Introducción.

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Era uno de esos días perfectos tan comunes en las historias y tan raros en el mundo real. El tiempo era agradable y seco. A ambos lados del camino, los árboles maduraban de color. Las partes altas se habían vuelto de un amarillo similar a la mantequilla, mientras que aquellas hojas que invadían el camino estaban teñidas de un rojo intenso. Sólo los viejos robles parecían reacios a dejar atrás el verano, y sus hojas eran de una rara mezcla de verde y dorado.

Es decir, no podía haber mejor día para que siete pecados fueran expulsados del Pandemonio.

Lujuria, Gula, Avaricia, Pereza, Ira, Envidia y Soberbia.

En Pandora volvía a ser de noche, y reinaban varios silencios: el silencio más obvio era una calma hueca y resonante, formada por varias cosas que se echaban en falta. Si hubiera soplado el viento, éste habría suspirado entre las ramas desnudas de aquellos árboles que ya habían perdido la batalla. Si hubiera habido gentío en Pandora, allí se escucharía el barullo, y los gritos que solían formar Lisbeth y Diddi. O quizás los entrenamientos entre Luchia, Coraline, y Sheila. O quizás... pero claro, no había nadie. No se escuchaba nada. Apenas se veía algo, y no se sentía nada.

En cambio allí si que se escuchaban voces; gritos, sollozos, lamentos, maldiciones, oraciones... Una joven muchacha pudo observar cómo a lo lejos, en un descampado, se alzaba una gran nube de humo completamente negra. El lugar quedó repentinamente en silencio, como si aquellos que tanto se quejaban hubieran agudizado el oído para escuchar algo. Aceleró el paso, llegando así a aquel basto lugar. Miró a su alrededor logrando observar varios cadáveres, y entre ellos el de su madre. Tenía la ropa de color azul empapada y teñida de rojo. Una pierna se le retorcía de una forma absurda, y un hueso roto y muy blanco, sobre salía de la piel. Quedó atónita, sin poder apartar la vista de ella. Una parte de la joven, la cual aun razonaba, pudo darse cuenta de que estaba conmocionada. Se acercó a ella intentando apartar el cabello de su cara, pero se manchó de sangre. La luz de un fuego azul se reflejaba en sus ojos, fríos e inexpresivos. Parpadeó varias veces, mirando a ambos lados del lugar. No sólo era su madre, sino cientos de personas. Todas ellas bañadas en charcos de sangre. Algunos ya ni mantenían la cabeza en su sitio.

Oyó voces a lo lejos. Se asomó por detrás de un gran montículo de tierra, pudiendo observar así a seis figuras oscuras, de distintas estaturas. Escuchó risotadas histéricas, sádicas, infantiles y maduras. Había al menos más de dos niñas y más de dos jóvenes ya en mayoría de edad. La joven, quedó inmóvil, al ser testigo de cómo una de las pequeñas, la cual poseía un fino y corto cabello albino, teñido en las puntas de rojo, separaba uno a uno, con sus manos, los miembros de una persona que aún se mantenía con vida como podía, hasta conseguir su cabeza. Quedó estupefacta al ver como se lo pasaba a otra joven, bastante más alta: de cabellos degradados entre violeta y azul, y como ésta se limitaba a sostenerla en sus manos, palpando la sangre. También pudo observar cómo dos jóvenes, pequeñas, saltaban encima de otros cadáveres como si fueran una colchoneta. Y cómo una se divertía quemando los cuerpos para después obtener una pequeña luz. Por último, había una joven de cabellos rubios, la cual yacía en el suelo con una sonrisa. Intentó enfocar bien para observar lo que hacía, mas quedó absorta. Aquella joven se estaba alimentando de la sangre de los cadáveres como si de agua se tratase. Tragó saliva, y dió un paso hacia atrás. Pensó que nadie la había visto, que podría huir y refugiarse. Que si corría, tarde o temprano encontraría a alguien vivo y cuerdo que la ayudase. Pero todo aquello no eran más que simples sueños, que nunca se cumplirían. Pero le gustaba pensarlo. Tras ella, había otra joven que no había logrado ver junto a las demás. Ésta poseía el cabello negro con las puntas degradadas en un verde bastante llamativo. Sus ojos estaban bañados en el mismo color verde, pero tenían la curiosa cualidad de perderte en ellos. Su piel, a diferencia de la de las demás, era etérea y verdosa. La muchacha se sobresalto; cayendo al suelo y retrocediendo como podía para poder alejarse de la joven.

—Aun quedaba alguien más –comentó la aparecida con desdén y una mirada explicativa para sus compañeras.

Las jóvenes alzaron la mirada, guardando silencio y posponiendo lo que estaban haciendo mientras se acercaban. Rodearon a la joven, formando un corro a su alrededor. Cada una mostraba una sonrisa diferente, pero a la par similares, pues eran sádicas, arrogantes, frívolas, llenas de malicia, tétricas… La pequeña, que en un principio había despedazado a una persona cuerda sólo con sus manos, se acercó tras la joven para abrazarla mientras lentamente clavaba sus largas y afiladas uñas en el abdomen, para después deslizar las manos hacia abajo, desgarrando la piel. Las demás, sonreían mientras escuchaban gloriosas los gritos que soltaba aquella pobre muchacha que había tenido la mala estrella de cruzarse con ellas. Estaban cubiertas de sangre; sus manos, sus cabellos, sus ropajes, sus bocas… Una de las jóvenes, la cual poseía el cabello largo y azabache, se agachó cogiendo con la mano derecha la barbilla de la muchacha y obligándola a abrir los ojos. Mostró una leve sonrisa arrogante, mientras le invitaba a ver aquella atroz tragedia. El panorama dejaba mucho que desear. Y el olor a cadáver, carne putrefacta y sangre, era casi insoportable.

—Observa, este es nuestro campo de juego –añadió la desconocida mientras soltaba su barbilla bruscamente y dejaba que la albina siguiera con su trabajo.

La chica, alzó las manos y seguidamente las bajó. Aquel simple acto trajo consigo a bestias, cada una distinta, pero todas de las mismas raza; Chandrian. También denominados "Demonios Desgarradores". Esos siete Chandrian no lo dudaron dos veces ni esperaron órdenes. Se abalanzaron sobre los cadáveres, devorándolos uno a uno. Clavando sus afilados diente, separando miembros, tragando vísceras, bebiendo su sangre.

La noche había llegado, el Pandemonio se había cerrado. El silencio más obvio era el de la inexistencia.

....

“Tic- Tac. Tic- Tac. Tic- Tac. Caja de Pandora, abierta ahora estas.

Proyecto Pandora: Bienvenido al Pandemonio.¡Lee esta historia GRATIS!