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Jen ya había vuelto a la habitación y cuando me vio entrar dio un leve grito.

‒¡¿Estás bien?! –me preguntó.

‒Sí, ¿por qué? –Ella no me respondió, se acercó a su taquilla, sacó un espejo y lo puso frente a mí. Todavía tenía rastros de sangre por la cara (y parte del traje de faena), tenía manchas de grasa y aceite por todo el cuerpo y el pelo asqueroso. Debía haberme ensuciado durante mi carrera por los conductos de la nave.

‒Ven, te llevaré a las duchas.

Cogí el otro mono limpio, el que tenía guardado en la taquilla, y unas bragas y seguí a mi compañera hasta el baño de la cubierta 3. Yo había estado ya allí para hacer mis necesidades pero todavía no había tenido ocasión (ni ganas) de bañarme. Las duchas no eran individuales y me daba vergüenza desnudarme delante de tripulantes que yo no conocía; por suerte los hombres se bañaban por otro lado. Jen cogió mi ropa sucia y se la llevó. Lo cierto es que en aquel momento no había mucha gente, solo una chica más a la que no miré porque me daba muchísimo apuro.

‒Buen combate el de ayer contra Kash-Tar. No esperaba que un chica como tú pudiese derribar a un tipo como él. No me gustaría tenerte de enemiga –me dijo y por la voz la reconocí; era Sharay quien hasta entonces no se había dignado a dirigirme ni una palabra.

‒A veces soy más animal que persona –admití y esa fue toda la conversación que mantuve con ella en las duchas.

Estaba agujereando el mono negro con los dientes para poder sacar la cola por él cuando un chirrido intenso y agudo me desgarró los tímpanos. Sentí tal dolor que pensé que la cabeza me iba a estallar y, para empeorar aquella molestia, una sirena de emergencia y una luz roja parpadeante se encendieron por toda la nave. «Fuego en el hangar de la cubierta 2» decía la monótona voz de una mujer por la megafonía una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.

Me vestí a toda prisa y me dirigí al hangar del nivel 2 que era donde estábamos realizando los ejercicios de O.E. Sharay me imitó y me acompañó.

El hangar era un caos de gente huyendo y tripulantes que llegaban con medidas antiincendio. Por fin comprendí por qué a aquel lugar se le llamaba hangar; hasta entonces aquella descomunal sala había estado completamente vacía pero ahora había cinco cazas aparcados y uno que (evidentemente) se había estrellado contra la compuerta de acceso provocando un pequeño incendio en el interior de La Falcon y dejando a la nave monoplaza completamente inoperativa.

‒Lo lamento mucho teniente –le dijo el que supuse que era el piloto que había estrellado la nave a una mujer ressana de mediana edad y una melena alborotada y rizada de color verde lima.

‒¡¿Lo lamenta Sr. Idiota?! –gritó ella furiosa mientras aferraba al piloto por el cuello del uniforme y lo zarandeaba sin apenas esfuerzo–. Ese caza D-20 vale mil veces más que tú; es una joya de ingeniería, prácticamente una reliquia y tú vas y me lo destrozas por hacerte el chulo delante de los demás tripulantes. Ya no se fabrican modelos clase D-20, ni repuestos, así que tú dirás cómo piensas pagármelo.

‒Teniente Nara, ha sido un accidente, se lo juro. El compensador del lado izquierdo no estaba bien ajustado y...

‒No quiero oír excusas señor Grondis; va a dejar este hangar como los chorros del oro, va a recoger todas las piezas que puedan salvarse del D-20 y va a poner a punto el resto de naves. ¿He hablado claro?

‒Sí, señor. Digo; sí, señora –balbuceó el piloto y entonces la teniente Nara le soltó de golpe y el hombre cayó de culo.

La mujer empezó a dar órdenes a los tripulantes que habían venido a apagar el fuego y cuando nos vio a Sharay y a mí sin hacer nada junto a la entrada del hangar nos llamó con un gesto de mano y una cruel sonrisa y nos dio a cada una una fregona. Como era nuestra superior no pudimos negarnos y, aunque las fregonas ya no se usaban porque estaban obsoletas y normalmente eran los robots los encargados de dichas tareas, nos pusimos a limpiar el suelo ‒que estaba cubierto de grasa y de espuma‒ sin rechistar. Mientras escurría la fregona me pareció ver al alférez Zenk escabullirse muy discretamente del hangar.

‒Perdonad el carácter de la teniente –me dijo una chica. Como ya conocía a Sirila la identifiqué rápidamente como una azorian. Tenía la piel tan azul como ella y la melena recta y corta de color blanco; sus ojos eran amarillos. Llevaba un peto azul con galones en los hombros–. Me llamo Dekkamos Prae pero todos me llaman Dek –Me quitó la fregona de las manos y continuó ella con mi labor‒. Estos son mis compañeros de escuadrón; Sr.Guay y Jeim; además de Grondis y la teniente Nara.

El Sr. Guay remplazó a Sharay en sus tareas de limpieza y le hizo una mueca tonta como para intentar hacerse el interesante (a primera vista se veía porque se había ganado el sobrenombre de Sr.Guay). Era ressano, de hecho, salvo Dek, todos lo eran. Tendría unos treinta y tantos, iba muy acicalado y llevaba un corte de pelo militar. Jeim era bastante más mayor, de unos cincuenta y tenía el pelo casi completamente gris recogido en una coleta baja, era delgado y huesudo pero tenía un rostro simpático y alegre. Grondis no se acercó a nosotras, estaba desmontando partes del caza D-20 como la teniente le había ordenado pero parecía ressano, moreno y también bastante menudo. El Sr. Guay nos guiñó un ojo a Sharay y a mí y nos señaló la puerta del hangar; comprobamos que Nara no nos veía y nos escabullimos.

‒Menuda mujer –dije al alejarnos de allí.

‒Me alegro de no saber pilotar –bromeó ella; por primera vez la vi sonreír; era una mujer enigmática. También ressana, tenía la piel muy pálida y el pecho enorme; el pelo rojizo, muy corto y despuntado; tenía un cuerpo muy atlético y la musculatura bastante desarrollada pero aun así (y aunque no sepa muy bien como describirlo) tenía un toque delicado–. Nos vemos mañana.

Yo también me despedí de ella. Todavía tenía el pelo y la cola húmeda por lo que antes de volver al camarote, decidí dar un paseo por la nave hasta secarme.


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