Nos sentaron junto a un grupo de seis o siete tíos que parecían estar celebrando el cumpleaños de uno de ellos, y al otro lado lado había una mesa de cuatro personas, dos chicos y dos chicas, que discutían sobre la última adaptación al cine de un conocido cómic.

—¿Qué vas a pedir? —le pregunté a Dorian, una vez nos tomaron nota de las bebidas y nos dieron las cartas del restaurante.

No había demasiado donde elegir. Sólo ofrecían como diez o doce tipos de pizza, y ninguna especialmente original, con excepción tal vez de las tres vegetarianas.

—¿Sólo hay pizza? —me preguntó Dorian.

—Es una pizzería.

—Hay pizzerías en las que tienen pasta, hamburguesas o bocadillos.

Yo me encogí de hombros y le sonreí, esperando a que se decidiera.

Me gustaría decir que durante esa cena hablamos mucho, nos conocimos mejor y llegamos a ser algo parecido a amigos, pero la verdad es que nuestras conversaciones se limitaron más bien a la comida y a los temas típicos de los que hablas con alguien a quien no conoces demasiado bien. No fue incómodo; no como nuestras primeras conversaciones, al menos, pero Dorian era demasiado cerrado como para que el hecho de salir a cenar juntos supusiera algún avance importante en nuestra amistad.

Después de la pizzería propuse ir a tomar algo a uno de los muchos pubs que quedaban cerca, pero el gesto de Dorian al aceptar me dejó claro que no era la ilusión de su vida. No le forcé a acompañarme.

—No te gusta mucho salir, ¿no? —le pregunté, mientras caminábamos de vuelta al piso una vez desechada la idea.

Dorian se cerró la chaqueta para intentar protegerse un poco del frío y negó con la cabeza.

—No mucho.

—¿Por qué?

Le vi disimular un suspiro y meter las manos en los bolsillos de su chaqueta, como si estuviera demasiado acostumbrado a responder a esa pregunta.

—Porque no. No sé. La gente, el ruido... —se encogió de hombros.

—Te entiendo, yo a veces soy igual.

Dorian asintió y se fijó en el final de la calle, donde una chica había decidido subirse a bailar encima de un banco, indiscutiblemente borracha.

—Y por eso —añadió—. No soporto las tonterías de la gente cuando bebe.

No pude evitar reírme ante aquello mientras cruzábamos la carretera hacia el lado de la calle donde estaba nuestro portal.

—Pero si eso es lo mejor.

—Es que yo tengo demasiada vergüenza ajena —me aseguró—. Lo paso mal viéndolos. En serio, no te rías —me advirtió, cuando dejé escapar una nueva carcajada—. Tengo mucho sentido del ridículo.

—Eres demasiado serio.

—Puede.


Subimos a casa mientras discutíamos los pros y los contras de la vida nocturna, el alcohol y la fiesta. No es que yo fuera lo más animado del mundo, pero de vez en cuando me gustaba salir con mis amigos a pasar un buen rato y olvidarme de todo. A Dorian no. Él prefería los planes más tranquilos, como lo que habíamos hecho de salir a cenar, y terminar la noche de forma relajada, bien fuera en el cine o en casa de alguien charlando y jugando videojuegos o a juegos de mesa. Aquello tampoco sonaba mal, tengo que reconocerlo. Aunque yo siempre he sido una persona muy adaptable.

—¿Quieres que veamos una película o algo? —la propuse, cuando estuvimos arriba. Dorian terminó de cerrar la puerta con llave, ya que no íbamos a volver a salir hasta el día siguiente, y se giró hacia mí.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora