿Qué te pasa? Has estado así desde hace rato.

—Yo... —Trató de disimular, para que no se preocupara—. Nada, estoy bien.

—¿Segura? Porque te ves fatal. ¿Qué te pasó anoche?

—Nada que un domingo familiar no cure. Hablando de anoche, ¿cómo te fue con Violeta?

—Mmmm... supongo que bastante bien. Nunca creí que me fuera a simpatizar. Eso de dejarnos solos, ¿por casualidad, fue una idea tuya?

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!