Capítulo 10.

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El día había comenzado de manera terrible, después de dormirse muy tarde por la madrugada había tenido más pesadillas, lo que era un poco extraño, puesto que desde que pasaba las noches leyendo en compañía de Joseph, dormirse luego no era un problema.

El humor de Emmeline estaba lo bastante mal cuando salió de su habitación, como para tener que darse cuenta que estaba cerca del mediodía.

¿Qué rayos había pasado? ¿Y cómo era que nadie la había despertado? Ni siquiera tenía a Jen o Kat cerca para ayudarla a cambiarse por lo que buscó un simple vestido y se lo colocó como pudo.

Molesta y confundida, bajó las escaleras tomando el camino de siempre al comedor, que por cierto, estaba vacío.

Soltó un bufido.

—Buenos días dormilona —oyó decir a Sebastian detrás de ella—. Te extrañamos en el desayuno hoy. ¿Estás bien?

Ella se giró enfurruñada.

—Me quedé dormida, desearía que alguien me hubiese despertado. Odio perderme el desayuno —masculló cruzada de brazos—. ¿Dónde están Jen y Kat?

Sebastian la miró con cariño.

—Bueno, Beth creyó que quizá querías dormir un poco más para estar descansada para la fiesta de esta noche.

El rostro de Emmie se ensombreció. La maldita fiesta, organizada como celebración del compromiso de Margarite, un compromiso misteriosamente apresurado, según comentaban. Poco le importaban a Emmeline los chismes, casi siempre mal infundados y comenzados por la supuesta amiga de la joven, Portia Davenport. Quien detestaba a Emmie y siempre buscaba alguna forma de hacerla sentir incómoda, o al menos mencionar que ella era una campesina que ignoraba las reglas de la alta sociedad cuando Emmeline cometía o decía algo inapropiado o fuera de lugar.

—Creí que estarías emocionada, Emmie. Hace casi una semana que no asistes a ninguna. Además, ustedes parecían llevarse bien.

—¿Con Margarite? Si, ella no está mal. —Se encogió de hombros—. Supongo que tendré que buscar algo que hacer hasta la hora del almuerzo —sonrió con picardía—. Quizá ayudar en la cocina... —Se propuso a sí misma—. Sí, eso es lo que haré. Te veo luego, Sebastian.

Pero ayudar en la cocina no fue una buena opción. No había nada que ella, y al parecer sus torpes manos, pudieran hacer allí.

Entonces, sin ningún cambio en todo el resto del día, al llegar la tarde y tener que cambiarse para la fiesta, sus ánimos solo estaban para ir a la cama y rogar por no tener más de una pesadilla por noche.

El vestido era uno de los regalos que su madre le había enviado desde Francia hacía una semana con una de sus no demasiado informativas cartas. Era, por supuesto, bastante más ajustado de los que ella usaba regularmente, y muy voluminoso, lo que lo hacía extra incómodo. Pero era bello y eso no podía negarlo, de un color rojo sangre con volados negros en la parte más inferior y un moño trasero a la altura de la cintura.

Jen y Kat estaban encantadas, la peinaron y arreglaron por más de una hora, las que para Emmeline parecieron muchas más.

Finalmente estuvo lista para bajar.

Como era costumbre, los tres estaban aguardando su llegada en el pie de las escaleras. Los ojos de Beth se abrieron más de lo normal por un segundo y luego sonrió con placer. Sebastian tenía esa mirada de un padre orgulloso y a la vez dudoso por dejarla salir estando tan bella.

Joseph, por su lado, se quedó estático en su lugar, incapaz de reaccionar. Y así permaneció hasta que Sebastian le dio una palmada en la espalda.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!