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—¡¡TERREMOTO!! —Escucho los gritos desesperados

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—¡¡TERREMOTO!! —Escucho los gritos desesperados.

Y morí.

Mi fin.

...

Tengo el corazón latiendo en la palma de mi mano y todo por culpa de los dos cavernícolas que tengo por amigos. Los muy infames se atrevieron a profanar la tierra bendita de mi cuarto y no sólo eso, osaron posar sus inmundos cuerpos en mi sagrada cama y no conformes con ello, excedieron los límites al despertar de su letargo a la Diosa que reside dentro de estas cuatro paredes.

Despertaron su furia y...

Tal vez aún estoy medio dormida, a pesar del susto.

Con la visión un tanto nublada distingo a dos seres acuclillados a mis costados, la complexión de cada uno me permitió identificar quien estaba a cada lado, aun así, no podía distinguir sus rostros. No sé si alucino o la ficción se está volviendo realidad pero estoy segura de que sus sonrisas nebulosas lucen bastantes demoníacas.

De pronto se ponen de pie y se ubican rectos en los laterales de mi cómoda y adorada cama.

Me dan miedo estos dos. Espero no planeen nada en contra de esta ya denigrada persona, debería haberles bastado con despertarme de esa forma tan brutal y despreciable. Aun así, muy bien sé que algo extraño debe haber en ese comportamiento inusual que mantienen. No hablan, sólo sonríen.

Parpadeo seguidamente hasta recobrar la potencialidad de mi visión, entonces, me percato de aquel detalle.

Sus manos, no veo sus manos.

Y la respuesta a la pregunta anterior: No, no era suficiente.

Mi rostro estaba completamente mojado, mi cabello de igual modo y para qué decir cómo quedaron de empapadas mis almohadas y el cobertor.

Mi amado cobertor de Elmo.

Sólo tres palabras tengo para ellos—: Me las pagarán.

Me levanto con una poderosa convicción fluyendo por cada vena y artería, me apresuro en tratar de alcanzar a los subnormales que se adelantaron a mis movimientos corriendo en dirección a la puerta de mi habitación. Ah, pero como de ninguna manera iba a rendirme es que, en el plan de ir en su búsqueda para llevar a cabo una venganza inolvidable, fui atrapada por la sabana que se había adherido a la piel de mi tobillo producto de la humedad. Casi caigo por ese obstáculo no previsto pero al desenredarme victoriosa es que aprendo una nueva lección: asegurarse de que el perímetro esté libre de todo peligro antes de cantar victoria.

Cuando al fin había logrado dejar atrás la molesta sábana con complejo de enredadera, con la visión algo obstaculizada por mi mojado cabello, es que al ser desviado mi curso por intentar de deshacerme del agarre de la tela choco de lleno contra la pared que está al costado del margen de mi puerta. Automáticamente después del golpe llevo mis manos hacia mi nariz, la víctima en este accidente.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora