Capítulo 5.

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Capítulo 5.

Había llovido y todo estaba mojado. En la parada del autobús a Sergio se le notaba impaciente. No sabía por qué, pero movía la pierna rápidamente, como si eso fuera a hacer que el autobús llegase antes. Yo repasaba las imágenes que acababa de recordar de la noche anterior. Recordé las conversaciones, las risas, el alcohol, la droga… También recordé que me lo estaba pasando bien y no quería volver a casa. Lo cierto, es que me paré a pensar durante la noche, entre el sonido de la música. Pensé en la vida y en su sentido, en por qué reía si no estaba feliz o por qué lloraba si no estaba triste. Luego supe que era efecto del LSD. Mis últimos recuerdos eran de Sara besándome diciendo que no iba a parar y yo pensando en que no quería que parase.

–Helena –me dijo Sergio sin mirarme–, no es la misma de antes. Yo que tú me apartaría de ella. No la llames.

–Las personas cambian a veces. Yo también he cambiado.

Sergio no dijo nada. Estaba pensando en algo serio, pero no supe en qué porque no parecía por la labor de decir nada más. Me había llamado Helena, por lo tanto iba en serio.

–¿Qué tal ayer con ATR? –pregunté por cambiar de tema.

Sergio frunció el ceño.

–No es el momento de hablar de eso.

–¿Qué te pasa?

–¿Que qué me pasa? ¿Cómo voy a explicarle esto a Teresa? ¿Cómo voy a decirle que te emborracharon, te drogaron y te violaron?

Me quedé en silencio, mirándole y manteniendo mi boca cerrada para no insultarle. Era Sergio y lo tuve que pensar dos veces para no darle una bofetada, pero me contuve.

–Tengo dieciséis años, sé cuidar de mí misma –dije tras unos segundos–. Yo decidí ir a esa fiesta, yo decidí beber y yo decidí drogarme.

Creo que Sergio esperó a que dijese que yo no fui la que decidió acostarse con Sara, pero mentiría si dijese que eso era una verdad absoluta.

–¿También decidiste acostarte con ella? –lo dijo en voz baja, seriamente–. No voy a tener en cuenta lo que Sara me dijo, solo confío en ti.

–Me preguntó si quería que siguiera y no me opuse.

Sergio se encogió de hombros y miró al suelo.

–No voy a actuar como tu hermano mayor, tú sabrás lo que haces pero no me metas a mí de por medio.

Se levantó del asiento y me dio un beso en la frente.

–Tu autobús ya ha llegado. Adiós.

Y se marchó caminando con las manos en los bolsillos. Era lo más doloroso que había escuchado de Sergio jamás. ¿Estaba enfadado conmigo? ¿Era enfado lo que acababa de percibir en él, o culpabilidad? Observé cómo se marchaba mientras las puertas del autobús se abrían. Solo agaché la vista y subí en él.

Llegué a casa en menos de diez minutos por un camino que eran mínimo cuarenta minutos andando y pensé en Sergio. No podía sentirme peor en ese momento, o al menos eso pensé hasta que entré en casa y Teresa me miró con cara de pocos amigos.

–No voy a hacerte un interrogatorio –dijo nada más verme–, pero sí quiero saber por qué faltas al instituto.

No respondí, me quedé en silencio y miré al suelo. Solo esperaba que me regañase y no me hiciese más preguntas. Pero a pesar de haber dicho que no las haría, las hizo.

–¿Dónde está Sergio?

–Viene caminando, yo he venido en autobús.

–¿De dónde vienes?

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