— ¿Te acompaño a casa? —pregunta el pelirrojo a mi lado.

La mañana había transcurrido en un parpadeo, los últimos días los sentía así, cortos, como si las horas que paso junto a Stephane son insuficientes.

Me mira con sus ojos claros y el pelo alborotado.

Alzo la cabeza para mirarlo y asiento.

Stephane me tomo de la mano y nos llevo hasta mi coche.

Arranque el auto y lo puse en marcha.

— ¿Algún día me dirás donde vives? —pregunto sin despegar la vista del camino.

—Claro, el día en que decidas acompañarme —responde como si fuera lo más obvio.

—Eso lo usas como pretexto —agrego.

—No diría que es un pretexto, es como un as bajo la manga.

— ¿Me crees demasiado curiosa? —pregunto y lo miro mientras nos detenemos en un semáforo en rojo.

— ¿No le eres?

Me guiño un ojo y puse los ojos en blanco, el sonríe levemente y se acerca a mí para besarme con lentitud hasta que unos bocinazos arruinaron el pequeño momento que estábamos formando.

Me separo de él y pongo el auto en marcha nuevamente, nunca había sentido mi rostro hervir con tanta violencia.

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Apago el motor y cada uno bajo por su lado, pongo las manos en los bolsillos de mi chaqueta al sentirlas congeladas, miro hacía el cielo, unas nubes negras se apoderan de ella; pronto lloverá.

— ¿Te quedas? —le pregunto a Stephane quien me mira y sonríe.

—Claro —responde.

Abro la puerta y entro en la casa con el pisándome los talones.

— ¿Tu padre no se encuentra, verdad?

—No, él nunca está en estas horas —respondo.

Dejo mi bolsa en el sofá y lo invito a pasar, voy a la cocina, tomo dos tazas y preparo café para entrar en calor.

— ¿No te sientes sola al estar aquí sin nadie la mayor parte del tiempo?

Me giro y lo veo recostado por la encimera.

Sirvo el café en las tazas y lo encaro.

—La verdad no, es costumbre —respondo mientras me encojo de hombros.

Su mano acaricia la mía por sobre la encimera, observo hipnotizada el movimiento de sus largos dedos sobre los míos pequeños.

—Siempre que te sientas sola, solo debes llamarme y vendré de inmediato.

El sigue con los movimientos de sus dedos y la electricidad en mi interior solo crece y crece. Solo puedo pensar en que son piezas de un misma rompecabezas.

—A juzgar por tus mejillas creo que me has malinterpretado de nuevo —lo miro, su sonrisa se vuelve lobuna y sus ojos brillan con éxtasis.

Observo como deja su taza sobre la encimera y se levanta para ponerse a mi lado, lo miro cohibida y con la taza aun a centímetros de mi rostro, el al igual con el suyo toma mi taza y la pone junto al suyo para luego acercarse aun más a mí y conectar nuestros labios en un beso que no se hizo esperar.

Sus labios rozaban los míos con dulzura, acaricia mi rostro con una mano y lo hace con tanta delicadeza que me siento derretir bajo su tacto.

Acaricia mi cabello con su mano sobrante y profundiza nuestro beso. Acaricio su cabello con mis manos mientras siento por primera vez el cálido sentimiento de querer más y más.

Alma Guerrera¡Lee esta historia GRATIS!