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Lo único que conocía de La Falcon era de la cubierta 2; el comedor, el hangar y la zona de los camarotes de la plana mayor y de la cubierta 3, la zona de dormitorios de la tripulación, los baños y la enfermería. Me subí al turboascensor y pulsé el botón del nivel 5 que era el inferior. Mi plan era ir planta por planta hasta llegar a la cubierta 1 donde se encontraba el puente de mando para ir familiarizándome con la nave pero no tuve suerte porque tan pronto como las puertas del turboascensor se abrieron me pusieron de nuevo a trabajar.

Si me quejaba del desorden que había en la cubierta 3 era porque nunca había bajado hasta la 5: había ido a parar al lugar más caótico del mundo ‒y eso que yo me había criado prácticamente en los suburbios‒. La rampa de acceso estaba abierta de par en par y decenas de personas subían provisiones a La Falcon. Mayormente estaban metiendo cajas pero había de todo; desde piezas y repuestos, hasta animales y transportes terrestres. Todo el apelotonamiento que se había formado allí era por culpa de un único personaje: el robot de intendencia. Uno a uno iba chequeando el contenido de cada caja; anotándolo en su memoria y destinándolo a algún lugar de la nave. Cuando yo llegué estaba escaneando un container de munición.

‒Tú, cachorrillo; ven a ayudarme con esto –No sabía quién pero imaginé que se dirigían a mí. Yo tenía pensado usar la técnica del alférez Zenk y escabullirme de allí antes de que me pusieran a llevar cajas–. Sé que me estás oyendo medio-ayariel.

Sí, sin lugar a dudas se estaba refiriendo a mí.

Miré por todos lados y como era tan bajita me costó encontrar entre la multitud al que me estaba pidiendo ayuda. Finalmente lo encontré; era un liwon. Por un momento pensé que era Dussi porque eran prácticamente idénticos pero no tardé en darme cuenta de mi equivocación.

‒Soy Tuk-Man-Duss, encantado de conocerte cachorrilla –Éste era bastante más alto que Dussi y, como llevaba el torso al descubierto, me di cuenta de que también era mucho más fuerte; se le marcaban todos y cada uno de los abdominales. Por su olor supe que debían ser hermanos y que Tuk tenía que ser el alfa de su familia.

‒No soy un cachorro –protesté.

‒Si no has tenido el celo es que eres un cachorro –me espetó y tenía razón, todavía no había pasado aquella fase–. Dussi me ha dicho que eres bastante fuerte. Ayúdame a llevar a estos enormes bueyes gaeanos; son muy tozudos y me están entrando ganas de cargármelos. CX-2 ya los ha clasificado; hay que llevarlos al almacén de esta misma planta, a popa, cerca de los motores.

‒¿Has probado a gruñirles? –bromeé aunque lo cierto era que Tuk me intimidaba bastante, notaba como si por dentro se estuviese relamiendo al verme. A diferencia de los ayarieles, los liwon eran suficientemente grandes y fuertes como para poder cazar piezas importantes. Tal vez Tuk no pudiese matar a un buey solo pero si llamaba a su hermano... yo, por el contrario, lo más grande que había llegado a cazar era un gato (si bien era verdad que yo no tenía garras y, que al no tener hocico, mis colmillos tampoco eran muy grandes).

‒¿Quieres que me cargue a toda esta gente? Si los bueyes se descontrolan esto será una masacre.

Tenía razón, si las bestias se asustaban podrían provocar una estampida y, tan lleno como estaba el acceso de la cubierta 5, era seguro que muchas personas morirían.

Cogí las riendas de los animales y suspiré; no sabía qué podía hacer yo que Tuk no hubiese intentado antes. Tiré de la soga pero los animales no se movieron; fui a preguntarle al liwon si había probado a darles comida pero el muy desgraciado se había ido y me había dejado el marrón.

Tardé más de dos horas en convencer a los bueyes para que se metieran por el pasillo; tenían que ir en fila porque era imposible que los dos cupiesen en aquel corredor estrecho pero a partir de ahí fue fácil; salté por encima de ellos y a sus espaldas (a una distancia prudencial para no llevarme una coz) les gruñí. Los bueyes salieron disparados y recorrieron el pasillo en apenas un par de minutos. Tuve que volver a saltarlos para poder abrir las puertas pero por fin lo había conseguido, los había llevado hasta el almacén.

Al entrar me percaté de que aquel no era un almacén corriente, era más bien una especie de granja y allí era donde normalmente trabajaba Jen. Ella me ayudó a encerrar a las bestias. También había un caballo y varias gallinas encerradas en una jaula que no dispararon mi instinto ayariel ya que cazar a un animal enjaulado no tenía ningún mérito. Había una pequeña piscifactoría, un laboratorio; los tanques de agua y unas placas gigantes dispuestas unas sobre otras. Jen me aclaró que aquellas placas eran los jardines; que estaba terminando de plantarlos y que pronto comenzarían a dar fruta y grano. Me explicó que gracias a aquel cultivo, La Falcon era una nave bastante sostenible en cuanto a alimentación para la tripulación se refería.

Me quedé con ella hasta que terminó su turno y luego regresamos al camarote 503. Su-Ska-Fá y D'Jun también habían acabado y descansaban en sus literas. Mi amiga eppin me avisó de que tenía un mensaje en el ordenador que pude abrir gracias a mi tarjeta personal de tripulante. El mensaje era de la enfermería, querían que me presentase allí al día siguiente, a primera hora, para confirmar que me encontraba en perfecto estado, así que eso fue lo que hice: me levanté y fui hasta el final del pasillo, hasta las dependencias médicas. Me hacía ilusión volver a ver a Sirila pero ella no estaba de turno, en su lugar me atendió un médico poix que era una especie de hombre con cabeza de pez. Como no podía respirar fuera del agua llevaba una escafandra llena de líquido y un traje grueso de tipo espacial que le cubría hasta las aletas de los pies. Se movía con dificultad lo que me resultaba muy gracioso. Me habló en un idioma que yo no comprendía y, cuanto más hablaba, más burbujas salían de su enorme boca de pez. Tenía un ojo enorme a cada lado de la cara. Sus escamas eran azul-verdosas y en el mentón tenía tres tentáculos pequeñitos que se movían involuntariamente dentro de la escafandra. Al final el doctor; que se llamaba Flox, hizo llamar a uno de sus médicos robóticos y éste me dio el visto bueno: mis heridas se habían curado por completo.


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