Enero, 2016 (II)

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Hubo una noche en la que era yo el que no podía dormir y salí a la cocina a por algo de beber para refrescarme las ideas. No sé si eran como las tres o las cuatro de la madrugada, pero me encontré con Dorian allí.

Creo que hasta entonces no le había visto nunca con tan mal aspecto. Estaba despeinado (lo que significaba que había intentado dormir, al menos), y el pelo de la nuca se le pegaba al cuello por el sudor. Sus ojeras estaban más oscuras que nunca, y tenía los ojos rojos. Estaba sentado a la mesa frente a un vaso de agua y por su postura parecía que estuviera derrotado del todo.

Se sorprendió de verme allí. Supongo que no hice suficiente ruido al abrir la puerta de mi habitación ni al caminar por el pasillo, porque cuando me vio aparecer se le puso cara de haber visto un fantasma.

No supe qué decir. Fue un momento incómodo; por alguna razón, tenía la impresión de haber visto algo que no debería, y el aspecto que tenía Dorian de querer salir corriendo no ayudaba. Decidí comportarme con normalidad, como si mi compañero no tuviera pinta de haber escapado de las garras de la muerte, y después de un «buenas» desganado fui hasta la nevera y me serví un vaso de leche fría. Él sólo me saludó con un movimiento de la cabeza y volvió a mirar su vaso de agua como si quisiera ahogarse en él.

Sé que me puse a hablar con él de alguna tontería sin importancia, pero soy incapaz de recordar de qué. No sé si le hablé de que acababa de ver el tráiler de una película que tenía una pinta increíble, de que el fin de semana siguiente iría a casa a visitar a mi madre o del tiempo que iba a hacer estos días. El caso es que me senté frente a él con mi vaso de leche y empecé a hablar, con la espalda apoyada en la pared de azulejos.

Dorian no contestaba mucho, claro. Creo que estaba bastante lejos de aquella cocina y de mi cháchara sin sentido; aun así, correspondía a mis palabras con asentimientos, gestos o algún que otro «¿ah, sí?», por lo que yo seguí con mi monólogo como si aquella fuera la conversación más interesante que había tenido en mucho tiempo.

No sabía qué le pasaba, pero no me gustaba verle así. Una cosa era que Dorian fuera un sieso y por lo general pareciera más muerto que vivo, y otra que pareciera al borde de un ataque de ansiedad o algo peor.

Estuve hablando con él (o para él, más bien) de nimiedades un buen rato, intentando no alzar demasiado la voz para no romper el silencio nocturno y entrecerrando los ojos con desgana ante la luz de los fluorescentes.

En algún momento empecé a hablar de la cantidad de temario acumulado que tenía por estudiar, y eso me llevó a pensar en mis compañeros de clase y después en mis amigos. Miré de reojo a Dorian, que mantenía sus ojos cansados fijos en mí, y me estiré con aburrimiento en mi taburete.

—¿Sabes? Michael me ha insistido varias veces en que quiere que le presentes a Violet.

Aquello pareció captar su atención, porque alzó las cejas levemente.

—En serio —continué—, se está poniendo un poco pesado con eso. Deberías venir con nosotros alguna de las veces que salgamos. Y traerte a tus amigas, claro. Al menos a la tal Violet.

—No sé yo —me contestó. Su voz sonaba ronca.

Madre mía, estaba hecho una mierda.

—O bueno, venirte tú al menos. Les caíste bien, y estudiáis cosas parecidas.

Dorian se encogió de hombros y vació su vaso de agua.

—Lo de hacer de Cupido déjamelo a mí, si quieres, que parece que se me da bien.

Creo que la risa desganada que dejé escapar hizo que le picara la curiosidad.

—¿Por qué dices eso?

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora