MARTA

No me podía creer lo que había pasado. ¿Esa había sido yo? Estaba avergonzada de mi misma, y encima Aran lo había visto todo. Él entró a mi habitación con un vaso de agua en mano.

—Menos mal que ya estás bien —Suspiró aliviado.—. Cuando me he ido a buscarte un vaso de agua estabas cantando la canción del Árbol del ahorcado con cara de psicópata y temí que acabaras matando a alguien. 

Me tendió el vaso y yo lo cogí, agradecida, pero antes de nada olí su contenido disimuladamente. Aran pareció darse cuenta y me miró divertido.

—Debo admitir que ha sido muy divertido, pero yo no te daría nada que pudiera perjudicarte. Confía en mí.—Dijo poniéndose la mano encima del corazón y pestañeando exageradamente.

—Ja, ja, ja.—Ironicé claramente molesta.— Ni una palabra de esto a nadie, ¿entendido? Y menos a Caterina, le daría algo.

—Entendido, chica en llamas.

Era obvio que Aran estaba tomándome el pelo. Nunca antes había visto esa faceta de él.

—Veo que eres tributo y eso me perece muy bien, pero agradecería que te fueras o esto podría acabar mal.— Advertí.

—Está bien, pero antes, ¿quieres un azucarillo?

—Tentador, pero no. Fuera.—Repetí en un tono peligrosamente tranquilo.

Él se dirigió hacia la puerta y, después de cruzarla, aún estando abierta, se giró hacia mí y me dijo sobreactuando:

—Mis pesadillas suelen ser sobre perderte...

Me levanté furiosa de la cama y fui hacia la puerta.

—¡HE DICHO QUE FUERA!

—En realidad ya estoy fue...—No lo dejé terminar, porque le cerré la puerta en las narices.

—Bipolar...—Escuché que murmuraba ya fuera.

—¡Imbécil!—Exclamé yo.

Escuché como su risa se alejaba de mi habitación. Nunca nadie antes me había hecho enfadar de la manera que lo había hecho Aran. Primero presencia los efectos de la Dimaurea y luego se burla de mí. Tierno pero idiota. ¿Y luego yo era la bipolar? Imbécil.

Me dejé caer en la cama, mirando hacia el espejo. No había vuelto a aparecer ningún mensaje de mi padre y estaba empezando a plantearme que tal vez había sido un producto de mi imaginación. Pero, ¿porqué esperaba yo un mensaje de mi padre en un espejo? Como respuesta, unas imágenes pasaron por mi mente. Mis padres estaban muertos, era eso. Al instante supe que algo iba mal. Sí, había recordado aquella noche, los disparos, las balas... pero esas imágenes habían estado vacías de sentimiento. Algo pasaba... el dolor, eso era lo que faltaba. El dolor ya no acompañaba mis pensamientos, había desaparecido. Me inundó una ola de preocupación y, desesperada, me pellizqué el brazo. Contemplé con alivio que el dolor físico seguía ahí. ¿Y si todo esto había sido obra de la Dimaurea? ¿Y si eran los efectos secundarios?

Con una maldición, me levanté de la cama. Sólo había una persona que me podía ayudar. Pese a que habíamos discutido antes, tuve que tragarme mi orgullo. Odiaba tener que recurrir a él justo ahora.

***

Corrí hacia la casa de Aran y entré sin llamar a la puerta. Me encontré a Verónica, la cual me miró sorprendida. Estaba claro que no esperaba que viniera. Luego, pareció entender el propósito de mi entrada desesperada. Suspiró rodando los ojos.

—Por allí, la segunda puerta a la derecha. No preguntaré por qué.

Mascullé un gracias y seguí sus indicaciones. Me paré delante de la puerta un momento, cogiendo el pomo. Suspiré y la abrí.

Tras aquellos ojos verdes¡Lee esta historia GRATIS!