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Tenues rayos de sol iluminan nuestro día, unos que son lo suficientemente potentes como para encandilarme cuando elevo la mirada hacia el cielo; alzo una de mis manos y la poso por sobre ellos para protegerles y de paso darles plena libertad de escrutar la magnificencia y simpleza de la máquina que posee rastros de óxido en el material metálico que la compone.

Siento la necesidad de escalarla y luego lanzarme sin ningún tipo de equipo de protección ni cuerdas que me atajen, sin embargo, suprimo ese extraño deseo porque es más fuerte mi cobardía.

¿Bungee?

No es lo mío, definitivamente.

Mi convicción es reafirmada por el grito estridente que liberó la joven que se había lanzado hace unos instantes y que aún no dejaba de revotar en el aire.

—No subiré a eso.

—Que aguafiestas.

—¿Ah, sí?, ¿acaso yo te pedí que me trajeras? —contrapongo.

Niega con la cabeza y ríe. Ese sonido causa un leve cosquilleo en mi vientre, uno que empieza a alborotarme los nervios así que pongo todo mi empeño en restarle importancia.

—Te aseguro que este es el mejor remedio para olvidar las amarguras. —Guiña en mi dirección y sonríe.

No sé qué tendrá esa sonrisa pero definitivamente sólo una es suficiente para hacerme olvidar todo, sin necesidad de recurrir a distracciones forzadas. Aunque esa es una verdad que jamás le sería dicha, al menos por mí puesto que no alimentaré el ego que se le escapa por cada poro.

Al despertar esta mañana, justamente, había pensado en normalizar mis días. Aquellos que se habían vuelto indeseables e insoportables desde esa noche, desde ese infernal suceso que se incrustó en mis pensamientos y me abruma constantemente, y, aunque ya han pasado dos semanas, me es imposible deshacerme aquel recuerdo doloroso.

Mi ánimo corría a metros delante de mí y yo sin poder alcanzarlo, en cambio la amargura no desaprovechó la oportunidad para adherirse a mi semblante, disfrazando mis tristezas. Y fue por ese motivo y por todo. Por un lado Alan, con quién no he cruzado palabra, ni discusiones, nos hallamos en una pretensión mutua por ignorarnos desde aquella vez lo cual me ha envuelto en temor, temor a que él recobrara recuerdos, o a que se cansara, o a que perdiera interés en mí, temor a perderlo a él mismo, el único chico se ha atrevido a aventurarse por mí, sin embargo, agradezco que inconscientemente me diese este espacio, este preciado tiempo alejados, porque, por más que lo intento, no he podido destruir el infausto recuerdo de un desorientado Alan en un estado deplorable desbaratando mi confianza en él, trizando una parte de mí.

Por otro lado estaban mis padres y la culpa, por preocupar a mi familia en demasía, por hacerle perder los estribos a mi papá, por causarle una descompensación a mamá, por asustar a Ian, y es que el instante en que llegué a casa se había convertido en otra memoria que se dedicó a atormentarme y recordarme la infructuosidad de mi existencia. La cachetada de papá que aún duele, el rostro lloroso de mi hermano y la comprensión excesiva de mi madre me hundían más en un hoyo oscuro y profundo.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora