041 | Eupéptico ✔

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       Luego de prepararme mentalmente por alrededor de diez minutos, decido bajar las escaleras

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       Luego de prepararme mentalmente por alrededor de diez minutos, decido bajar las escaleras. Tras haberle enviado unos quince WhatsApps a mi padre, haber echado a Malcom de mi habitación y haberme cambiado el pijama por ropa decente, me siento lista.
     Llego al pie de la escalera para ver a Harriet y Ben durmiendo en el sofá. Están invertidos, por lo que Ben tiene sus pies a un lado de la cabeza de Harriet y ella tiene los suyos sobre el abdomen y rostro de Hamilton. No creo que sea agradable dormir con un talón clavándose en tu mejilla o en tu estómago, así que sólo se me ocurre que Ben puede estar anestesiado o simplemente es una persona muy tolerante.
     Al lado de ellos, en el piso, descansa Timberg acurrucado en la alfombra, así que deduzco que Jamie fue la que durmió sobre la mesa de la cocina. Pienso en lo adoloridos que deben estar por dormir en esas posiciones y superficies, pero en cuanto me adentro en la sala y observo a la pelirroja de un sorprendente buen humor, me percato de que tan buen estado de ánimo no debería provenir de dormir sobre una mesa de madera toda la noche.
       —Buenos días, Kansas —habla con la boca llena y una dona a medio comer en la mano—. Debes probar esto, tal vez no son las de Blair's pero son bastante ricas —añade limpiando las migas que se adhieren alrededor de su boca con el dorso de su mano libre.
        —¿Kansas está despierta? —inquiere una voz femenina, y sólo es cuestión de segundos para que una mujer aparezca frente a mis ojos con un plato de tostadas entre sus dedos.
       Es alta, lo suficiente como para lucir intimidante: su cabello es rubio y corto, rozando su nuca. Jamie ha hablado de lo bien que le queda el corte pixie a Anne Hathaway y Jennifer Lawrence, así que lo reconozco como tal. El look logra acentuar un par de ojos cafés grandes y redondos, que me observan con una mezcla de vergüenza y entusiasmo.
        —Antes de que digas algo déjame explicarte —se precipita a decir en cuanto abro la boca—. Tu padre me pidió que viniera a chequearte, dijo que luego de cada partido hay una fiesta y las cosas a veces se salen de control —explica con cierta inseguridad haciendo vibrar sus cuerdas vocales—. Dijo que no eres una persona muy madrugadora, así que me permitió usar la llave que esconden en la meseta. Sé que no esperabas encontrarme aquí y que probablemente no sea una grata sorpresa, pero creí que era hora de conocernos —confiesa, pero en cuanto ve que me mantengo muda agrega algo más: —No sé preparar algo más que no sea café y tostadas, así que compré unas cuantas donas por si querías.
       —Y están muy buenas —acota Jamie lamiéndose los dedos cubiertos de glaseado.
      La observo durante lo que parece una eternidad porque, honestamente, no sé cómo reaccionar. Mi padre, que está a cientos de kilómetros de distancia, se las arregló para invitar a su novia a nuestro hogar, y a pesar de que estoy en todo mi derecho de echarla ya que ésta es mi casa, sé que sería totalmente grosero de mi parte y que probablemente disgustaría profundamente a Bill.
      Pienso que la mujer que tengo frente a mí es la misma con la que él se ha estado viendo a escondidas en los últimos meses, es aquella con la cual ha estado saliendo desde hace un año, la misma que posiblemente se convierta en mi madrastra algún día.
El pensamiento forma un nudo en la boca de mi estómago, y a pesar de que quiero abrir la puerta y lanzarla a ella y a su hija a la calle, me resisto: Anneley no hizo nada malo. En realidad, fue mi padre en todo caso el que se negó a confiar en mí.
      —No tengo mucho apetito —declino su oferta de desayunar con toda la amabilidad que tengo—, Pero estoy segura que los chicos estarán hambrientos cuando despierten —añado al ver cómo cierta decepción inunda sus ojos.
       No puedo simular que estoy feliz con su presencia, porque no es así. Ella no luce como una persona desagradable, pero preferiría que nuestro primer encuentro hubiese sido con mi padre como mediador. Ahora no sé qué hacer, sólo tengo la certeza de que quiero volver a la cama y arrastrar a Beasley conmigo.
       —Te dije que no le agradaría esto —reprocha una voz a Anneley, una que automáticamente asocio con Sierra.
        Ella baja las escaleras de dos en dos y me pregunto qué estaba haciendo en el segundo piso, o mejor aún, ¿cuándo subió?
        —Yo no... —intento hablar, pero ella me interrumpe.
        —No nos quieres aquí, lo entiendo. —Se encoge de hombros observándome con indiferencia—. Yo tampoco quería venir de todos modos, aunque admito que fuiste bastante sutil al negarte a pasar tiempo con mi madre frente a sus narices. —Mis ojos perforan los suyos en cuanto escupe las palabras.
      —Es sólo que me sorprendieron, eso es todo —argumento.
      —Ni tú te crees eso, Kansas —bufa—. Toma tus cosas, mamá —dice atravesando el pequeño espacio hasta llegar a la puerta—, Será mejor que nos vayamos.
       Los ojos cafés de Anneley se encuentran con los de su hija y establecen una comunicación silenciosa. Ella parece estar reprochando a la castaña, y una batalla se desata en mi cocina. No me gusta la forma en que le habla a su madre, y tampoco me agrada el hecho de que me haga quedar tan mal frente a ella.
       —¿Sabes qué? —inquiero—. Creo que sí tengo apetito después de todo —apunto alcanzando una tostada del plato de la nueva novia de Bill y llevándola a mi boca.
        Los ojos de Anneley se esperanzan, los de Sierra se oscurecen y los de Jamie se iluminan en cuanto toma otra dona.

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