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El día que me enrolé, un centenar de personas se agolpaban alrededor de La Falcon. Habían dispuesto un par de mesas junto a la entrada de la nave y en ella algunos miembros de la plana mayor iban anotando los nombres de los nuevos reclutas e informándoles de lo qué debían hacer. Yo permanecí en una de las filas al menos 5 horas. Avanzábamos despacio y las trifulcas, porque alguno que otro se colaba o no era apto para servir, eran muchas. Cuando por fin llegó mi turno me encontré frente a una mesa de metal y al otro lado a un joven sentado que me miraba de arriba a abajo, analizándome. Era un ressano, con el pelo corto, oscuro y repeinado. Llevaba un uniforme elegante y reluciente de tonos negros y grises. Por supuesto yo sabía quién era él: Orion Lars era un personaje público. La mayoría le conocían por ser hijo del presidente del nuevo gobierno, Orphen Lars, un héroe de guerra ressano con innumerables menciones que había sido el cabecilla de los rebeldes y quien había devuelto la democracia a A'tla. Pero lo cierto es que si yo le conocía no era por ser hijo de su padre sino de su madre; la cantante Meganne Plagis. Sus canciones hablaban de paz, de libertad, de amor... me las sabía todas, conocía todas sus letras y normalmente, cuando me encontraba animada en mis días de soledad, solía canturrearlas. Muchas veces no podía dormir porque no lograba sacarme aquellas canciones de la cabeza.

Me di cuenta de que Orion me miraba sonriente, no era el único. Me había quedado demasiado tiempo embobada contemplando a aquel hombre e inconscientemente mi cola se había vuelto loca y se agitaba rápidamente de un lado a otro. Al darme cuenta me ruboricé y mi piel se volvió más roja de lo normal. Con una mano la aferré para que se quedase quieta. A veces me pasaba, no podía controlarlo, del mismo modo que no podía evitar que las orejas se me levantasen cuando escuchaba algún ruido que me sobresaltara. En esos momentos era cuando más comprendía a mis hermanos: el instinto era un engorro. Si hubiese vivido en Ayari aquellos actos involuntarios habrían pasado desapercibidos pero en A'tla era incómodo porque muchos me miraban y me trataban como a una mascota ‒por no hablar de los Gaeanos que casi siempre me perseguían con palos y armas rudimentarias como si yo fuese una bestia o un monstruo‒.

‒¿Nombre? –dijo Orion. Por su tono supe que no era la primera vez que me lo demandaba y sin embargo no había oído nada de lo que anteriormente me hubiera podido decir.

‒¡Tengo dieciocho años señor! –mentí tartamudeando y sujetándome con más fuerza la cola.

‒Muy bien –dijo anotándolo en el computador–. ¿Y cómo te llamas?

‒Pekachakanawari Kanna.

‒¿Por qué crees que puedes resultar útil en esta nave Pekachakanawari? –me volvió a preguntar pero, como no respondí de inmediato, siguió preguntándome‒. ¿Sabes pilotar? ¿Reparar computadores?

‒No –negué con la cabeza y de nuevo, sin poder controlarlo, mis orejas de zorro se inclinaron hacia abajo por culpa de mi tristeza y frustración.

‒Eres mestiza de ayariel, ¿verdad? –Yo afirmé de nuevo con la cabeza–. Entonces imagino que serás una buena rastreadora. Puedes sernos de utilidad en misiones de exploración –Volvió a teclear algo en el computador y la máquina escupió una especie de tarjeta–. Toma, camarote 503. A lo largo del día de hoy recibirás instrucciones. Bienvenida a La Falcon.

Cogí la tarjeta y salí corriendo: había hecho un ridículo espantoso.

Para acceder a la nave también tuve que esperar. Los guardias de la puerta y un par de robots de seguridad estaban examinando a cada uno de los reclutas que iban entrando, así como sus petates y pertenencias. Me atendió un soldado bastante arisco que de mala gana me pidió el carnet para acceder a La Falcon. Cuando se lo di hizo como que lo leía y me dejó pasar tras cachearme y comprobar que no llevaba ningún objeto oculto. Después me inspeccionó un pequeño robot que se presentó como PR-30.000, me escaneó de algún modo y me pidió que le acompañase mediante una serie de pitidos ininteligibles. Pensé que me escoltaría directamente a mi camarote pero no tardé en descubrir que PR me había llevado al nivel 3, a lo que parecía la enfermería, y tras dejarme allí se esfumó.

‒Por favor, introduzca su tarjeta de tripulante en la ranura –me dijo otro robot. Éste tenía forma humanoide. Hice lo que me pidió y comenzó a chequearme con distintos artilugios–. Pekachakanawari. Hembra. Mestiza. Dieciocho años. Diagnóstico: Síntomas de desnutrición. Síntomas de deshidratación. Principios de anemia. Parásitos internos. Parásitos externos. Tratamiento: Desparasitar. Suero. Efficom tres veces al día. Ferromina una vez al día.

Cuando el médico mecánico terminó su diagnóstico me pidió que me sentase en una silla y se marchó a atender a su siguiente paciente.

No tardó mucho en llegar una mujer ressana. Se presentó como Jen y me entregó los medicamentos que el robot me había prescrito, me explicó como consumirlos y utilizarlos y me acompañó hasta unas duchas donde debía bañarme con un champú especial para los bichos. También me dio algunas mudas interiores, un mono de trabajo negro y otro beige y se llevó la ropa que llevaba.

Aunque el agua era algo que aborrecía, me gustó poder ducharme con agua caliente, algo que no había podido hacer desde que tuve que huir a refugiarme en los suburbios. No me había dado cuenta de lo sucia que estaba hasta que vi como la plataforma de la ducha se puso negra con la roña de mis pies. Cuando terminé de lavarme siguiendo las instrucciones que aparecían en el bote, me sequé y fui a ponerme mi nueva vestimenta pero aquel mono estaba hecho para ressano y carecía de abertura para mi cola así que rasgué con los dientes la ropa por donde más o menos calculé que debía hacerlo: ya lo cosería más adelante. El uniforme me estaba un poco grande y tuve que arremangármelo de pies y manos. Como no me habían dado zapatos no me quedó más remedio que salir descalza. Fuera Jen me esperaba.

‒Pareces otra –dijo y miró mis pies de humano–. ¿Qué número calzas?

Como no lo sabía me encogí de hombros y ella me llevó al almacén contiguo. Estuvo probándome zapatos hasta que encontró unos que me sirvieran.

‒Ya estás lista para servir en La Falcon –me felicitó con una sonrisa–. ¿Cuál es tu camarote?

‒El 503 –respondí.

‒Entonces somos compañeras de habitación. Ven, te llevaré hasta allí.

El camarote estaba en la misma cubierta 3, al fondo de un pasillo muy largo y mal iluminado.

Jen abrió la puerta. Dentro había otras dos personas. Una era una mujer de unos treinta y tantos, morena, con algunas canas y cara de pocos amigos: ni siquiera me saludó, estaba tendida en una de las literas superiores leyendo algo en su computador. Se llamaba Lessa D'Jun y más tarde supe que era experta en comunicaciones. La otra también era una hembra (lo sé porque ella me lo dijo), un insectoide de cerca de dos metros de altura, flacucha y de color verdoso, bípedo. Con antenas, mandíbula externa, ojos saltones y cuerpo duro: una mezcla de hormiga-grillo. Curiosamente hablaba ressano aunque de forma seseante y muchas veces, al pronunciar ciertas palabras, se le caía la baba. Yo jamás había visto nada igual, y me daba bastante miedo en un principio, pero era muy educada y simpática; se presentó como Su-Ska-Fá, una eppin. Ella al parecer tampoco había visto nunca a un ayariel y se interesó mucho por mí. Era muy mañosa, le encantaban las máquinas y la tecnología y siempre llevaba consigo su cinturón de herramientas. A ella le habían designado tareas de mantenimiento de la nave. A la última de mis compañeras de camarote ya la conocía: era Jen Sealey, estudiante de xenobiología, una joven ressana, de pelo rubio y ojos claros que siempre estaba sonriendo.

El dormitorio solo contaba con dos literas, cuatro taquillas y un escritorio sobre el cual había un computador bastante obsoleto.

‒¿Has comprobado ya tu destino? –me preguntó Su-Ska-Fá.

‒No –respondí intimidada por aquel ser tan alto. Yo apenas llegaba al metro cuarenta.

La eppin se acercó al computador e introdujo en él la tarjeta que Orion me había dado aquella misma tarde.

‒O.E. –me dijo el enorme bicho–. Mañana a las 07:00 en el hangar de la cubierta 2.

‒¿O.E.? –pregunté.

‒Operaciones Especiales –me explicó amablemente Jen–. Normalmente son los encargados de los trabajos en tierra; creo que es una tarea que te puede ir muy bien. Se encargan de exploración, suministros, rastreo...

Mientras me explicaba las funciones de mi cargo, guardé en la única taquilla que quedaba libre las pertenencias que me habían dado al ingresar en La Falcon: aquello era todo lo que tenía.



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