Enero, 2016 (III)

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Me desperté, y supe sin lugar a dudas que Dorian también acababa de hacerlo. Incluso yo, que gracias a mi habilidad tenía cierta inmunidad a la hora de verme afectado por pesadillas como aquella, me sentí un poco inquieto cuando me vi a oscuras en mi cama. Notaba un ligero hormigueo causado por el miedo en brazos y piernas, y me latía el corazón a mil por hora. Había sido un gran final, de eso no cabía duda.

No quería ni pensar en cómo estaría Dorian.

No podía decirle nada al respecto. Sabía que cualquier muestra de preocupación sería, cuanto menos, rara, así que los días siguientes hice como que no había pasado nada.

La verdad es que me costó horrores ser capaz de entrar en esa pesadilla. No sé si porque Dorian pasaba gran parte de la noche despierto y nuestros horarios de sueño no coincidían, o porque no teníamos una relación demasiado cercana, o... por cualquier cosa, pero estuve varios días intentando introducirme en alguno de sus sueños. Cuando al fin lo conseguí, tengo que admitir que se me quitaron las ganas de volver a hacerlo, por lo que no volví a intentarlo en un tiempo.

Se me dio bastante bien fingir normalidad, para qué mentir. Su pesadilla, sobre todo el final, había sido de lo más inquietante y me preocupaba que Dorian soñara esas cosas, pero él no me había dicho nunca nada al respecto así que se suponía que yo no podía saberlo. Tenía que disimular, y lo hice.

Lo que más me costaba era mirarle y no ver en él a ese chico pálido y aterrorizado que sujetaba el rifle sin intención de utilizarlo. Era encontrarme con sus ojos y recordar lo mal que lo había pasado, cómo había corrido desesperado para intentar escapar de aquellos seres. Esa imagen contrastaba demasiado con la del tío tranquilo y desganado que se dejaba caer en el sofá y nos escuchaba a Emily y a mí hablar de nuestro día a día sin apenas intervenir.


Hubo un viernes en que Emily se fue a dormir a casa de Thomas, y Dorian y yo nos quedamos solos en el piso. En un principio yo iba a salir con mis amigos de la universidad, pero todos se fueron descolgando en el último momento. Dorian, por su parte, había quedado con Isabelle para hablar por Skype, pero cuando llegó la hora resulta que la chica lo canceló porque estaba hablando por teléfono con su novia. Vaya, que nos habían dado plantón a los dos.

Bromeamos sobre eso durante un rato, tirados en los sofás mientras nos quejábamos y odiábamos nuestra vida. Creo que fue idea mía, aunque no estoy seguro del todo, porque me parece que surgió de algo que dijo Dorian; da igual, lo importante es que al final terminamos decidiendo salir los dos juntos a hacer algo para asimilar un poco mejor esa sensación de abandono.

Dorian se puso sus mejores vaqueros, cambió sus habituales sudaderas por un jersey y se puso un gorro para aplastarse el pelo. Yo aproveché que ya me había arreglado para salir y me fui tal cual: vaqueros ajustados, camisa y chaqueta de cuero.

Había estado lloviendo gran parte del día y la humedad de la calle hacía que el frío se colara bajo la ropa y calara hasta los huesos, por lo que una vez fuera de casa decidimos buscar dónde ir rápidamente.

Al final, nos decidimos por una pizzería bastante barata que había cerca de donde vivíamos. Teníamos la suerte de vivir en plena zona universitaria, lo que hacía que en varias calles a nuestro alrededor hubiera gran cantidad de establecimientos donde elegir con precios bastante interesantes.

La pizzería a la que fuimos era un negocio familiar; pequeño, barato y abarrotado de estudiantes que, como nosotros, buscaban distraerse un rato sin pensar en planes demasiado elaborados.

Que sólo fuéramos dos ayudó a que no tuviéramos que esperar demasiado para que nos dieran una mesa, ya que podían acoplarnos en cualquier hueco que quedara libre.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora