Deshumanizados

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Estamos sentados frente a frente, cada quien con el alma puesta en sus dispositivos móviles. El silencio del ambiente, las pequeñas lucecitas del teléfono iluminando nuestras caras ausentes, hablando con uno o más extraños en lugar de comernos a besos. Como le pasa a muchas parejas nos da más terror extraviar el celular que perder un amor. De vez en cuando una risita y un comentario ligero acerca de un meme o un post y yo que te contesto sin ganas, te miro y recuerdo los primeros meses en que éramos felices. 

El amor tiene un desgaste inevitable y una lista interminable de motivos que podrían matarlo sin piedad. Amar es tener miedo de perder. Es no bajar la guardia y pulirse uno mismo para evitar que otra persona más interesante nos quite lo ganado en buena ley y nos deje en soledad. 

Te miro y no entiendo qué nos pasó. Me hiere tu indiferencia y trato de hablarte como aconsejan las terapeutas en los programas de la mañana y mi abuela con su tierno consejo. Intento comunicarme para exponer el problema y buscar soluciones de a dos. Nunca pude llegar a vos, siempre pusiste un muro que se derrumbó sobre mí. Y yo que cargo con mala fama te doy la coartada perfecta para escapar de toda responsabilidad en esta historia.

Llevo tantos meses en esta lotería de estados de ánimo que ya no sé lo que siento. Somos como un chicle que pisamos al caminar: es tan molesto que no deja avanzar y hacemos lo imposible por quitarlo de nuestro zapato y aunque arrastremos el pie con fuerza en las baldosas desparejas, siempre queda algo de pegajoso y sucio, igual que mi alma que empieza a oler a podrido.

Y en el medio de esa inestabilidad descubro tus mentiras y la confianza se rompe para siempre. Miles de recuerdos y situaciones aparecen en mi mente. No hay vuelta atrás, no puedo volver a creer en tu palabra porque me acuerdo de los gestos completos de tu cara al mentir mirándome a los ojos. Duele tu traición y más mi ingenuidad. Y aquí estoy, en tu casa, presa de mis pensamientos y conjeturas, volviéndome loca dentro de mi cabeza porque si hablo o levanto la voz se te hace muy fácil juzgarme.

Pienso soluciones, como siempre, en solitario. Me siento víctima y pierdo mi dignidad lamentándome por lo que no es, por lo que no sentís. Te observo frente a mí, tan cerca y tan lejos, tan dentro de tus intereses virtuales y pienso en formas de matarte o arruinarte la vida.

Me doy cuenta que esto ya se nos fue de las manos y es una relación enferma de la que no podemos escapar. Si supieras todas las formas de matarte que pasan por mi mente te asustarías. No creerías de lo que es capaz la imaginación cuando se junta con la rabia, la frustración, la humillación y el desamor. Si pudieras leer mi mente no me estarías sonriendo de lado con esa risita idiota tratando de convencerme que ese video de YouTube es gracioso.

Se acabó mi amor cuando se acabó el tuyo. Ahora quiero justicia, si es que en el amor cabe ese término. Ahora quiero que me veas a los ojos y pagues por cada minuto y cada lágrima que te dediqué. Quiero que recuerdes tu expresión de fastidio, tu semblante inconmovible ante mi desesperación, tu sonrisa socarrona mientras yo lloraba por vos. Quiero que sufras con una muerte lenta y consciente con suficiente tiempo para repasar cada capítulo de nuestra historia. Quiero que lo último que vean tus ojos sea mi cara de cuenta saldada. Quiero que sientas como estás muriendo con cada segundo que pasa sin poder aferrarte a nada porque la suerte está echada y es cuestión de minutos que te vayas para el otro lado. Quiero que te conviertas en nada. 

El pacto / Río abajoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora