Disfraz

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-Yo soy el anticristo- dijo el joven pálido parado desnudo en el círculo de velas negras, con su sonrisa más seductora- si no me crees, acércate y tócame.

La muchacha, tímida como siempre, apenas levantó la vista y avanzó con recelo unos pocos pasos dentro del círculo de luz tenue.

-No tengas miedo, mi oscuridad será nuestro hogar. El mundo estará a tu disposición. Ven, acércate.

La joven, incómoda en su propia desnudez, sonrió divertida y caminó hasta quedar a un paso de él. Sintió sus brazos huesudos tomarla suavemente por la cintura y por primera vez lo miró a la cara con ojos celestes refulgentes y profundos. El chico disfrutó una suave caricia en su mejilla un momento antes de que un dedo largo y puntiagudo le atravesara la garganta. El asombro y el dolor se agolparon en su cabeza mientras intentaba zafarse de esa garra y la sangre le llenaba la boca y comenzaba a caer sobre su pecho. Segundos antes de morir en horrible agonía, escuchó la suave y melodiosa voz de la chica que lo corregía:

-El anticristo, muchacho, no viste de hombre.

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