Capítulo 1

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"El mismo sueño de cada noche durante un mes entero. El mismo sueño otra vez. Siempre tan místico y extraño. No importa, me voy a despertar."

Los rayos de sol entraron por mi pequeño balcón como cada mañana, pues las noches en Santa Bárbara eran a menudo calurosas y dormía con la puerta del balconcillo abierta de par en par. Era ese momento en el que estás despierta, pero tienes los ojos cerrados o algo abiertos. El despertador de mi mesilla indicaba que faltaban dos minutos para las siete y media. Entonces sonaría y tendría que levantarme para ir al instituto. Por suerte, esa rutina de madrugar pronto se acabaría, ya que empezaba el mes de junio. Tan solo quedaban dos semanas de clase, una de recuperación, el baile de fin de curso, la graduación de los alumnos de último curso, y las esperadísimas vacaciones de verano. Se podría decir, que estaba contando los días y las horas hasta que llegará el día de entrega de notas, el sinónimo de verano.

Mis pensamientos y mi estado de medio dormida, medio despierta se vieron interrumpidos por el despertador. Era hora de levantarse.

Me levanté de la cama, pero seguía estando algo dormida. Incluso mi propia habitación me resultaba ajena. Aun así, seguían siendo las mismas paredes moradas, las estanterías repletas de libros y el cesto en el que dormía Azabache, una gatita negra y ojos verdes. La misma estancia de cada mañana y sin embargo, parecía todo diferente.

Al final me decidí, me levanté y, como cada mañana, pase por el baño y, al volver a mi cuarto, me fijé en que mi gata se había levantado y se dirigía hacia mí para que le hiciera unos mimos. Acaricié un par de veces su suave pelaje y empezó a ronronear como una moto. No tardó mucho en cansarse de las caricias y se marchó hacía mi cama para echar un sueñecito extra. Por lo que, aquel día no podría hacer la cama hasta que "la reina" lo quisiera. Era una gata con un carácter... peculiar.

Después de esto me dirigí a mi armario para elegir que vestiría aquel día. Decidí ponerme los vaqueros cortos negros, una camiseta roja de manga corta y unas sandalias blancas. Acto seguido, volví al baño a cepillarme mi pelirrojo, algo rizado y largo cabello que decidí dejar suelto. Me encantaba mi pelo, de hecho era la única pelirroja de mi casa. Era, según mi madre, igual que mi abuela cuando era joven. Por último me eché algo de mi colonia favorita, con su maravilloso aroma a vainilla. Una vez que ya estaba lista, bajé a desayunar.

En el comedor estaban mis padres y mi hermana sentados en la mesa del comedor. Mi madre, Susan, estaba tomándose un café mientras ojeaba el correo. Mi padre, Aaron, estaba dando algún que otro sorbo a su café sin apartar apenas la vista del periódico. En la cabecera de la mesa, mi hermana mayor, Tess, que estaba comiendo unas galletas sin soltar el móvil.

─¡Buenos días! ¿Qué tal has dormido hija? ─preguntó mi padre bajando el periódico.

─Bien, profundamente ─respondí.

─Me alegro. Por cierto ¿Qué tal llevas los exámenes? ─inquirió papá─ ¿Estudiaste mucho no?

─Sí, estuve hasta bien tarde estudiando. Creo que sacaré buena nota.

─Estoy seguro de ello ─añadió él guiñándome un ojo.

Mi padre era una de las personas que mejor sabía imponer ánimo ante los exámenes. Disfrutaba ayudándome a estudiar, pese a que la mayoría de las veces me mostraba reacia a que me brindaría su ayuda. Las pocas veces que cedía, solía enredarse en un mismo tema, sobre todo cuando estudiaba historia.

Me senté en el único asiento libre, enfrente de mi hermana. Mi madre, tan atenta como siempre, ya me había preparado el desayuno: tostadas y leche con cacao.

La Hechicera ©¡Lee esta historia GRATIS!