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—Voy a decirle todo a tu noviecito

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—Voy a decirle todo a tu noviecito. —Su mirada desafiante estaba acompañada por una desagradable media sonrisa.

—No, por favor, te lo suplico, no le digas nada.

—Mi silencio tiene condiciones —dijo insinuante. No me pasó desapercibida aquella mirada que recorrió todo mi cuerpo, deteniéndose en puntos específicos del mismo.

—No voy a acceder a eso. —Anticipé la respuesta imaginando lo que me pediría.

—¿De qué hablas?

—De que no quiero volver a acostarme contigo —contesté segura, no quería que me viera vacilar.

—Eso quisieras. Lo que te voy a pedir es mucho más sencillo que eso.

—Pues dímelo. —No sé por qué escapó de mí un tono sulfurado, como si estuviera decepcionada.

—Conviértete en mi sumisa.

No podía creer su descaro.

—¿Q-qué?

—¡Que no seas remisa!, me refiero a lo que te pediré. —Sí claro, sé lo que escuché.

—¡E-está bien!, aceptaré cualquier cosa.

—Quiero que seas mi esclava. —Estaba impactada pero, de una u otra manera, también ansiosa.

—¿T-tu esclava? ¡¿Sexual?!

—¡No, chiquilla con mente de alcantarilla!, entiende, no volverás a tener el placer de acostarte conmigo. —No entiendo por qué sigo decepcionándome al oír su negativa con respecto a eso—. Verás, lo que sucede es que mi sirvienta renunció hace dos días porque intenté sobrepasarme con ella, pero, digamos que aquello no resultó bien... —Hace una pausa, revelando la incomodidad que le produce hablar del tema—. Como sea, a lo que quiero llegar es que requiero de alguien que ocupe su lugar.

Mi cerebro dejó de procesar sus palabras en cuanto dijo que quiso pasarse de listo con una mujer. No pude evitar pensar en lo que se perdió esa pobre chica, de seguro ha de estar arrepentida.

¿Qué? ¿Desde cuándo estoy teniendo esa clase de pensamientos?

—Espera... ¿Intentarás lo mismo conmigo? —Soné patéticamente anhelante.

—Tú sólo piensas en eso ¿no?, ya te lo dije, no tendrás sexo conmigo otra vez. —Otro golpe al pecho, no entiendo por qué duele.

—¡No quiero eso! —Traté de hacerle entender, y a mi corazón también.

—Como digas, entonces, ¿aceptas?

—¿Sólo por eso me buscaste? —Ahora, entristecida, es cuando más me he ridiculizado.

—Lamento romper tus esperanzas pero sí, tu cara de chica corriente me trajo hasta aquí, sólo espero que seas buena con los quehaceres domésticos. —Bueno, al menos lo vería seguido.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora