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No quería pero debía, como la adulta que soy debo dar cara a mis problemas

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No quería pero debía, como la adulta que soy debo dar cara a mis problemas... pero me resulta tan difícil, de hecho ni siquiera he podido conseguir que mis articulaciones trabajen pues se niegan a obedecer las órdenes que les dicta mi cerebro, me he petrificado como hace unos instantes había sucedido a causa del susto ocasionado por mi distracción en las calles y, en realidad, no creo que esta situación sea muy diferente, sólo que esta vez no estoy asustada, estoy aterrada.

Yo siempre he preferido alejarme de lo que puede resultar dañino, aunque, con el paso de los años me he dado cuenta de que nada puede ser más nocivo para el alma que mantenerse al margen de los problemas y aparentar que éstos no te afectan, sin embargo, lastimosamente continúo con la misma actitud pusilánime de siempre pero pretendo acabar con mi cobardía algún día, cuando me sienta preparada para dar cara a los contratiempos.

¿Pero cuánto tiempo puede llevar eso? Claramente no en cuestión de horas, y justamente en estos instantes es cuando debería saber cómo enfrentarme a uno de ellos, uno que yo misma provoqué.

Dylan nota que probablemente reanudaré la marcha el día en que Pinky y Cerebro conquisten el mundo, así es que le pide a su acompañante que le siga no sin antes rodar los ojos exageradamente en mi dirección. Su rostro fastidiado lo único que dice es algo semejante a: ''Si te atreves a arrancar soy capaz de arrancarte el útero'', lo sé porque ya me ha dicho algo como eso en otras ocasiones.

Pero no sería mala idea —no lo del útero—, porque, por más cerca que se encuentren, aún tengo tiempo para correr.

Bien, aquí vamos.

En sus marcas, listos...

Ay por favor, acéptalo, no tienes diez años, no es como si debieras correr a ocultarte para evitar un gran regaño, además, no tienes estado físico.

Había hecho el ademán de reanudar el paso pero opté por devolver la pierna alzada a su lugar y mantener mi postura de estatua ya que el inicio de la tarea de acabar con mi cobardía podía empezar desde ya.

Pero la intranquilidad estaba acabando con mis nervios acrecentándose con cada paso que ellos daban en mi dirección. Mientras ellos más cerca se hallan, mucho más aumentan los latidos de mi corazón, tanto que incluso creo que ya habré viajado al otro mundo para cuando lleguen a mí.

De pronto un escenario fatalista fue sugerido por mi gran imaginación angustiándome de sobremanera. Rayos, sé muy bien que Alan acostumbra retrasarse —para todo—, pero si el día de hoy decidiese hacer una excepción por el motivo que sea y llega justo en este preciso momento yo, yo...

—Sé que planeabas escapar, te juro que si lo hacías te hubiera arrancado... —Dylan me sacó de mis cavilaciones con unos susurros que me provocaron unos desagradables escalofríos.

—El útero, lo sé. —Terminé de decir en un hilo de voz, sintiéndome totalmente derrotada.

—¿Estás bien?, tienes cara de que estar aguantándote la diarrea —parloteó abiertamente, y con toda la confianza del universo.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora