Capítulo 11

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"¿Pero qué me ha pasado? ¿Por qué me he desmayado? ¿Por qué Michael no se movía...? ¿Y qué hay de sus ojos? Su color estaba tan vivo como el de mis cristales..."

Seguía teniendo los ojos cerrados, pero el resto de mis sentidos estaban despiertos. Sentía la humedad del lugar y olía muy mal. No era capaz de imaginarme donde estaba. Por otro lado, había algo entorno a mis muñecas, mis tobillos y mi cintura que me sujetaba con firmeza, pues notaba su presión. Detrás de mí sentía algo duro. No tardé en comprender que algo me ataba a una pared y mis nervios se dispararon.

Pero no era lo único que me preocupaba. No podía de dejar de pensar en lo que había pasado antes de que me desmayara. Justo después de besar a Michael me había sentido tan débil y frágil. Él no intentó hacer nada, ni siquiera se movió...

De pronto, algo líquido me golpeó la cara con fuerza. Agua. Hizo que pudiera abrir algo los ojos pero veía muy borroso. Sacudí algo la cabeza, intentando levantarla y librarme de las molestas gotas de agua que nublaban mi visión.

De nuevo, sentí como el agua me salpicaba con más fuerza. En esta ocasión, me espabilé del todo y pude abrir los ojos.

Estaba en una especie de sótano, oscuro, en el que solo había una bombilla con una luz intermitente que colgaba del techo. Era una sala bastante pequeña, cuyas paredes eran de cemento y carentes de pintura. También vi, que era lo que me mantenía atada a la pared. Eran gruesas raíces, que parecían salir de la misma pared.

"¿Pero qué demonios...?"

Alcé más mirada y me quedé de piedra al ver quien estaba allí de pie. No podía ser así, me negaba a creérmelo. Era imposible que fuera ella la responsable de tantas cosas.

─Tess...─susurré muy despacio, incapaz de decir nada más.

Allí estaba, de pie, con una sonrisa maliciosa y cruel en su rostro. Vestía una extraña indumentaria: unas botas con bastante tacón; una falda corta con varias tablas que parecían ser de metal; una peculiar chaqueta de largas mangas, que tenía más prolongación por la espalda, llegando casi a la medida de su falda; una camiseta con bastante escote y una cinta metálica que sujetaba su larguísima, rubia y lisa melena. Toda la ropa era de color verde excepto su colgante: una rosa negra.

─Imposible... ─tartamudeé. Tenía tantísimas preguntas que no podía formular.

─Hola hermanita. Acaso estás... ¿sorprendida? ─dijo con tono vacilón, sin perder la sonrisa ni un segundo.

─No puede ser... ─repetí.

─Pues aquí me tienes ─decía mientras se encogía de hombros─. Adelante, pregunta lo que quieras.

─N-no entiendo nada... ¿Por qué tú? ¿Cómo es posible?

Ladeó ligeramente la cabeza, como si no me entendiera.

─Supongo que te referirás a cómo es posible que yo tenga esto ─señaló su colgante─. Pues es una larga historia, que sería más corta si tu "queridísima" abuela te hubiera dicho la verdad desde un principio.

La ira se empezó a apoderar de mí, muy lentamente.

─¿De qué estás hablando? ─exigí saber.

Ella suspiró hondo antes de empezar hablar. Sin embrago, de pronto alzó la mano y sus ojos se tiñeron de blanco. Al instante, sentía como si me ahogara. Intenté recurrir a mis poderes para volver a respirar. Pero no surtió efecto.

─Relájate, respira –siseó en mi oído como si fuera una serpiente─. No hace falta que te enfades, así que no me vuelvas a levantar la voz.

La Hechicera ©¡Lee esta historia GRATIS!