Una mano en la oscuridad

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Aquí va otra sobre Jade y Cassandra. Aquí veremos a una Jade más "aniñada", más inocente, herida y rota que la imgen habitual que se tiene de ella.

He aprendido un poco más de historia, para ambientar un poco el pasado de Cassandra en su país natal respecto a las reglas de Vampiro... (aunque se haya demostrado poco en lo que he escrito hasta ahora, pues no me gusta mucho entrar en detalles que puedan ser erróneos, así que lo he dejado un poco sin fecha y lugar en el tiempo... pero me reservaré para un capítulo extra sobre la niñez de Cassandra u otro detalle). El nombre del Barco de Cassie se lo puso Aradia y significa "Estrella Fugaz" ^.^ Por cierto ni caso a mi italiano pésimo ayudado por traductor xD

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Una Mano en la Oscuridad

Empezó a llover aquella noche, de madrugada, como si las lágrimas del cielo quisieran borrar las de las mejillas de la joven acurrucada entre las basuras y las negras ratas de aquella calleja oscura. Lo que acababa de vivir era algo inimaginable, impensable; no, no podía ser. Su sire no podía haber muerto. El fuego que estaba terminando de consumir la casa que había compartido con él estos años no podía habérselo tragado también a él. Sus hermanas Zafiro y Esmeralda quizás hubieran salvado su pellejo, o quizás habían sido pasto de las llamas o las sombras… De todas maneras tampoco le importaba mucho saberlo…

—Alejandro… —musitó.

Alejandro… aquel que le había dado su nombre, al que ella le había dado todo su amor. Recordaba, mientras se clavaba las uñas en las manos, su sonrisa, su poesía… y también la forma en que no le había enseñado nada más de su nueva naturaleza, nada de utilidad. Se miró las manos con sendas marcas de sus propias uñas—una de ellas también estaba chamuscada por el fuego—, y luego dirigió la vista hacia el cielo, sus lágrimas de sangre diluyéndose y dando un toque aún más siniestro a su hermoso rostro de ojos verdes. Más que nada, deseaba la verdadera muerte, aunque no sabía a ciencia cierta qué había tras ello.

—Mi amor… —se dijo mientras intentaba incorporarse; empezaba a sentir una punzada de hambre. Su elegante vestido verde ahora eran solamente harapos, las ballenas de su hermoso corsé asomaban por las costuras rasgadas y quemadas, su largísimo cabello caía desgreñado como a una pordiosera—. ¿Por qué nos ha pasado esto? ¿Qué es lo que no me habías dicho…?

Ya en pie, mientras intentaba ordenar sus pensamientos, dirigió una distraída mirada al final del callejón, que daba a una intrincada callejuela de la ciudad. Había alguien cruzado de brazos, esperándola.

—Maldición —se dijo—. Ahora vienen por mí… ¿Por qué? ¿Qué es lo que les hemos hecho para que marcharan tras nosotros?

Se dispuso a huir cuando las sombras, las mismas que ella había usado para asustar a sus víctimas y divertirse tiempo atrás, la agarraron por los tobillos y seguidamente se enroscaron por todo su cuerpo, inmovilizándola totalmente. La persona que se acercaba a ella desde el final de la calleja era claramente uno de la Estirpe, pero por su andar parecía que no tenía intención de hacerle daño, es más, cuando se acercó más pudo comprobar que tras el sombrero y el abrigo de fino paño había una hermosa mujer de piel color marfil y brillantes tirabuzones dorados que enmarcaban un rostro de ojos color amatista.

—¿Quién sois? —se aventuró a preguntar la prisionera de las sombras.

—Cassandra —respondió la mujer, que tenía una agradable voz, pero con un tinte extraño—. Tranquila, no te haré daño. Tú debes ser una de las chiquillas de Alejandro, ¿verdad? La de Ojos de Jade. Mmm… perfecto, me serás útil.

—¡¿Útil para qué?! —preguntó Jade, asustada. Todavía recordaba lo que había ocurrido horas antes.

—No conozco demasiado bien la ciudad —se limitó a decir—. Mi barco está en el puerto, y pronto se hará de día. —Con un gesto de la mano la mujer aflojó las sombras y dio la espalda a la joven, oteando al final de callejón.

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