Diciembre, 2015 (I)

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Conocí a Isabelle por fin dos meses y medio después de que Dorian y yo empezáramos a vivir juntos. Fue un fin de semana en el que Emily había vuelto a casa para visitar a su familia y yo le había dicho a Dorian que también me iría, ya que era el cumpleaños de Noah y pensábamos celebrarlo en mi ciudad. Al final, los planes se cancelaron y yo decidí quedarme también.

Creo que eso molestó un poco a Dorian. No molestar en el sentido de que se enfadara, sino más bien... no sé. Creo que le fastidió. Tal vez esperaba estar a solas con Isabelle, o... En fin. Sé que eligió invitarle ese fin de semana porque sabía que nosotros nos íbamos, y que yo me quedara fue un contratiempo que no le agradó.


Dorian salió del piso el viernes por la tarde sobre las cinco o las seis. Ya empezaba a anochecer, y le vi pasar por el pasillo de forma apresurada; había estado limpiando su habitación y creo que se le había hecho tarde. La estación no estaba demasiado lejos, pero supongo que no quería hacer esperar a su amiga.

Volvió como una hora y media después. Yo estaba en la cocina preparado las cosas para la cena cuando escuché la puerta abrirse y asomé la cabeza.

Dorian sonreía como nunca le había visto sonreír hasta ese momento. Creo que ni siquiera reparó en mí mientras entraba e invitaba a la chica que le acompañaba a que hiciera lo mismo. Ella arrastraba una pequeña maleta y se quedó de pie en el recibidor en cuanto cruzó la puerta.

—Hey —saludé, saliendo de la cocina. Dorian por fin pareció darse cuenta de que estaba allí y me señaló con una mano.

—Él es Aaron, mi compañero —me presentó. Yo le dediqué mi mejor sonrisa a su amiga—. Ella es Isabelle.

La sonrisa de la muchacha fue más bien tímida, pero educada. Dorian la invitó a pasar y fue directo a su habitación para que dejara las cosas antes de enseñarle el resto del piso.

Yo volví a mis quehaceres en la cocina, mientras repasaba mentalmente la imagen que me había transmitido la muchacha.

La primera impresión había sido buena. Amable, tímida. Dorian la adoraba, ya fuera con connotación romántica o no. Tenía el pelo castaño claro, con reflejos casi rubios, y lo llevaba recogido en una coleta algo desastrosa, dejando mechones sueltos. Llevaba flequillo recto y gafas cuadradas, de pasta negra, que le daban aspecto de ser una chica inteligente. Sabía que no era garantía de que fuera lista; había muchas chicas con ese aspecto en mi clase de Neurobiología Celular que destrozaban su imagen de intelectual en cuanto abrían la boca.

En resumen, Isabelle me había dado buena impresión. Me recordaba un poco a Abigail, en el sentido de que era discreta y sencilla, aunque vestía un poco más informal que ella, con vaqueros, sudadera y zapatillas. Se la veía cansada, supongo que del viaje, y algo que me resultó gracioso fue que tenía casi tantas ojeras como Dorian. Era casi como ver una versión femenina y castaña de él.

Nuestra casa era pequeña y no tenía mucho que enseñar. Escuché que la llevaba al salón y luego la trajo a la cocina, donde volví a sonreírle con amabilidad mientras intentaba no ser demasiado obvio en mi escrutinio. Intercambió un par de frases con Dorian sobre el tamaño de nuestra cocina y bromeó sobre lo mucho que le extrañaba que estuviera tan limpia si vivía él allí. Incluso sus bromas sonaban cariñosas. Me gustaba aquella chica para mi compañero de piso, sí.

Como el chico simpático que todo el mundo se pensaba que era, le pregunté a Isabelle sobre cómo había ido su viaje y sobre cuánto tiempo se quedaría. Parecía que le daba algo de vergüenza hablar conmigo, pero igualmente lo hizo. Se iba el domingo por la noche, ya que el lunes tenía clase por la mañana. Les comenté un par de sitios cercanos donde podrían ir a cenar y por los que salir, si querían ir de fiesta, y cuando ninguno de los tres supimos de qué más hablar volvieron a la habitación de Dorian.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora