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Esa tarde el cielo parecía amenazar con una tormenta eléctrica, así que ella decidió quedarse en su cuarto. No tenía ganas de pescarse una pulmonía. ¡El clima estaba loco! Cambiaba de un momento para otro. Seguro, debido al calentamiento global.

Se había sentado cruzada de piernas en el medio de su cama, esperando que el sol se ocultara y jugueteando con la pluma de Dante, que ya daba lástima de tanto que la había manoseado. Las luces de los faroles que se colaban por la ventana eran la única fuente de iluminación de la habitación. Ella así lo prefería.

─¿No vas a encender la luz?

─¡Ah! ─saltó Jo, y la pluma voló por los aires.

Como siempre, él había aparecido de repente, asustándola. ¿Nunca iba a aprender a no hacerlo? Estaba de pie junto a la chica, pero ésta no se había percatado de su presencia, hasta que le habló. No era que su voz diera miedo, todo lo contrario. El problema era que Jo se asustaba de cualquier cosa. A Dante todavía le extrañaba que no hubiera huido despavorida. Estaba seguro de que en algún momento lo haría.

─¿Cómo puede ser que todavía te sobresaltes de esa forma? ─dijo el hermoso muchacho, lleno de gracia.

─¡Es que siempre me agarras desprevenida, hombre! ─exclamó, levantando la pluma del suelo.

─¿Todavía tienes eso?

─Lo considero un amuleto personal. ¿Luego podrías darme otra? Ya ni siquiera se nota lo que es.

─¡Pues, claro, si duermes estrujándola! ─se quitó una, esta vez mucho más grande y se la dejó a los pies de la cama─. Toma, es una de las más bonitas que tengo.

─Gracias. Aunque... no deberías mutilarte de esa forma. Vas a terminar quedándote calvo ─le sonrió.

─¡Pero si tú me la pediste!

─¿Y? ¿Acaso harás todo lo que yo quiera?

─No todo... algunas cosas las prohibe la naturaleza.

Cada vez que veía a ese joven, con sus ojos violáceos y su cabellera de ébano, todos sus problemas parecían desaparecer de forma mágica. El mundo entero se desvanecía. Para Joanna solo existían ellos dos. Una chica medio loca y un ser misterioso que parecía salido de un sueño. Su madre los definiría como una psicótica y su alucinación. Era triste pensar así, pero hasta cierto punto, parecía verdad. Ella se lo seguía cuestionando en ciertas ocasiones. Si no fuera por la evidencia física...

─¿No quieres que prenda la luz? No se ve nada.

Ella se estiró y encendió el velador

─Listo. ¿Contento?

Era obvio que esbozaba una sonrisa. ¿Qué obsesión tenía con las luces?

─Ahora sí, porque puedo contemplarte mejor ─respondió inclinándose hacia ella.

─¿No irás a comerme, no?

─¿Comerte? ─esa chica a veces lo confundía.

─Por un segundo me recordaste al lobo de Caperucita roja.

Dante carcajeó.

─¿Quieres sentarte? ─ella le hizo una seña para que la acompañara.

─Preferiría que no... ─sugirió Dante, reflexivo, y se apoyó contra la pared─. No quiero acercarme demasiado a ti, podría tocarte sin querer.

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!