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Que me parta el rayo que de seguro no aparecerá

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Que me parta el rayo que de seguro no aparecerá.

3, 2, 1...

No, no apareció.

Su semblante serio e impresionado, al contrario de todos los rostros del lugar que con burla me escrutan, me revela que había encontrado algo, ¿sería a mí, o sólo es una coincidencia? ¿Una maldita y desafortunada coincidencia? Aún con mis molestas dudas, no me quedaría a averiguarlo, al menos los desbocados latidos de mi corazón no me dejarían. No quería ser víctima de un infarto ahí mismo.

Ya me imagino a dos chicos socorriéndome. Já.

Alan y el desconocido, ambos están en el mismo sitio pero no pienso dejar que se vean las caras.

Sé que él estuvo a punto de detener mi carrera, pero, por aquel obvio motivo, las piernas de Usain Bolt reemplazaron las mías en ese instante, antes de que él siquiera pudiera dar unos pasos para retenerme por lo que logré salir del interior del local hasta llegar a la terraza en donde mis dos acompañantes aun esperaban por mí.

—Vaya, al fin lleg... —Empezó a decir Dylan. Tristemente, yo no estaba para bromas.

—Cállate. —Lo interrumpí a la vez que lo reprendía con la mirada.

Sin esperar comentarios tomé a los hombres por los antebrazos y con fuerza sobrehumana —tanto que debería pensar en postular a la academia del profesor Charles Xavier—, los llevé hasta donde mis limitadas capacidades me dejaran: la estación de metros más cercana.

Tenía a los dos a mis espaldas y yo sólo estaba alargando mi sesión de recuperación de aliento, ya que mi mente, independiente de mí, divagaba en las razones por las cuales ese chico podría haber estado ahí. Me angustia el sólo hecho de maquinar en que tal vez cursa estudios en la misma institución a la que asistimos o peor aún, que estaba buscándome, pero mi lado realista me dice que no debo preocuparme, que no debió ser más que una simple casualidad pues él no tenía formade saber dónde buscarme.

Temía encarar a los hombres que arrastré hasta aquí porque no quería preguntas, no si no tenía respuestas. De todas formas las harían, así que me armé de valor, me incorporé, me volteé y les di la cara, y no pude evitar estallar en carcajadas al ver sus rostros, aún daban grandes bocanadas de aire y estaban empapados en sudor. Estaban totalmente exhaustos sólo por haber corrido una pequeña e improvisada maratón, increíble de ver en dos machos, digo, en dos chicos como ellos.

—Oye pero qué... rayos... te sucedió... loca de patio. —Dylan inhalaba exageradamente antes de cada palabra y parecía exhalar el doble.

—A mí nada, sólo quería probar su resistencia —dije burlesca, sin duda mi pulso estaba más calmado que el de los dos chicos frente a mi juntos.

—Eres...odiosa —farfulló cerrando la discusión, pero en cuanto Alan se giró por unos instantes, descifré del movimiento de sus labios un «después hablaremos».

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora