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Por fin podía salir de la enfermería, me habían dado el alta y había demostrado que, aunque no mucho, tenía algo de autocontrol. Como todavía era pronto subí a la cubierta 2 y fui al hangar para unirme a las prácticas que estaban haciendo los de O.E.

Me extrañó el recibimiento por parte de algunos de mis compañeros. Cinco hombres, todos ellos alienígenas, se acercaron a mí y me felicitaron por cómo me había enfrentado y ganado a Kash-Tar. Era un grupo bastante variopinto y juntos constituíamos el total de no ressanos-gaeanos del grupo de Operaciones Especiales. Uno era Eos, mezcla de ressano e ircanio; tenía la piel blanca como la leche, el pelo era tan rubio que también parecía blanco y le despuntaba poco más de un dedo sobre su cabeza. Tenía los ojos siempre muy abiertos y las pupilas rojas muy dilatadas; las cejas eran del mismo color blancuzco por lo que parecía que no las tuviese, lo que le hacía tener una expresión extraña. Sus orejas eran un poco más puntiagudas que las del resto de los ressanos. Era muy alto y musculoso y el día anterior había demostrado ser un soldado excelente en todos los campos en los que Zenk le había puesto a prueba. Lo cierto es que los ircanios eran una de esas muchas razas que descendían del pueblo de Ressa quienes durante muchos milenios, siglos atrás, se habían considerado la raza dominante de la galaxia.

Otro de los que me felicitó por mi combate fue Vassh-Lassh, era una hembra (al igual que Su-Ska-Fá fue ella quien tuvo que indicarme su género porque a simple vista yo no tenía forma de saberlo). ¿Cómo describirla? Era un lagarto enorme, de unos dos metros y medio de alto y al menos otros dos de ancho, sus duras escamas eran de un color rosáceo similar a la piel de los gaeanos, tenía hocico como de pato; muy grande y aplanado y los ojos le sobresalían de la cabeza como a los caracoles. Tenía dos brazos que terminaban en pequeñas manos con dos dedos y dos piernas muy fuertes que, junto a su poderosa y larga cola le hacían ser muy veloz y ágil. No sé de qué raza podía ser.

El siguiente en presentarse fue Fai-Boo, un shinnpa, una raza pequeña similar a los simios de Gaea. Medía un poco menos que yo; sobre 1,20 metros y tenía todo el cuerpo cubierto de pelo azul, cola larga y enrollada y los brazos muy grandes en comparación con el resto de su cuerpo. Las únicas partes que tenía despobladas de pelaje eran la cara y el culo dejando entrever una la piel muy clara y rugosa ‒como el cuero‒. No tenía nariz, solo un pequeño orificio, la boca era enorme y le llegaba desde una de sus pequeñas orejas a la otra. Tenía tres ojos muy pequeños separados los unos de los otros.

Los otros dos eran Rak-Man-Duss (aunque todos le llamaban Dussi) y Even. El primero era un liwon, una raza antropomórfica y bípeda pero que se asimilaba a los guepardos o las panteras de Gaea; me recordó a mi padre aunque los liwon eran una raza más alta y musculada que los ayariel. Su pelaje era negro y corto, no tenían cola, las orejas eran muy pequeñas y puntiagudas, tenía zarpas en lugar de manos y pies y un hocico largo y estrecho lleno de dientes afilados. Sus ojos eran oscuros y rasgados. Por un momento, al conocerle, me sentí como una presa fácil ante aquel imponente cazador. Even, por el contrario, era un joven de piel suave rosa chillón e imberbe, tenía una bonita melena rubia que le llegaba por los hombros. Era un ercron, una raza que, como los ircanios, parecía completamente ressana pero tenía otros tonos y otras necesidades, de hecho no pude verle bien la cara a Even porque la llevaba cubierta con una especie de antifaz que iba unida por un tubo a una bombona que llevaba colgada a la espalda. Al igual que Zenk, él la necesitaba para poder vivir en una nave diseñada y preparada para los ressanos sin embargo no llevaba ninguna ropa especial.

Apenas pude hacer los ejercicios que el alférez nos indicó porque todavía me dolía cuando hacía movimientos bruscos, así que Zenk me dijo que volviese a mi camarote a descansar y eso hice.

Por suerte no había nadie en la habitación, mis compañeras debían de estar todas trabajando en sus puestos, y aproveché para dar una cabezada. Estaba tirada bocabajo sobre la cama cuando las orejas se me despuntaron; escuché un sonido que me era familiar. Olisqueé el aire viciado del camarote y... la sangre de ayariel empezó a hervir dentro de mí, noté un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, desde la nuca, hasta la punta de la cola. Salí corriendo de la habitación y seguí mi instinto. Encontré lo que buscaba con facilidad: un panel de plastiacero entreabierto en medio del pasillo. Me colé por el pequeño hueco de la pared y me encontré en un mundo totalmente nuevo para mí: las tripas de La Falcon; una selva de cables, tuberías, placas informáticas y muchas otras cosas con luces centelleantes.

