4

1.7K 150 27

—¿Dé qué hablas? —Mi voz se oye distorsionada debido a mi frustrado lloriqueo solitario y porque mi boca se halla un tanto bloqueada

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

—¿Dé qué hablas? —Mi voz se oye distorsionada debido a mi frustrado lloriqueo solitario y porque mi boca se halla un tanto bloqueada.

—Escuché tu llanto a un kilómetro y me preguntas de qué hablo —comunicó aún manteniéndose detrás de mí.

Su tono imperioso me advirtió de un futuro reproche.

—Me asustaste, pensé que un animal me devoraría o que un mal nacido me secuestraría para hacerme quizás qué cosas, sólo fue eso.

—¿Crees que hablas con Sophi? —farfulla Dylan en tono ofendido—. Créeme que ni ella caería en esa farsa y eso que siempre está demasiado ocupada consigo misma como para percatarse del ánimo de los demás.

—No exageres, ella no es tan egocéntrica. —Stop. Medito mis palabras—. Bueno, al menos no lo es durante las ocho horas que duerme.

—¡Ja!, ¿ocho horas? ¡Pero si ella no tiene idea de lo que es conciliar el sueño, As! —Percibo cuando se posiciona junto a mí para tomar asiento en la banqueta, a mi lado—. Sabes bien que todos los días son como viernes para ella. Además, estoy seguro de que debe serlo hasta cuando duerme, si es que lo hace.

Una risita débil escapa de mí a causa de sus habladurías.

Sé que está utilizando la singular egolatría que se tiene Sophie para alegrarme, pero ni eso servirá para animarme, aún me encuentro en modo desahogo.

—¡Ay, esa chica no cambia! —exclamé al aire con voz quebrada, desenterrando mi cara de su recóndito escondite.

—Y tú tampoco. —Su afirmación aceleró mi pulso de inmediato. Rayos, si continúa hará que... —. Sigues guardándote tus desasosiegos y esas amargas penas que te carcomen, como siempre, para no mortificar a tus cercanos. —Abandonó su puesto para posarse frente a mí, posteriormente se hincó y posó sus manos sobre mis rodillas. Yo, por mi parte, sólo me concentré en esos increíbles ojos para tratar de no desarmarme con sus siguientes palabras—. Entiende que eres muy importante para nosotros, que tu tristeza también es la nuestra y que ningún problema tuyo es lo suficientemente pequeño como para no interesarnos o dejarlo de lado. —Sonríe, comprensivo—. Tú eres la que se encarga de oírnos, de aconsejarnos, de consolarnos pero dime, ¿cuándo te toca a ti estar del otro lado?, que yo sepa eres humana como todos y tienes problemas como cualquiera. No te exijo que grites tus inquietudes a los cuatro vientos pero sí te pido que, si necesitas llorar, no vuelvas a acudir a un lugar espeluznante sólo para que nadie te oiga, para la próxima, y ya es la millonésima vez que te lo repito, ven y desahógate conmigo bebé, que no te seguiré siempre.

Tras ese regaño-aplaco me permití liberar tensiones lanzándome a sus brazos para cribar mis penas en su pecho. En poco tiempo ya había empapado su camisa con mi exagerado desahogo pero eso era algo que a él parecía no importarle aunque sé que debe ser desagradable sentir en tu piel una humedad originada por la mezcla de lágrima y mocos.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora