La cena había sido expléndida. Una emotiva comida en las orillas del río, bajo la tenue luz de las velas y el romanticismo de la luna. Entre charlas y risas, las manos bajo la mesa habían cobrado vida y de apoco crecía la llama de la pasión entre la pareja. Terminada la velada, entre sonrisas caminaron entre la arena húmeda y salieron de la playa. Al llegar al hotel, a solo unos cien metros del mar, entraron a la habitación, un tanto tambaleantes por el vino.

En realidad, solo él estaba afectado por la bebida, ya que la bella dama que lo acompañaba tenía todo fríamente calculado.

Depositó la botella de vino francés, ''Elixir d'Amour'', en una delicada cesta de mimbre sobre la cómoda y por el reflejo que le devolvía el  espejo vio a su amante acomodándose en la cama, entre las finas sábanas de seda negra. Cada detalle del cuarto había sido escogido por ella, las paredes con empapelado negro, al igual que los muebles, pero solo el hermoso candelabro que colgaba sobre sus cabezas era de color.

Un fuerte color rojo como la sangre.

Con una última mirada seductora se dirigió al baño. Se quitó el vestido de lino que llevaba y cuando estuvo completamente desnuda, tomó del perchero un camisón con encaje y una liga, ambos negros. Caminó hasta el espejo de cuerpo completo y retocó sus rizos rojos. Sus labios no necesitaban maquillaje, eran perfectamente rojizos sin necesidad de pintarlos. Abrió la puerta y se sitúo en el marco de esta, deslizando su mano por la tela aterciopelada de su vestimenta mientras miraba a su hombre, debajo de la sábana. 

—Te ves hermosa —dijo él mientras se acercaba y se recostaba a su lado. Cubrió sus curvas con una intensa mirada y la besó con pasión.

Pronto los besos y suaves caricias pasaron a ser un intento desesperado por estar dentro del otro. La lujuría venció sobre la cordura cuando, llevados por el momento, olvidaron la seguridad de que no habría consecuencias a largo plazo para su noche de placer.

Pero a ella no le importaba, sabía que sería su última noche.

Las sábanas habían ido a para al suelo. Ambos llegaron al paraíso al mismo tiempo y se derrumbaron juntos. Quien los mirara pensaría que eran una pareja enamorada. Pero la verdad era distinta, y la clara muestra de ello era la alianza de él sobre la mesa de luz, la cual se había sacado mientras ella se cambiaba en el baño. Siempre supo que era la segunda en esta relación, pero el placer y la diversión que le trajo al principio hacían que lo olvidara por momentos.

Pasados los años, le pidió que dejara a su esposa y se quedara con ella, ya que lo amaba más que a nada en este mundo. Pero al parecer, su amor no era del todo correspondido, porque las promesas de una vida juntos nunca se cumplían.

¿Por qué tenía que esperar? ¿Por esos mocosos que tenía por hijos? ¿Por esa inútil que tenía como mujer para la sociedad, que solo usaba su dinero? No entendía cómo no podía ver que la mujer perfecta ella era, no esa estúpida. Estaba cansada de no tener el lugar que merecía, cansada de ser el premio consuelo de los hombres.

Cansada de solo ser un objeto.

Pero hoy todo cambiaría cuando se quedara dormido. Cuando ella se levantara de la cama sin hacer ruido, fuera a buscar la cesta donde se encontraba el vino y entre la tela blanca donde estaba apoyado, sacara un reluciente cuchillo con un dibujo de una araña preciósamente tallado en la hoja de metal. 

Con el arma asesina en la mano, caminó hasta su lecho nupcial. Se sentó a horcajadas sobre su amante, ese que tantas palabras lindas había dejado salir de su boca, pero que eran las mismas que le decía a su esposa. Sujetó el cuchillo con ambas manos y lo levantó lentamente sobre su cabeza, cada vez más alto. Cuando estaba en el punto máximo, su víctima abrió los ojos asustados, pero no tuvo tiempo de nada porque lo próximo que sintió fue un dolor espantoso en el medio del pecho, mientras la sangre se deslizaba por su piel y abandonaba su tallado cuerpo. 

Con sus manos palpó el líquido rojo y miró a su amada a los ojos. Intentó gritar, pero nada salía de su boca más que chorros de sangre. El frío del cuchillo le heló los huesos y atravesó su corazón al medio. Ella sonreía, y a su pesar, nunca la había visto más hermosa que en ese momento, con el cabello revuelto y los ojos brillantes por el éxtasis.

Eso fue lo último que vio antes de que sus párpados cayeran para siempre. 

Pero su plan no terminaba allí, claro que no. Necesitaba hacer algo más para sentirse completamente satisfecha. Su ansía de sangre estaba a pleno, de un fuerte tirón extrajó el cuchillo del tórax del ahora difunto amante y lo lamió, cerrando los ojos ante tanto placer. Se hizo a un lado y con la misma arma, comenzó una ardua tarea de disección.

Primero desmembró el brazo derecho, ya que lo tenía más cerca. El conocido sonido de huesos rompiéndose, luego las articulaciones y las venas inundaron sus oídos. Tomó el miembro cortado y lo depositó sobre el frío suelo de mármol.  Repitió el procedimiento con el otro brazo, sus piernas, el miembro viril y finalmente su cabeza, con ese rostro que alguna vez le había parecido el más bello entre los hombres.

Más tarde, en la madrugada, el próximo olor que llegaría a su ser sería el de la carne asada. Carne humana. Según su experiencia, el sabor no se comparaba al de otras especies, era mucho más dulce y delicioso. Una vez que terminó de alimentarse, pusó los huesos sobre las sábanas y las hizo un bollo sobre la cama, llena se sangre. Lanzó todo por la ventana de la habitación, tomó una botella de aceite y dejó correr el líquido amarillo sobre la tela, para luego encender un cerillo y dejarlo deslizarse de sus dedos.

Mientras las llamas se levantaban del otro lado del hotel, ella se dio un baño y salió del cuarto ya vestida y sin una mancha de sangre sobre su piel. Con su bolso en mano, dio arranque al coche de su ex-pareja. Calculó que en unas semanas se le avisaría a la viuda de su amante que su esposo estaba desaparecido, y la imagen de esa mujer llorando y sufriendo inchó su corazón de alegría. Relamío sus dientes con la luenga, llevándose al estómago un último pedazo de carne que había quedado atascado entre ellos.

Al fin y al cabo, no se hacía llamar la Viuda Negra por nada.

*La Viuda Negra es conocida por ser una clase araña que ingiere al macho después de aparearse. 

Historias Cortas y Retorcidas ©¡Lee esta historia GRATIS!