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Hay ochenta y dos libros en mi biblioteca. Hace un tiempo los ordené por orden alfabético según el nombre del autor. Más tarde, los cambié siguiendo el orden de sus apellidos. No tardó en perder sentido. No me acordaba quién había escrito esas historias, sólo sabía sobre sus habitantes.
Entre esos libros hay cinco que nunca leí. Uno es de terror. Supongo que soy demasiado cobarde para enfrentarme a las pesadillas que puede brindarme su interior. Tiene a la muerte en la tapa y a veces siento que me mira cuando apago la luz. Dos de los cinco libros pertenecen a una saga del género policial. Siempre me incliné por la fantasía y, aunque sé que prometen ser completamente interesantes y atrapantes, los suelo evitar y tomar algún otro libro.
Los otros dos libros que no leí, no me pertenecen. Los robé de la biblioteca cuando nadie me miraba. La culpa me prohibió abrirlos durante los primeros días, pero ahora mi temor es que salga la bibliotecaria de sus páginas y me reprenda por mi robo.
La biblioteca está a los pies de mi cama y me deja jugar a "el piso está hecho de lava" sin abandonar la lectura.
Puede que por eso nunca salga de mi cuarto, a pesar de los retos de mi hermano que está a cargo de mí. O capaz porque es la cueva perfecta para alguien que se resiste a salir de la casa alguna vez en su vida.
Entre libros y casi todas las redes sociales cerradas, logré apartarme del mundo exterior. No había nada que pudiera darme. Yo prefería vivir ahí, en la Ciudad de Cristal, en Phoenix, en la plataforma nueve tres cuartos, en un bosque encantado o en un internado plagado de seres sobrenaturales, ángeles y demonios. ¿Para qué quería el mundo real? Los libros no herían tanto como el afuera.
Claro que mi hermano no lo creía así. Ni él ni su esposa. Quieren que salga. Lo intentaron incontable cantidad de veces, pero no hay modo posible. Así que ella cedió en algún momento y se convirtió en mi aliada contra el mundo.

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