Octubre, 2015 (II)

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—¡Pero mezcla eso bien!

La voz de Emily me hizo dar un respingo y casi se me cayó el bol al suelo.

No sé por qué Em había decidido que era una buena idea hacer tortitas para merendar, pero no parecía que aquello fuera a llegar a buen puerto. Ella se dedicaba a ir leyendo las instrucciones en su tablet en voz alta mientras yo mezclaba los ingredientes como buenamente podía; con un tenedor, porque no teníamos batidora. El huevo y la leche se habían mezclado muy bien, claro. Incluso el azúcar. Pero la harina formaba unos grumos enormes, y por más que lo removía aquello no parecía que fuera a formar una mezcla uniforme en ningún momento.

—Ya lo intento —me quejé—. Pero se me va a caer el brazo.

—Como si ese movimiento fuera nuevo para ti.

Intenté evitarlo. De verdad que sí. Pero no pude. Levanté el tenedor y lo agité en su dirección, salpicándole la cara de masa para tortitas.

—Y eso es lo que pasa cuando lo agitas demasiado...

Ella me miró entrecerrando los ojos, me llamó asqueroso y se limpió la mejilla con el dorso de la mano. Yo seguí intentando aplastar los grumos contra la porcelana del bol.

—¡Hola!

La animada voz de Emily me hizo alzar la cabeza. Dorian nos observaba desde la puerta, con curiosidad.

—¿Qué hacéis?

—Chistes de pajas —contesté, con una sonrisa—. ¿Te apuntas?

Emily rió y volvió a concentrarse en su tablet. Dorian se limitó a sonreír, pero por su expresión supuse que no le había quedado muy claro si estaba de broma o no.

—Vamos a hacer tortitas —aclaró Em, y se recogió un mechón de pelo rebelde tras la oreja—. ¿Quieres?

—Puedes echarnos una mano —le invité—, a ver si tú consigues que quede algo decente.

—Claro, dame.

Le pasé el bol con la mezcla y el tenedor y me senté a observarles. Emily había dejado la tablet sobre la mesa y estaba guardando los ingredientes que habíamos utilizado. Dorian sacó el tenedor, lo lamió y lo dejó en el fregadero. Luego, sacó una cuchara del cajón, y empezó a aplastar los grumos con ella.

Era una tarea para la que había que tener una paciencia de la que yo no disponía. Poco a poco fue consiguiendo que la masa quedara líquida, uniforme y bien mezclada, mientras Emily no dejaba de hablar hasta por los codos.

—Esto ya está —anunció Dorian, ganándose las alabanzas de Emily mientras la chica aprovechaba la ocasión para dejarme mal. Yo me limité a mostrarle el dedo corazón, con tranquilidad.

Era una escena digna de ver, tres universitarios veinteañeros frente a una sartén, intentando hacer tortitas redondas, que no se quemaran ni se pegaran y, en definitiva, que fueran comestibles.

Creo que esa fue la primera vez que escuché la risa de Dorian. Al menos, una risa clara y abierta, no disimulada ni reprimida.

No sé por qué, pero empezamos a hacer una tortita cada uno, por turnos, y empezamos una especie de competición. Cogíamos el cucharón, dejábamos caer la masa y esperábamos un poco para darle la vuelta con la espátula. Después de que Dorian hiciera La Tortita Perfecta y de que Emily casi le igualara, empezó un pique entre los tres en el que no salí demasiado bien parado.

Se me rompían. Era un hecho. No tenía la paciencia suficiente para esperar a que un lado estuviera bien hecho antes de darle la vuelta, ni para hacerlo lo bastante despacio como para no partirla. Por muy bien que se me diera la cocina, esa habilidad no se extendía a la repostería.

—¡Joder! ¡Me cago en la puta!

Fueron mis quejas y las burlas de Emily las que hicieron que Dorian riera a carcajada limpia, a mi derecha, mientras yo seguía peleándome con la sartén.

—¡Pero no te rías! —le dije. Mi tortita acababa de convertirse en un burrito ennegrecido, así que la saqué y le pasé los utensilios a Emily, que ocupó mi lugar en el centro—. Os pienso quemar mientras dormís.

Muy a mi pesar, yo también terminé riéndome. Soy un poco competitivo, para qué negarlo, pero la risa de Dorian era demasiado contagiosa, y yo me sentía bien al ver que cogía un poco más de confianza con nosotros.

Al final, la competición se limitó a ellos dos, y yo simplemente les vi cocinar mientras criticaba la redondez de las tortitas de uno y otro. Era lógico que no me dejaran desperdiciar más masa, a fin de cuentas, por lo que solo tuve que sentarme a esperar.

Comimos allí mismo, en la cocina. Emily sacó nata montada, azúcar y sirope de chocolate. Yo colaboré con fresas y plátano, y Dorian con miel, canela y helado de vainilla.

Nos pusimos como cerdos. Es la única forma que se me ocurre de describirlo. No recuerdo un empacho mayor que el de aquella tarde, y eso que las medidas eran para hacer tortitas para dos personas, no para tres. Pero las complementamos tan bien y con tantas cosas que nos duró el subidón de azúcar hasta la hora de la cena y más allá, porque ninguno volvimos a comer hasta el día siguiente.

No sé por qué he recordado esto en concreto, la verdad. Supongo que es un momento que se me ha quedado grabado, ya que parecía que Dorian empezaba a encontrarse más cómodo con nosotros y se iba abriendo poco a poco. Una simple escena cotidiana, sin nada especial, pero que te deja buen sabor de boca. Tres personas haciendo el gilipollas delante de una sartén y celebrándolo después con un banquete. Y nada más importaba; solo nuestra charla vacía, las bromas bienintencionadas y abrirle las puertas a quien acababa de llegar.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora