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En menos de un minuto me empuja produciendo mi caída sobre la cama detrás de mí, en menos de cinco segundos se acomoda poco ágil sobre mí, tanto que mis rodillas y muslos se quejaron de dolor tras su catastrófico paso. Una vez asentado a horcajadas sobre mi cuerpo, se deja caer bruscamente, aplastándome, se inclina a un lado para dejarle plena libertad a una de sus extremidades superiores para recorrer a su antojo un camino que al parecer creía prohibido, mi piel, ahí es cuando siento sus manos curiosas e imperiosas en todas partes.

Me doy cuenta de la situación y la repulsión no tarda en hacerse presente, mis manos son las únicas que parecen ser domadas por mi voluntad porque el resto de mi cuerpo se encuentra paralizado, como si aún no creyera del todo en las intenciones que se apoderaron de Alan. Y empujo, con fuerza, bajo su pecho, lo remuevo, algo, pero no lo suficiente para apartarlo ni lograr que ceda.

Mi desespero opta por escabullirse en forma de lágrimas.

No quiero esto, no ahora, no de esta manera.

Forcejeo contra él, trato de aprovecharme de su estado inestable, pero aun estando ahogado en drogas y desorientado por ellas, no logro liberarme.

—¡Alan! ¡Por el amor de Dios, detente! —sollozo, sintiendo cómo cada parte de mí se agrietaba.

No pone atención a mis quejidos y refuerza más su agarre, separa con su rodilla mis piernas y la dirige hasta mi el espacio entre mis muslos, su roce, el que ha llegado a un lugar tan íntimo, me desagrada de sobre manera, porque quien está haciéndome esto no es él, no es Alan.

Él nota que mis extremidades superiores se remueven inquietas y le estorban, entonces lleva mis manos por sobre mi cabeza y las aprisiona presionando mis muñecas con su antebrazo, su mano libre la lleva a viajar por mi muslo. Para mi mala fortuna, el vestido que traigo puesto no me ayuda en nada a evitar su toque.

—¡Alan! —Rompo en un llanto desgarrador, uno inservible que termina perdiéndose en el ruido ensordecedor que se cuela por rendijas y ventanas.

Encaja su mentón en la curvatura de mi cuello, desciende hasta besar y humedecer la piel que recubre mi clavícula, su mano libre, por otra parte, ahora se acomoda sobre uno de mis pechos por sobre la tela del ligero vestido que tengo puesto, apretando, casi estrujando.

Siento que me ahogo entre lágrimas y desesperación pero no dejo que la tristeza y la decepción lacerante me amedrenten.

No me doy por vencida, aun cuando mi cuerpo permanece inmóvil, mi boca no ha sido sellada.

—¡Amor! —grito—. ¡Este no eres tú, bas...! —Silenció mis chillidos con un beso repugnante y fastidiado, la presión que ejerció sobre mi boca fue tanta que provocó que un calor punzante se extendiera por mis labios y sus alrededores.

En mi interior suplico porque alguien pueda oír mis quejidos y entre a ayudarme, a liberarme, pero por más que ruego, nada sucede. Nadie entra por la puerta ni nadie lo hará, no cuando todos aquí están encerrados en otro mundo como el chico que me transgrede ahora.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora