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Detesto los vestidos

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Detesto los vestidos. Detesto que Zari lograra convencerme para ponerme uno, sobre todo el que traigo puesto. Es muy ligero y muy... muy floreado.

—¡Hemos llegado!

Marc se detiene justo en el parque ubicado en el centro mismo de la ciudad, un lugar que sé de antemano es bastante ameno, o al menos eso es lo que replican mis recuerdos de la niñez. Espero a los chicos de pie a un lado una vez desciendo del automóvil.

La verdad es que yo no suelo visitar este sitio, y me arrepiento de no hacerlo más a menudo, puesto que el sólo hecho de verlo me ha colmado de energía positiva, tal como sucedía cuando mis padres me traían aquí. Reparo en que, aunque hay personas que prefieren ejercitarse por su lado o simplemente relajarse en soledad, lo que predomina en el escenario son múltiples familias. Me quedo observando como algunos adultos juegan con los niños lanzándose pelotas de plástico o frisbees y otros que, simplemente sentados en la frescura del pasto, disfrutan de la hermosa tarde admirando la rebosante felicidad e hiperactividad de sus hijos.

El júbilo me envuelve con sólo apreciar este ambiente, con permitirme abrazar por la calidez del clima, con oír las rimas que transmiten las hojas verdosas al mecerse al ritmo del viento, las que su vez se mezclan de forma parsimoniosa con las risas traviesas de los niños y, claro, como no destacar la paz que transmite la majestuosidad de los árboles más añosos.

La puerta siendo cerrada con brutalidad me saca de mi arrobamiento.

—¡Devuélveme la puerta! —Se dirige a Dylan con sarcasmo—. ¡No dejes que tu novio se ande pasando de la raya, Zaray! —grita, paternal, desde adentro—. ¡Disfruta tu cita, pequeña Azucena! —Termina Marc para luego acelerar y perderse en la distancia.

Me agradaría decir que Marc es un viejo conocido nuestro por la presta afinidad que surgió entre todos en cuanto lo tratamos, pero no, sólo lo es de Dylan. Marc es aquel ser bondadoso que se encarga de llevar al mimado a todos lados y al parecer se tienen mucha confianza porque me sorprendió que él supiera más de mí que yo misma. Durante el trayecto desde casa se dedicó a subir mi autoestima diciéndo que me veía más radiante que el sol, también se esmeró en aconsejarme para que no cometiera errores dentro del plano sentimental y me dio excelentes recomendaciones respecto cómo amarrar a un hombre sin recurrir al matrimonio ni al embarazo. Lástima que sea un hombre divorciado, pues sé que muchas son las mujeres que se pierden de un partidazo como él, y mucho más lamentable es que no tenga hijos con los que compartir sus anécdotas y experiencia. Con sólo verle supe que trataría con una gran persona, tristemente muchas veces sucede que nosotros mismos no somos capaces de poner en práctica consejos que les brindamos a otros y si lo hacemos, no siempre resulta como se espera como al parecer creo que ocurre en el caso del adorable Marc.

—Toma. —Zaray extiende y me hace entrega de un pequeño trozo de papel. Al abrirlo y leer sus escritos noto que son indicaciones.

―¿Qué...? ―Algo confusa me dirijo a mis amigos quienes, en escasos segundos, ya llevaban unos cuantos pasos lejos de mí—. Creí que me acompañarían. —Medio grito.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora