Capítulo 36: Peleas y disculpas

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Él regresó su vista a mí y me mantuvo la mirada por unos segundos hasta que cerró los ojos y suspiró, recargándose en el espaldar de su cama.

—¿Recuerdas a Kominato y Touma? —me preguntó observando el techo.

—Sí. —¿Cómo olvidarlos con lo qué hicieron? Esa vez, si Kima no hubiera entrado...

—Fueron ellos. La familia se reunió por un asunto y allí me los encontré.

Abrí los ojos como platos, incrédula. ¿Cómo es qué...?

—¿Po-Por qué hicieron algo como esto...? Por mucho odio que tengan, es increíble que lleguen a tanto-

—Ellos no empezaron —me interrumpió— fui yo. Dijeron algo que me sacó de quicio y los golpeé, obviamente ellos no se quedaron quietos —explicó cerrando los ojos, como si estuviese recordando lo ocurrido—. Bueno, tampoco es que ellos hayan quedado sin ningún rasguño —hizo un atisbo de sonrisa—. Al menos puedo decir que quedaron peor que yo.

—¡Idiota! ¡Esto no es algo por lo que debas reírte! ¡Pudiste salir muy herido! ¡Sabes cómo son de tramposos esos dos...! —le reñí en voz alta— ¡Piensa en lo preocupados que pudiste poner a tus padres...! ¡Deberías medir las consecuencias de tus actos! ¡Idiota altote con fuerza sobrehumana!

Kima desvió la mirada con el ceño levemente fruncido y no dijo nada.

—Y a todo esto, ¿dónde están los empleados de la casa? —inquirí poniendo mis brazos en forma de jarrón.

—Les dejé la semana libre.

—Pero si Yokozawa-san no está, ¿por qué no le pediste a uno que se quedase contigo?

—Porque es innecesario. No necesito que me cuiden, ya estoy grande como para esas cosas.

—¡Esto no tiene nada qué ver conque seas grande o pequeño! ¡Tienes fiebre y estás lesionado! ¡De esa forma no podrías valerte por ti mismo!

—¡Claro que puedo!

—¡Pudiste llamarme!

—¡No era necesario hacerlo! ¡Te repito que puedo valerme por mí mismo sin ayuda de nadie!

Chasqueé la lengua y me llevé una mano a la cabeza.

—Ugh, ¡¿por qué, por qué, por qué?! ¡¿Por qué tienes que ser tan obstinado?! ¡No hay nada de malo en depender alguna vez de otra persona! ¿Es qué no lo entiendes? —bramé exasperada— ¿Por qué no dejas que nadie te ayude? "Los enfermos deben quedarse callados y dejarse ayudar" —recité sus palabras— Eso fue lo que dijiste el año pasado en el festival cultural, ¿no? ¡Entonces aplica lo dicho, cállate, confía en mí un poco y deja que te ayude, estúpido prometido! —le grité de pie frente a él, mientras regulaba mi respiración y observaba a un Kima con los abiertos de par en par, total y completamente sorprendido.

Hubo unos instantes en los que reinó el silencio.

—¿Por qué...? —murmuró entrecerrando los ojos de a poco con el ceño fruncido— ¿Por qué eres tan terca...? —inquirió sobándose la sien y soltando otro suspiro.

Me crucé de brazos.

—No lo sé. Supongo que lo heredé de mi abuela. —Sonreí con orgullo.

—Ja ja —rió sin gracia y se levantó del sillón, empezando a caminar a paso lento.

Observé cómo andaba hasta llegar a lo que supuse era su armario, abría un cajón y comenzaba a rebuscar algo en el. Noté que sacó algo de ahí y estaba "forcejeando" con lo que sea que hubiese sacado por lo que decidí acercarme a él.

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