El sonido que había escuchado en el camarote se hizo más intenso y aquello me excitó aun más. Empecé mi persecución, sabía que cada vez estaba más cerca de mi objetivo. No sé muy bien qué camino cogí, tan solo me dejé llevar. Al final me topé con una rejilla, estaba segura de que mi presa había escapado por allí. La forcé y me colé por ella. Estaba en el techo de un camarote individual, no estaba muy segura de en qué nivel de la nave me encontraba pero vi al pequeño ratoncillo al que había estado persiguiendo colarse bajo la cama así que, sin pensarlo, di un salto bastante grande hasta el suelo y corrí tras el roedor que estaba acorralado en una esquina. Me relamí y me tiré a por él. Lo devoré con satisfacción: primero las tripas y luego la cabeza; lo único que dejé fue la colita y la piel. Pero justo cuando más estaba disfrutando de mi captura, escuché como se abría la puerta del camarote.

Yo tenía medio cuerpo bajo la cama pero las piernas y la cola estaban fuera: fuese quien fuese, me había visto. Con el susto de haberme pillado infraganti recuperé un poco el control de mis actos y ruborizada me incorporé. Aquel era el dormitorio de Orion. El ressano se me quedó mirando con una expresión que era una mezcla de asombro y susto ‒no le culpo porque debía de tener toda la boca manchada de sangre y en la mano sostenía el pellejo de la rata que acababa de merendarme‒. Él no me dijo nada y yo me puse más colorada todavía; lo único que quería en aquel momento era que la tierra me tragase porque había vuelto a hacer el ridículo.

‒Perdón –dije tragando saliva. No sabía qué más podía decirle. Me había colado en el camarote de un teniente y ni mi aspecto, ni los motivos por los que me encontraba allí, jugaban a mi favor.

‒¿Pekachakanawari? ¿Cómo has entrado aquí? –me preguntó y yo le señalé la rejilla abierta. Luego me examinó detenidamente, como había hecho el día que ingresé en La Falcon–. ¿Estabas cazando?

‒Lo siento –volví a disculparme en respuesta a su pregunta.

‒Sirila me comentó que había un problema con tu alimentación –Yo cerré los ojos a la espera de recibir una buena reprimenda pero lo que Orion dijo a continuación me sorprendió–. Buen trabajo; esos roedores son una molestia en la nave; roen los cables y causan bastantes cortocircuitos y pequeños incendios. De esta manera solucionamos dos problemas de una vez pero no vuelvas a colarte en ninguna área privada: tienes mi autorización para cazar en las zonas comunes. Informaré de tu labor a la plana mayor.

‒¡No! –grité por accidente, no quería hacerlo pero la voz salió de mí con fuerza. Lo cierto es que aquello era bochornoso. La capitán me había obligado a hacerme un test EDR y no quería seguir siendo el bicho raro de la nave. Orion se quedó cortado con mi seca respuesta y yo sentí tanta vergüenza por mi comportamiento que me puse más roja todavía (si es que eso era posible). Creo que, en aquel momento, toda mi piel era del mismo tono que mi pelo–. Perdón, es que no es algo para estar orgullosa...

‒Entiendo –me respondió él con tono amable. Parecía un hombre comprensivo–. Entonces será una misión secreta.

Le di las gracias, me limpié la sangre de la cara con la manga del mono de trabajo y salí de aquel camarote.

Cuando me alejé lo suficiente del dormitorio de Orion y me aseguré de que nadie me veía, me escondí de nuevo tras un panel del pasillo de la nave. Me sentía fatal conmigo misma y tan avergonzada que por un momento dudé en si debía dejar La Falcon ahora que todavía estábamos en Gaea. Por suerte decidí quedarme a bordo y, cuando me serené, decidí salir de mi escondrijo y volver a mi dormitorio.

No sabía muy bien dónde me encontraba; deambulé por los pasillos en busca de algo que me resultase familiar pero todo me parecía igual hasta que finalmente llegué al comedor: todo el tiempo había estado en la cubierta 2. No tenía hambre pero ya que estaba allí aproveché para pedir algo de leche. Me di cuenta de que no había muchos tripulantes a aquella hora pero los que estaban allí me miraban y cuchicheaban a mis espaldas. Si me hubiera esforzado podría haber escuchado qué era exactamente lo que decían de mí pero no me importaba lo más mínimo. Me bebí la leche y me dirigí a los turboascensores para bajar un nivel hasta mi camarote.

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