Capítulo 4

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"No será fácil, pero sé que llegará el momento en el que pueda dominar mis poderes con soltura. Espero poder cumplir con lo que me dijo mi abuela: seguir siendo yo misma."

Durante tres semanas tuve que ir a casa de mi abuela a entrenar y aprender a usar todos los elementos naturales que podía controlar. Como ropa para entrenar, decidí elegir unos pantalones cortos, una camiseta de manga corta (la capa protegía del frio), unos botines, unos guantes sin dedos y un cinturón con una hebilla de una estrella (una peculiar coincidencia). Toda la ropa era negra porque, según mi abuela, servía para camuflarme en la noche y no llamar la atención durante el día.

Las pruebas que me preparaba Rose eran siempre las mismas. Una por cada elemento. Para resolverlas con éxito debía usar mi imaginación y la naturaleza haría lo que yo deseara. Los primeros días, como era de esperar, no me salía nada de lo que yo quería y todo eran caídas y estropicios.

La primera prueba estaba relacionada con el aire. Consistía en que debía huir volando de una esfera ígnea controlada por mi abuela. Después, llegado el momento adecuado, tendría que improvisar y librarme de ella. Durante varios días le anduve dando vueltas a cómo superar está prueba hasta que se me encendió la bombilla. La esfera ígnea era casi tan veloz como yo en el aire, así que la única forma de destruirla era ganar más velocidad para así aprovechar una oportunidad de darme la vuelta y destruirla. Mi idea, que en realidad se me ocurrió viendo un película, consistía en que mis manos serían como los reactores de un avión; expulsarían unas llamas que me ayudaría a ganar velocidad. Llegado el momento, tendría que ser rápida y precisa para deshacerme de dicha esfera usando el poder del aire. Aunque no tardé demasiado en llegar a esta conclusión, estuve al menos cinco días hasta que me salió a la perfección, es decir, sin caerme ni quemarme.

Tras aquella pequeña victoria estaba eufórica y muy motivada para seguir el entrenamiento. Sin embargo, aquello solo había sido el principio y, lo que más me fastidio, la prueba más "simple".

La segunda prueba era la del agua. Cuando mi abuela me resumió en qué consistía, me pareció muy fácil, un juego de niños. Lo que debía hacer destruir cierto número de esferas ígneas usando el poder del agua a mi antojo. Aunque me costó crear mi primera esfera de agua y, sobre todo, apuntar bien, seguí convencida de que aquello era coser y cantar. Hasta que dejo de ser asequible. El problema llego cuando había tantas esferas que no me daba tiempo a destruirlas a todas. Aunque nunca me llegué a quemar, sí que me caía. La capa no me protegía de eso ni cubría a mi orgullo herido.

De modo que estuve así otros cuantos días, hasta que mi abuela me dio la pista que necesitaba para llegar a la solución. Empezó con el hecho de que me quejaba porque aquella prueba era imposible y carecía de sentido: siempre que me atacarán con magia mi capa me protegería ¿Para qué molestarme en destruir las esferas si nunca me dañaban directamente? Mi abuela me respondió: "Quizás alguna vez no tengas la capa y debas usar tus poderes para protegerte. Así que piensa en cómo expandir tus defensas."

"Una burbuja", comprendí casi al instante.

Por lo que cuando realicé la prueba, la definitiva, empecé de la misma forma que en anteriores ocasiones. Pero, cuando el número aumento, empecé a crear la barrera de agua a mi alrededor. Entonces, las esferas ígneas empezaron a desaparecer al entrar contacto con el agua y por muchas esferas que aparecieron, mi burbuja aguantó perfectamente.

Esa tarde, mi abuela me concedió un descanso para el día siguiente. Fue todo un alivio y me sirvió para ir más precavida. Si tenía un día de asueto, seguro que se debía a que Rose me estaba preparando algo todavía peor. Y acerté.

La tercera prueba era la de la tierra. Para esta prueba mi abuela me pidió que solidificara cinco esferas de lava (las creó ella porque no consiguió enseñarme a mí) no usando el poder del agua. Las esferas se endurecieron y mi prueba era hacerlas añicos. Rápidamente, me pareció que estaba claro que las podía romper de un golpe, si convertía mis brazos en poderosos látigos de raíces. Tal y como pensaba, las rocas se hacían añicos, pero este plan solo me funcionó con las tres primeras, es decir, las pequeñas. Las otras dos, al ser tan grandes, por mucho que las diera ni se rompían ni se resquebrajaban. Lo que me llevó a estar una semana dándole vueltas al asunto.

La Hechicera ©¡Lee esta historia GRATIS!