Capitulo 8

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  -Toma- le entregué su taza con café con leche y poco azúcar, como a él le gustaba.

  -Gracias- dijo Raúl con una sonrisa para después dar un sorbo- Me tendría que ir, me esperan en casa- dijo cuando terminó el café. Se levantó del sofá y caminó hacia la puerta tomando su abrigo de camino- Espero que te vaya genial mañana en el trabajo, Diana. Con un poco de suerte, puedes pagar este mes y no te tengo que echar de tu casa- se rió por lo bajo. Pero yo no le vi ninguna gracia al asunto, era mi vida, y se estaba riendo de ella.

  -No te rías, si estuvieras en mi lugar seguro que no te estarías mofando de tu vida. Un respeto- le miré enfurecida. Llevaba ya en mi casa dos horas, en las cuales habíamos hablado como verdaderos amigos, dándonos consejos el uno al otro. Más bien me los daba él a mí, pues era yo la que tenía que salir adelante con todos mis problemas, mucho más graves que los suyos, de eso estoy segura.

  -Para ti es fácil decirlo cuando llevas una vida de lujos, o por lo menos, te mantienes estable, pero yo...- me daba pena a mí misma, por lo que estaba deseando que saliera por esa puerta y me dejara sola en mi amarga realidad. Realmente llegué a pensar que podía confiar en él, que me ayudaría, pero acababa de mostrar todo lo contrario.

  -Diana yo... No quería decir eso, en serio- pude ver la tristeza que reflejaban sus ojos cuando contactaron con los míos.

  -Ya, pero lo has hecho- le dije borde.

  -No pensé lo que decía, era solo una broma- me explicó con su sonrisa habitual encerrada en lo más hondo de su ser.

  -Vaya idea que tienes tú por broma- bufé y estaba por cerrar la puerta cuando él puso el pie de por medio.

  -¿Qué te esperabas Diana? Llevo todo el día trabajando, ¿crees que tengo ánimos y ganas de repartir amor y cariño a todo el mundo?- frunció el ceño todavía entre la puerta y el pasillo.

  -Pues mira qué suerte. Algunos tienen trabajo y se quejan, mientras que otros buscan desesperadamente lo que ellos desprecian. Muy irónica la vida, ¿no crees?

Raúl bajó la mirada al suelo, le habían dolido mis palabras, y a mí también. Cuanto más abría la boca, más estropeaba la situación. ¡Lo fácil que hubiera sido decirme el típico "adiós" y haber salido por la puerta!

Abrió la puerta de par en par y entró de nuevo en mi pequeño piso para rodearme con sus fuertes y largos brazos, pillándome por sorpresa. Y, aunque estaba muy enfadada con él, cerré los ojos y me dejé llevar por el torrente de sentimientos que surgían en ese mismo momento en mi interior. Necesitaba un abrazo desde hacía bastante tiempo, y no me había dado cuenta hasta ahora. Rodée con mis brazos su ancha cintura, para después apoyar mi cabeza en su pecho, aspirando profundamente su aroma tan varonil. Suspiré amargamente.

  -Lo siento, es solo que estoy cansado- me susurró sin separarse de mí.

  -No pasa nada, yo también he dicho cosas que no debería de haber dicho. Perdóname.

  -No importa, creo que esta discusión nos ha pillado en un momento un poco delicado- asentí con la cabeza repetidamente ante sus palabras.

  -Si quieres te puedes quedar aquí a dormir, tengo una cama de sobra y...- comencé a decir, pero callé cuando noté cómo se separaba poco a poco de mí. No quería que me soltara, me encontraba fenomenal entre sus brazos.

  -Me están esperando en casa, Diana, no puedo quedarme aquí sin más. Se preocuparían por mí- me miró enternecido. Sonreí confusa, queriendo realmente creerme sus palabras, pero no podía.

¡Era tonta! ¿Cómo se me ocurría preguntarle algo así? Estaba claro que se negaría, cualquiera lo haría. Solo nos conocíamos de hace dos días, eso no era bastante. A parte del hecho de que yo para él era trabajo, el final del día antes de ir a casa y descansar. Una triste realidad. La mía.

¿Alegría? No entra en mi vocabulario.¡Lee esta historia GRATIS!