No sentía miedo. Estaba sorprendida. No le pareció que él quisiera hacerle ningún daño. Lucía tan inocente... Con su expresión, él le daba a entender que estaba segura, que no la lastimaría. Pero permanecía alejado, a una distancia prudente.

Era un muchacho que no tendría más de veinticinco años. Llevaba puesto un largo saco de cuero negro y poseía una belleza angelical, aunque no en el sentido estricto de la palabra. Había algo sombrío en él. Sus facciones eran perfectas, pero su expresión era de la más absoluta desdicha. ¿Cómo podía estar tan triste alguien tan bello? ¿A qué se debía ese sentimiento, y por qué ella lo experimentaba como si fuera suyo? Tenía ganas de llorar, pero se resistió. Sabía que debía guardar la compostura frente a aquel extraño.

Ese joven no era como nadie que hasta entonces hubiera visto. Había algo sobrenatural en su presencia. Solo que... ella no creía en esas cosas. Comenzó a recorrer sus rasgos, minuciosamente, intentando descifrar qué era lo que la fascinaba de ese ser tan hermoso.

Su cabello era lacio, muy lacio, y largo, de un color negro azulado que reflejaba la luz de la luna. Se movía debido al viento, pero no como el de Jo, sino que lo hacía de manera suave, delicada; parecía poesía en movimiento.

Sus ojos eran de color violáceo. Deslumbrantes, misteriosos. Estaban clavados sobre ella, traspasándola, y transmitiéndole una profunda melancolía y un inexplicable e intenso dolor. Era como si estuvieran leyendo su alma, explorando cada rincón en busca de algo. Esos ojos... Ya los había visto antes. No podía desviar la mirada, por más que quisiera. Fue él quien lo hizo, después de unos cuantos segundos. Apartó súbitamente su vista de la de Jo, como si le hubiera costado un enorme esfuerzo, y bajó la cabeza apretando con fuerza sus puños.

Joanna y el extraño permanecieron sin moverse, como si el tiempo se hubiera detenido. Ella lo veía y él miraba el suelo.

Él continuó silencioso y aguardando, tal vez, a que ella fuera la primera en actuar. Como si no quisiera hacer nada que la asustara, como si ella pudiera huir en cualquier momento.

La joven quería decir algo, pero no sabía qué palabras pronunciar. No se le ocurría nada. Tenía la mente en blanco, como una tonta.

¿Si vieras a un ser perfecto en tu terraza, cuáles serían las primeras palabras que le dirías? —se preguntó.

Ése muchacho le resultaba tan familiar... ¿Dónde? ¿De dónde lo conocía?

De pronto recordó la noche anterior, y se estremeció. Fue una visión fugaz, una imagen reflejada en su televisor.

¿Quién es este joven tan extraño? ¿De dónde viene? ¿Por qué me sigue?

Recordó las palabras de advertencia de su abuelo: Uno de los otros te anda buscando.

¿Quiénes eran los otros a los que se refería? ¿Los otros qué?

¿Por qué no le había preguntado cuando había tenido la oportunidad?

Un sinfín de interrogantes se agolparon en su interior. Tantos, que creyó que iba a explotar. Tenía taquicardia. Su respiración se aceleró. Sus manos comenzaron a temblar y se agarró la cabeza en un intento por controlar los nervios. Algo no andaba bien. Nada bien.

Al verla reaccionar de esa manera, él se asustó y dio un paso hacia atrás, instintivamente, hacia la penumbra de donde había surgido. Se había ocultado nuevamente en las sombras. Sabía que se había equivocado, pero no podía hacer nada, ella ya lo había visto. Sabía que existía. Todo hubiera sido más fácil si hubiera cumplido con su misión. Lo sabía. Se dispuso a partir.

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!