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La película terminó y sus acompañantes humanos salieron a buscarla.

—¡Te perdiste un final increíble! —exclamó su amiga.

—No me digas —respondió la joven rubia con sarcasmo.

—Resulta que la rubia era un hombre disfrazado de mujer.

—¿Cómo me perdí de eso?

—Perdona por obligarte a verla, pero es que ¡tenía tan buenas críticas! —profirió Violeta. Después le susurró—. ¿Viste cómo se me acercó Evan? Creo que me voy a desmayar. —Se abanicó con la mano—. Lo tenía a dos centímetros.

—¿Él a ti? Pensé que había sido al revés.

—Sé lo que debes estar pensando. ¡El mundo está de cabeza! —Rió.

—Sí, de cabeza.

—¿Jo, con quién hablabas? ¿Con tu demoníaco ángel guardián?

La chica puso cara de ¿y con quién más iba a estar hablando, si ustedes me ignoraron todo el tiempo? Pero no dijo nada. Solo asintió. Por lo general, ellas siempre comentaban cosas mientras disfrutaban del cine.

—Oigan, ¿qué tal si vamos por un helado a lo de Sam? Hace tiempo que no lo veo. Debe estar preguntándose si todavía estoy vivo —les dijo Evan, cuando salió del baño—. Le prometí que iría a verlo hace un mes, y todavía no fui.

—Por mí está bien. Todavía no tengo ganas de volver a casa, y me hace falta un poco de azúcar en mi sistema. ¿Y tú, Jo?

—Yo... —Y pensó que podría hacer una buena obra caritativa, dejándolos solos—. Mejor vuelvo a casa. Vayan ustedes a lo de Sam. Me duele un poco la cabeza. ¿Me llevas, Evan?

Él la miró con cara de preocupación.

—Bueno, si eso es lo que quieres... —Movió negativamente la cabeza, presa del pánico.

Pero ella lo ignoró.

—Gracias. —Jo le hizo un guiño a su amiga, quien le agradeció con un gesto. Después de todo, era un sábado de chicas. ¿Por qué los hombres debían salirse siempre con la suya?

El muchacho dejó a Joanna en la puerta del edificio y se fue con Violeta a tomar un helado.

—Viole, espero que no metas la pata. ¡A ver si nos libramos de Verónica de una buena vez! —dijo, viendo al auto mientras se alejaba.

Abrió la puerta y, antes de entrar, un sonido capturó su atención. Escuchó que alguien se quejó en el callejón que estaba a uno de los lados del edificio. No sabía si asomarse o no, así que le preguntó a Dante qué debería hacer. Podría tratarse de algo peligroso.

Yo no iría, pero estoy seguro de que tú sí.

—¿Qué significa eso?

Averígualo, si quieres.

Joanna caminó hasta el callejón y descubrió que Chris estaba recostado contra la pared, con una botella vacía en la mano y en un estado deplorable. Si no hubiera reconocido, hubiese jurado que era un vagabundo.

—¡Chris! —gritó, asustada.

Él la miró, como si no la hubiese reconocido. Luchaba por mantener la cabeza en alto.

—¿Qué diablos hiciste? —Se arrodilló junto a él.

—Jo... —Le acarició el rostro—. Eres tú.

Trató de levantarlo, pero pesaba una tonelada.

—Ponte de pie, para que pueda llevarte a tu casa. No puedes quedarte tirado en la calle. Vamos, Chris.

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!