1. Los Ángeles no Deben Llorar

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Alex corría bajo la regia tormenta alejándose de los cuerpos sin vida de los caza recompensas sabiendo que la Milicia no tardaría en enviar refuerzos. Apoyándose en los árboles cada cierto tiempo tomaba respiros apresurados; las pesadas gotas se clavaban en su piel y el frío mermaba hasta sus adoloridos huesos. La breve satisfacción de la victoria de esta noche era opacada por el ominoso futuro de las consecuencias.

No había tenido otra opción más que matarlos — se habían acercado demasiado a sus hijos. Tendrían que empezar a huir de nuevo.

No siempre había sido así para él. Antes de la muerte de su esposa, se había considerado un hombre realmente afortunado — elegido dirían algunos. Cargando contra los exasperantes tabúes de su sociedad, Alex y Nelly habían sido realmente felices por diez años. Su esposa le había dado todo en este mundo — todo. Principalmente, le había dado a sus hijos, sus dos mayores bendiciones. Sin embargo también le había traído todos sus problemas con ese afamado poder tan codiciado. Esa maldita fama fue la que desató la cadena de tragedias.

Alex hubiera dado lo que fuera para regresar a los días cuando aún se sentía completo.

Entre los truenos y el concierto de las gotas sobre los árboles, pudo escuchar un llanto a lo lejos. La imagen del pequeño en brazos de su hija renovó sus fuerzas y a paso doble cruzó el campo hasta estar frente a la puerta de la vieja cabaña de madera. Entrando se encontró con la aterrada cara de Elena, quien sostenía un leño con el que planeaba atacar al intruso. Al reconocerlo, la pequeña estalló en llanto y tirando la madera a un lado corrió a abrazarlo. Fue demasiado para Alex, quien soltó también su alma en lágrimas.

"Ya preciosa, papá está aquí," le dijo levantándola en sus brazos y besando su cabeza.

"Papá no nos dejes otra vez," le suplicó entre sollozos la pequeña. Elena, a sus nueve años, se había encontrado sola y cuidando a su hermano bebé con más frecuencia en las últimas semanas.

"Lo siento princesa," le respondió sin poder prometerle nada y odiándose por eso. La cargó en una mano y caminó hacia la chimenea donde unos tristes pedazos carbonizados de leña apenas escupían hilos de humo y sintió de nuevo el aguijón de la culpa al pensar que sus hijos habían pasado frío en su ausencia. Tomó un par de leños en su mano y mirándolos por un segundo ambos empezaron repentinamente a arder en llamas. Los lanzó a la hoguera y caminó hacia la habitación de donde venía el llanto de su hijo. El pequeño, apenas un bebé de meses, estaba sobre una vieja cama, cubierto en varios mantos con solo su rostro afuera. Los ángeles no deberían llorar, pensó Alex.

"¿Ha comido tu hermano?"

"Un poco," contestó la chiquilla entre sollozos.

"¿Y tú? ¿Comiste algo?"

Elena asintió con la cabeza y abrazó el cuello de su padre. Alex la apretó fuerte contra su cuerpo y se sentó en la cama para acariciar la cabeza de su hijo. Poco a poco, el llanto cesó, y Ricky dormía tranquilamente.

De repente Elena soltó el abrazo al notar las oscuras manchas en su camisa. "¡Papá estás herido!" dijo en un susurro lleno de preocupación.

"Solo rasguños, hija. Nada de qué preocuparse" le aseguró reanudando el abrazo, aunque la verdad era que no recordaba haber estado tan herido en su vida. Su cuerpo era testimonio de que la despiadada batalla había sido a vida o muerte. Siempre estaba la opción de ir al hospital del pueblo... pero era demasiado riesgoso.

Alex bostezó, y notó que Elena también empezaba a cerrar sus llorosos ojos. Le dolía pensar que su hija había estado en desvelos estas noches esperándolo sin saber si iba a regresar. Ahora que estaba ya con ellos podía sentir cómo su cuerpo se rendía ante la fatiga. Recostó su cabeza en la pared, aún con Elena en sus brazos.

Ricky Falcó: Una Historia de Elemencia¡Lee esta historia GRATIS!