Capítulo 12 (disponible por tiempo limitado)

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M

ío enseñó el pase individualizado, se quitó el guante de una mano y pasó su palma por encima del dispositivo de identificación.

El agente lo estudió con curiosidad evidente, pero ya se había acostumbrado a las miradas fisgonas. Adam Varper le había concedido el permiso de entrar en Stray, y tenía el poder de hacer preguntas, incluso exigir las respuestas. En Reborn era un caso extraordinario que un Mío poseyese tanta autoridad, en Stray lo trataban como a un espécimen de otro planeta. Cierto era que la ropa y sus modales eran diferentes, pero seguía teniendo dos ojos, cuatro miembros y respiraba por la boca y por la nariz.

—Sus superiores ya han repasado la documentación —dijo el agente de Stray, su voz teñida con lo justo de impertinencia como para no insultar pero dejar claro que no veía con buenos ojos el entrometimiento.

—Gracias por su colaboración —Mío contestó inexpresivo. Entendía que el otro no estaba convencido todavía de ofrecerle la información, pero no se encontraba ahí para hacer amigos—. A partir de ahora me encargo yo.

—Como desee —el agente aprobó sin ganas y se retiró hacia una parcela delimitada por bandas amarillas, perdiéndose entre las señales de «prohibido el paso», «área restringida» y «solo representantes del estado».

Mío miró alrededor, curioso porque pisaba la frontera de las dos ciudades. La orilla estaba contaminada por hierbas secas, troncos mutilados, incluso pudo reconocer algo de ropa y restos de material plástico entre todo el barro. Esperaba que la suciedad fuera resultado de la tormenta y no una situación común, pues el olor era insoportable. El río seguía teniendo un color turbio y formaba torrentes que llevaban velozmente la basura aguas abajo. En el otro extremo, el muro de Reborn se levantaba hasta el cielo, el material de construcción reflectaba las ondas y se veía de un plomizo cegador.

Era la primera vez que ponía el pie en esas tierras y suponía que debía ser la primera vez en siglos que las ciudades se comunicaban. Le resultaba curioso que los astray hubieran aceptado el pedido de ayuda de Reborn para recuperar los restos del barco que se encontraban en su territorio. Ninguno confiaba en el otro y con la amenaza de las negociaciones encima de sus cabezas, cualquier movimiento equivocado podía transformarse en el detonante que encendiera la batalla.

Caminando detrás del agente astray, Mío se preguntó si las bandas amarillas eran el único método empleado para la vigilancia del área. Al acercarse contó varios centinelas armados, de ojos calculadores y porte recto, oficial. Parecían capaces y aprobó mentalmente la elección.

Los restos del ALA, el buque hundido, aparecieron sobre la arena, fragmentos gigantescos de lo que había sido una vez la estructura de una estrella en la flota de Reborn.

—¿Qué necesita? —preguntó el agente y Mío pestañeó desconcentrado, sin dejar de mirar con incredulidad el destrozo.

—Deme unos minutos. Enseguida estaré con usted —aseguró, acercándose al barco.

El agente asintió y se alejó, dejándolo solo.

Mío pasó los cordones de seguridad y tocó el primer fragmento que estaba cerca. El sol había calentado el metal y su tibieza se podía percibir a través de los guantes. ¿Cómo era posible que tantas toneladas de aleación fueran derrotadas por los golpes de una pobre tormenta?, se preguntó.

La buena noticia era que habían recuperado todas las piezas, tanto del casco como de la superestructura del barco. Disponían de los datos sobre todos los pasajeros, y algunos se habían recuperado para poder ofrecer declaraciones. Por desgracia, pero interesante a la vez, los únicos sobre los cuales no tenían noticias eran Ailyne y el superior de la sala de máquinas.

Mío decidió que volvería a verificar los restos después de leer los informes. Confiaba en que Barín iba a convencer a los astray de que retener a los reborners vivos no les servía en las negociaciones. Habló con el agente, recibió la documentación y salió de la zona hacia la carretera, en busca de su coche. La furgoneta no difería de los otros que pasaban por la calle. No le había costado aprender a conducir una de esas antigüedades; su especialidad era la mecánica, montaba y desmontaba motores desde que había nacido.

Verificó el alrededor en busca de ojos curiosos y subió en la parte de atrás. Primero se deshizo de las botas increíblemente sucias y se puso sus confortables mocasines. Para su tranquilidad, se cambió los guantes por otro par limpio. Después abrió un maletín y encendió el equipo que contenía. Una pequeña antena extendió sus orejas y Mío introdujo los códigos de activación.

La cara de Adam Varper apareció al instante en la pantalla, sus cejas pobladas del color de la ceniza alzadas levemente en una expresión preocupada.

—Buenas tardes, señor.

—Buenas tardes, Mío. Dime que tienes noticias. Preferiblemente buenas.

—De momento no puedo afirmarlo —respondió Mío en voz suave—. Estoy en la orilla del río, intentando hacer una investigación a fondo. Los astray no parecen demasiado interesados en ayudarnos.

—¿Están conspirando?

—No tengo pruebas, pero es evidente que traman algo.

—¿Has averiguado de qué se trata? —preguntó Adam, acostumbrado a las respuestas concisas de Mío.

—Todavía no. Es poco probable que encuentre algún testigo dado el tiempo que hacía y la hora a la que pasó el accidente.

—Tengo fe en tus capacidades, Mío.

—Tardaré algo, señor —avisó él.

—Tómate el tiempo que te haga falta. Necesito saber qué es lo que le ha pasado. Cómo y por qué. Necesito una razón. Y un culpable.

«Yo también», pensó Mío, respondiendo en cambio como era debido:

Sí, señor.

—¿Cómo es? —Adam habló con una voz extraña, sin ofrecer detalles, pero Mío entendió a qué se refería.

—Diferente. El aire es más fuerte, las construcciones dan la impresión de que han sido pensadas por niños, incluso la luz se ve distinta —explicó lo mejor que pudo.

Adam carraspeó y su mirada abandonó la pantalla por unos instantes.

—Entiendo. ¿Necesitas algo? —inquirió al volver.

—No, señor. Estoy perfectamente. —«Tanto como se puede estar aquí», no añadió.

—Bien, entonces. Sigue en contacto a las horas establecidas.

—De acuerdo. Hasta luego.

—Adiós, Mío.

Apagando la pantalla y asegurando el maletín, Mío consideró el siguiente paso. Le esperaba muchísimo trabajo y albergaba la esperanza de que no fuera igual de sucio.


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