El pacto / Río abajo

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Junio y yo nos íbamos para nunca más volver. Aquella despedida tenía mucho más de última cercanía que posibilidades de regreso. Jorge y yo veníamos arrastrando resacas de burocracia argentina: horas de espera, coimas para entregarnos mi pasaporte, viajes a Buenos Aires y una densa sensación de impotencia que se disipaba esa mañana minutos antes de abordar mi vuelo. Argentina me expulsaba de su jurisdicción con una patada en el culo después de despojarme de casi todo. El motivo para llorar era ver a Jorge frente a mí por última vez, había que quemar las naves y yo juré no volver jamás a pisar aquel suelo austral. Habíamos viajado toda la noche desde una Mar del Plata congelada, llegamos a Retiro y para hacer tiempo nos tomamos un cafecito en la terminal. No recuerdo de qué hablamos. Tal vez lo importante ya estaba más que sabido y pactado entre nosotros y solo quedaba conversar de trivialidades para hacer menos tensa la espera. Aún no amanecía y fuimos en busca de las combis que llevan a Ezeiza. Esos movimientos siempre se recuerdan en cámara lenta por ser umbral de grandes momentos. Con el sol levantando la helada estábamos en el aeropuerto y repetimos el ritual del café. Yo miraba la hora y verificaba mi documentación en evidente señal de ansiedad. Llegado el momento le dije a Jorge que se quedara allí sentado frente a su café, que mejor yo me iba como quien no quiere la cosa para hacer más fácil la despedida. Tampoco recuerdo si hubo abrazo o palabras, sólo me acuerdo de la luz de la mañana entrando por los ventanales, la gente alrededor ajena y en sus vidas, las dos tacitas de café, la campera negra de Jorge y mis pasos sin mirar atrás.

Era mi segundo nacimiento y esa segunda vida me la dio mi papá. Desde hacía varios años yo andaba perdida en un entorno hostil y no era mi culpa no crecer, ¿cuántas posibilidades tiene una planta de florecer en el desierto? Lo peor fue buscar refugio en un garage sin ventanas y con ratas que según el clima y su ánimo pasaban a cagar mi cama. Y de ese hoyo me sacó Jorge llevándome a vivir con él. Compartíamos un pequeño departamento en el centro de Mar del Plata, dormíamos en el mismo ambiente y él cocinaba pizza, ñoquis, pollo y me traía facturas para el mate. Nos reíamos mucho, nos queríamos más de lo que demostrábamos. Y en esas charlas de sobremesa surgió el pacto, mientras un triángulo de sol se deslizaba por el piso y leíamos los suplementos del Clarín del domingo. Acordamos que si alguno de los dos estiraba la pata, el que se quedara no iba a viajar a despedir al otro, argumentamos que no era práctico, que era gastar dinero sin razón. "¿Para qué gastar guita si uno ya cagó fuego?"-dijo antes de lanzar un carcajada y contagiármela. Le dí la razón y sellamos el pacto con más risas como era nuestra costumbre. Le dije que cuando él se fuera lo íbamos a despedir como hacían algunas tribus que ponían a sus mayores en una canoa y lo enviaban río abajo con un poco de comida. Jorge se rió con más fuerza y yo también. Él agregó a mi historia que se llevaría una botella de vino y un salamín y que cuando lo encontraran hecho momia verían que aun estaba sosteniendo el salamín con su mano. Nos reímos hasta las lágrimas porque el salamín llevó a otros divagues y así se nos fue la tarde.

Siete años después se cumplió el pacto y mis lágrimas caen y se van, engrosando el cauce y acompañando a Jorge río abajo. 

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